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Esto no iba de automovilismo. Y ni siquiera de ensayo de organización de un hipotético futuro Gran Premio. Esto iba de happening social para expresar la admiración y el cariño de una gran parte de la juventud argentina hacia Franco Colapinto. Convertido en el rockstar más veloz del planeta, sus acelerones sobre la Avenida del Libertador fueron, para él, una oportuna excusa para sumergirse en su primer y gran baño de multitudes desde que debutó en la Fórmula 1 en 2024.
Cientos de miles de amigos a lo largo de los 5 kilómetros del recorrido saludaron con banderas argentinas y carteles alusivos su paso al volante de un coche de Fórmula 1 de 2012 disfrazado de Alpine 2026 con pico de pato. Llegaron de todas partes y como pudieron los entusiastas luciendo gorras y camisetas “truchas” de Colapinto-Alpine para gritar en la fan zone: “¡Ole, olé, olé, oleé, Francooo, Francooo!”
Mitad piloto, mitad actor, “Franquito”, estaba en su salsa aquí en los bosques de Palermo/Parque 3 de Febrero. Hasta el tiempo, anunciado frío y ventoso, se había sumado a la fiesta con el sol filtrándose entre los plátanos y ombúes del parque, moderadas las ráfagas y entrando en temperatura con el aliento del público. A la fan zone entró decidido, remera rosa de Alpine, vaquero de pernera ultraancha estilo rapero. Tomó el micrófono y pasó a dominar la escena e hizo, incluso, una entrevista humorística con el periodista Juan Fossaroli, compañero y confidente incluso desde antes de que ascendiera a la F1. Él, Juan, el presentador, y la multitud que se apretaba contra el escenario parecían pibes de barrio riéndose en el bar.
— ¿A cuánto vas a poner el auto, acá por Libertador?
—No sé, hay que respetar las normas. Las multas no las puedo “garpar”… Unos trompitos vamos a hacer. El primer turno tranquilo. Y el segundo… rompemos todo el Alpine…
No le iban a multar, seguro. Incluso le habían preparado una señal de esas que marca el límite de velocidad señalando 300 km/h. Ni de lejos iba a llegar a eso. No era ni el lugar ni la ocasión.
— ¿Qué te pasa cuando ves tantas fotos tuyas?
— Me quiero matar, me da un “¡gfringchhh!”
— ¿Cuál es la carrera de F1 que más gente llevó?
— 500.000 en los tres días en Inglaterra [En Silverstone]. Hoy vamos a estar cerca de eso y más.
— Ajá, hay que ganarles a los ingleses… (Risas y aplausos)
Trescientos metros más hacia el norte y junto a la Avenida del Libertador le esperaban dos herramientas de diversión: el Lotus E20 pintado de Alpine, con motor V8 Renault de 2.400 cm³. Mejor aún, el juguete que más le entusiasmaba, la réplica de la Flecha de Plata Mercedes W196 versión carenada. Aquella original, conducida por Juan Manuel Fangio, ganó cuatro grandes premios en las temporadas de 1954 y 1955.
Iban a ser 4 horas de entretenimiento y buenas emociones para Franco y sus incondicionales.
A disfrutar del momento, mindfulness total. ¿Para qué pensar en lo que le espera a partir del jueves próximo en Miami, cuando vuelva a transformarse en piloto oficial de Fórmula 1? En un piloto al que se le exige tanta rapidez o más que la del compañero de equipo, aquel que debe aportar puntos para un equipo que ahora tiene un auto capaz de sumar y sumar.
El Franco de la “Francomania” en Buenos Aires pasará a ser el Colapinto de las telemetrías, de las frenadas justas y del coraje y algo más en las curvas rápidas. Utilizará la herramienta Alpine A526, que presentará mejoras aerodinámicas (se supone) y mecánicas elaboradas en Enstone durante el mes largo de receso entre la carrera de Japón y la de Florida. Cuando suba al avión rumbo al norte, este lunes, se preguntará, casi seguro, si en las simulaciones que se están llevando a cabo por parte de Paul Aron en Enstone, Alpine encontrará una nueva y superior estrategia de gestión eléctrica que le permita mejorar en las pruebas de clasificación.
Habrá dos clasificaciones en Miami: una el viernes, para la carrera sprint, y otra el sábado, después de esa carrera corta, ya para el Gran Premio del domingo. Habrá otro Franco, el de poco chiste (aunque alguno se le escapa siempre) y el perseguidor de resultados. Trabajo e inspiración puros.
El pibe se bajó del escenario y se fue para el garaje “Alpine-Flecha de Plata”, no caminando, porque no hubiera llegado, bloqueado por sus admiradores, sino en un SUV de la marca de la que es “embajador” en Argentina: Renault. Le acompañaban sus managers, María Catarineu y Jamie Campbell-Walter. Se bajó del SUV y el tramo a pie lo hizo escoltado por un equipo de guardaespaldas. Cada vez le es más difícil, incluso, hasta tomarse un mate solo…
Le esperaba en el garaje el Lotus E20-Renault, el chasis ganador del G.P. de Abu Dhabi 2012 con Kimi Räikkönen al volante. Este monoplaza que ahora es de exhibición tenía a su izquierda un Mercedes W196, más reluciente aún. Era el modelo carenado como el que Juan Manuel Fangio manejó en el Gran Premio de Inglaterra de 1954.

El mismo que el niño Colapinto había visto en fotografías cuando leía en la biblioteca de su escuela de Pilar, saltándose los recreos, la biografía de su ídolo. ¿Predestinación cuántica, manejar un vehículo que transporta siempre alguna esencia del gran campeón argentino? Ese chasis construido en Argentina por Carlos Di Forti en el centro industrial de Flandria (Jáuregui) esperaba que el joven Colapinto le diera vida. Tiene una carrocería aerodinámica que envuelve las ruedas, llantas tipo Rudge de rayos, tuerca central. Para moverse utiliza un motor Mercedes de seis cilindros de serie (el original era un 8 cilindros en línea de 2,5 litros, con inyección mecánica Kugelfischer), caja de cambios argentina Graff montada sobre el eje trasero (la original era ZF).
Iba a tener que esperar al héroe del día. Primero le tocaba al Lotus. Salida inaugural muy cauta. Pocas bromas se podían hacer o jugar con la velocidad soltando los 750 HP del motor. Acabando el turno cumplió con los trompos prometidos. Giro brusco de volante, acelerada, adherencia rota y 360°. El humo brotaba de los neumáticos quemados. Las tribunas saludaban.
Le recibió, por fin, el Mercedes réplica. Ahí se acomodó Franco sobre la amplia butaca tapizada a rayas con apliques azules. Se acomodó el casco abierto con visera similar al Johnson inglés de fibra de vidrio y cuero que utilizaba Juan Manuel Fangio. Bajó las antiparras para proteger sus ojos, sujetó un momento el volante con aro metálico y de madera con cuatro rayos con forma de cuerpo de bielas.
Y arrancó. Iba con medio cuerpo afuera, como lo hacían los pilotos en los años cincuenta, desafiando a pecho descubierto lo que el destino les deparara. Saludaba con el brazo extendido y la muchedumbre respondía. Era otra comunicación, más cercana, más estrecha, más conmovida. Se detuvo en una de las rectas y caminó junto a las vallas saludando al público. Enloquecían los niños, le tocaban gorras y banderas para que firmara.
En la segunda salida con el Lotus-Alpine-Renault, Colapinto aceleró más. Entonces el motor lanzó, liberado, todo su bramido, el de un verdadero motor de carrera capaz de llegar a 18.000 rpm. Corrió ya concentrado Franco y en cada cabecera y en una de las rectas hizo más trompos, con múltiples giros más rápidos y humeantes.
Avanzaba la tarde y había más frío. Franco se subió al colectivo turístico descubierto de la ciudad, decorado con los colores corporativos de los sponsors. Disfrutó de la “Francomania”. Terminado el paseo, descendió y se acercó a su abuela Rosa, de 94 años, gran aficionada e hincha de su nieto, claro. Le entregó un beso, un abrazo y una bandera argentina. Llegaba a su fin una verdadera fiesta nacional. Mañana será otro día, pero este domingo jamás lo olvidará.
