"Morfate el yobaca": cuando la Argentina se burló de las reglas del ajedrez usando el lunfardo

Una imagen para el recuerdo: en el Magistral Casablanca de 1964, Héctor Rosseto en una partida con el cubano García, ante la atenta mirada del Che
Una imagen para el recuerdo: en el Magistral Casablanca de 1964, Héctor Rosseto en una partida con el cubano García, ante la atenta mirada del Che
Hace medio siglo, con controles no tan estrictos como los de Bakú, dos argentinos se las ingeniaron para pasar inadvertidos.
Carlos Ilardo
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6 de septiembre de 2016  • 23:59

La trama del ajedrecista japonés Tang Tang, de 20 años, que fue sancionado con la pérdida de su partida, por haber eludido los controles dispuestos por la organización de la 42ª Olimpíada de Ajedrez , que se realiza en Bakú con la participación de 180 naciones, aún sigue despertando desencuentros. El joven japonés, un jugador con escasa fuerza que superó a un gran maestro, fue sorprendido portando en uno de sus bolsillos un smartphone, en una de las revisiones aleatorias dispuestas por el área Anti Cheating (anti trampa). Los ajedrecistas, sus capitanes e incluso los árbitros habían sido notificados que tenían prohibido el ingreso a la sala de juego con teléfonos, cámaras, relojes e incluso los bolígrafos. Por ello, la organización los provee diariamente con las biromes, con las que anotan sus movimientos y los árbitros y capitanes firman de conformidad en el final de cada juego.

Pero más allá de la división de opiniones que generó el caso, lo cierto es que en medio de las polémicas, los organizadores han avanzado y duplicado la apuesta; ayer los controles se volvieron más estrictos, e incluso se les prohibió a los capitanes que ingresaran libros de lectura, de poemas, novelas, ensayos, etc., con los que solían matizar la espera de las casi 6 horas de partida. “No me dejaron pasar 30 hojas de fotocopias de una novela, porque creen que tengo mensajes de movimientos de ajedrez ocultos”, dijo con resignación Carlos García Palermo, capitán del equipo boliviano.

Vale recordar que durante el juego, los ajedrecistas tienen prohibido conversar entre ellos, el capitán de cada equipo sólo puede caminar por detrás de sus propios jugadores, con el fin de evitar miradas que podrían señalar un movimiento. La presencia del capitán toma protagonismo cuando alguno de los jugadores puede consultarle si debe o no aceptar la propuesta de empate de su rival. Es que el capitán va evaluando constantemente lo que sucede en los cuatro juegos y de la manera en la que puede definirse el match.

Por cuestiones como la de ayer, el malhumor se hizo extensivo para la gran mayoría; a muchos les disgusta que los estén controlando constantemente con ojos de sospechosos. Acaso, sólo el ajedrecista norteamericano y ex campeón mundial Bobby Fischer (1943-2008) podría disfrutar de lo que aquí sucede, porque podría estar viendo hacer realidad uno de sus sueños.

En los años sesenta, Bobby fue el principal impulsor de medidas como las que se llevan a cabo en Bakú. “Les tiene que prohibir a los rusos que hablen entre ellos durante las partidas. No sólo apañan sus juegos, sino que hasta le dictan jugadas de ayuda a los rivales que se enfrentan con jugadores que pueden poner en riesgo su liderazgo en el torneo”, vociferaba en cada cita a la que llegaba Fischer en su camino hacia la cima del título mundial.

El maestro internacional argentino Jorge Rubinetti, recuerda aquellos años, los ruegos de Fischer, los que no eran tan alocados teniendo en cuenta algunas anécdota que tuvieron por protagonistas a viejas glorias del ajedrez argentino.

“Cuando Carlos Guimard me acompañó como entrenador al Mundial Juvenil de La Haya, en 1961, me reflotó una anécdota con la típica picardía criolla para valerse de eludir los controles entre jugadores de un mismo equipo”, recordó el ex campeón argentino, Rubinetti y completó: “en los años cincuenta era habitual que se rodeara la mesa de los jugadores; la gente se acercaba casi hasta el roce. En la olimpíada de Yugoslavia 1950, Argentina estaba obligada a ganar todas sus partidas para no perderle pisada al equipo local que iba en la vanguardia. Un día jugando contra Dinamarca, Moisés Kupferstich efectuó una entrega dudosa de caballo frente al maestro Héctor Rossetto. Najdorf y Guimard que ya habían ganado sus partidas miraron la posición en otra mesa, analizaron y descubrieron que no era un presente griego, que había que comerse el caballo para ganar el juego y el match. ¿Pero cómo alertar al compañero? Entonces, el Viejo que era especialista en estos temas, y Guimard que le iba a la zaga, comenzaron a pedir permiso al público para acercarse a la mesa, pero en lugar de decir “permiso por favor”, ellos, apoyando suavemente sus manos sobre los hombros de los espectadores y recurriendo al lunfardo para que nadie, ni siquiera los sudamericanos sospecharan, repetían sin parar: “morfate el yobaca, morfátelo; morfate el yobaca, morfátelo”.

Nunca se supo si Rossetto necesitó o no de la ayuda externa. Pero se comió el caballo y con ello, ganó la partida.

Sin duda, una jugada de la memoria en tiempos con controles y trampas para el olvido.

EL TORNEO

El equipo masculino de la Argentina superó 2,5 a 1,5 a su similar de Venezuela en la 5ª rueda del certamen que se lleva a cabo en el Crystal Hall de Bakú; victorias de Pérez Ponsa y Mareco, empate de Pichot y derrota de Peralta. La argentina suma 8 puntos y sigue a dos unidades de los punteros: Holanda, Ucrania e India, todos con 10.

En tanto las mujeres empataron con Bulgaria, triunfos de Carolina Luján y Ayelén Martínez y derrotas de Florencia Fernández y Marisa Zuriel. Ahora suman, 6 unidades y están a cuatro de las líderes, Rusia y Ucrania, con 10.

Mañana será jornada de descanso y el jueves se reanudará el certamen con la 6ª rueda, de las 11 previstas hasta su finalización, el próximo 13.

El equipo argentino que le ganó a Venezuela en el cuarto día de competencias
El equipo argentino que le ganó a Venezuela en el cuarto día de competencias Fuente: LA NACION - Crédito: Carlos Ilardo

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