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Murió en Milan, la ciudad en la que había nacido 73 años antes cuando las bombas caían sobre ella en plena Segunda Guerra Mundial, y a la que había regresado el año pasado, después de darle rienda en la Argentina a casi toda su vida. Pero desde los 27 años sentía que, aunque su espíritu era libre, su cuerpo era una prisión para su voluntad. La tragedia se ensañó muy temprano con Andrea Vianini: lo condenó el 4 de octubre de 1970, cuando su Baufer-Chevrolet de Sport Prototipo se despistó a más de 200 km/h en un veloz curvón del recordado autódromo de Las Flores, antes de aterrizar convertido en un manojo de fierros revirados.
Seguramente hoy habría podido salir caminando de un accidente terrible como el que sufrió, teniendo en cuenta el impresionante avance en seguridad que experimentó el automovilismo deportivo desde entonces.
Pero su tiempo fue aquel, el de los locos '60, cuando los playboys, los niños bien y los estancieros habían encontrado en el vértigo de las carreras de autos una auténtica razón de ser. Ignorando los secretos de la mecánica, se sentían tan cómodos al volante en las largas rectas de tierra que devoraba el Turismo Carretera de entonces, como en las tapas de las revistas de actualidad. Entre los Bordeu, los Alzaga, los Menditeguy y los Casá, el joven Andrea, de bravíos 20 y pico y casado con una Blaquier, era de los más buscados por los flashes.
Su cosecha en el deporte combinó por igual triunfos y sinsabores. Sus máximos impactos fueron las dos victorias que consiguió en TC, en julio de 1967 y marzo de 1968, al comando de la inolvidable Garrafa, un coche amarillo con chasis de Bergantín y motor Chevrolet auspiciado por una compañía italiana que envasaba gas, al que el ingenio popular bautizó de esa manera; había ganado su clase en las 12 Horas de Reims (Francia), conduciendo un Porsche que llevó por carretera desde la fábrica en Stuttgart hasta el circuito y que compartió con el genial tucumano Nasif Estéfano. Protagonizó piñas antológicas: en Spa con un Alfa Romeo y en Sicilia entrenándose para la Targa Florio. Y la final, en Las Flores, cuando se quedó sin pista mientras perseguía al puntero Carlos Ruesch, luego de que lo cerrara Gastón Perkins.
Lo sacaron del auto sin tomar demasiadas precauciones, temiendo que lo que quedaba del bólido lila tomara fuego. Quedó cuadriplégico. Su carrera más dura, en silla de ruedas, se extendió a lo largo de casi 46 años. "La vida siempre da revancha, la cuestión es no desesperar" escribió en su autobiografía, publicada en 1996. "Un hombre siempre es un hombre -reflexionó entonces- y eso es eterno".



