La noche más inusual de los pilotos del Dakar en una etapa con exigencias inéditas

Una jornada sin asistencias ni mecánicos
Alejo Vetere
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6 de enero de 2016  • 22:03

JUJUY.– "Se me parte la cabeza", se queja Marcos Patronelli ni bien baja de su cuatriciclo. El recorrido por la provincia de Jujuy lo dejó algo aturdido. "No me quiero imaginar lo que será la altura en Bolivia", advierte Alejandro, su hermano, mientras atraviesan juntos, con los cascos bajo el brazo, un campamento desértico: ayer, por primera vez, ningún participante pudo recibir asistencia, según lo estipula el reglamento. Por eso, la caravana de vehículos y casas rodantes que oficia de familia y vivienda para cada piloto levantó todo bien temprano y dejó abandonado el predio del Regimiento N° 5 de Jujuy. Los hermanos caminan juntos, como quien vuelve de un largo viaje a su país y cae en la cuenta en el aeropuerto que nadie lo espera.

Al cruzar la línea de llegada no se encontraron con su motor-home ni con los camiones ni los mecánicos con los que habían desayunado un par de horas antes. Toda esa estructura estaba de viaje ya rumbo a Bolivia para la quinta jornada, que comienza hoy. Todos los pilotos del Dakar sufrieron el desarraigo, esa sensación de haber sido abandonados. De eso se trata la etapa maratón: por una noche, los corredores no deben tener ningún tipo de asistencia. "¿Sabés dónde hay que dormir?", le pregunta Marcos, el menor de los dos, a su hermano. Juntos contemplan el inmenso descampado, abrazado por las montañas. Se sientan en un cantero. Desfilan otros competidores, bañados en tierra, en busca de un sitio para tirarse aunque sea un rato.

La preocupación de cada corredor es saber en qué estado llegó su vehículo al vivac. Kevin Benavides fue de los primeros en estacionar su moto. "Cuando me bajé, lo primero que hice fue revisar y de un primer vistazo no vi nada raro", cuenta, mientras se dirige a la carpa comedor. "Así que mañana [por hoy] no debería tener problemas para recorrer la especial hacia Uyuni". No romper nada de las máquinas fue la premisa de todos en la etapa de ayer.

Con cierta apatía, el finlandés Mikko Hirvonen pasa por el costado, camina por el sendero que va del comedor a la carpa donde trabajan los periodistas. Minutos antes, Carlos Sainz se había enojado con un asistente de la organización que no lo había dejado cruzar por debajo de una soga de seguridad para entrar al campamento. Corredores desorientados y consternados: un atardecer distinto en el corazón del Dakar.

Las escuderías oficiales extranjeras, como Mini, Peugeot y Toyota, que aspiran al triunfo, habían reservado habitaciones de hotel en el centro de la ciudad para sus pilotos. Cada competidor era libre de abandonar el campamento. El requisito era dejar los vehículos, lógicamente, en el sector vallado por la organización; ningún participante podía salir con la ropa de competencia. Hoy, a primera hora, deberán estar de regreso para la largada de la quinta etapa.

Marcos está insolado o, peor, apunado; pregunta por el consultorio médico: "Que me den algo para la cabeza", susurra mientras pulveriza de un solo sorbo una botella de agua. Aparece Emiliano Spataro y pregunta: "¿Cómo les fue a los Patronelli?". Se quedan charlando un rato los tres porque el piloto de Renault les cuenta que en una curva siguió de largo e impactó contra unas piedras. "Voy a ver después cómo está el radiador", se agenda Spataro, mientras comienza a armar su carpa debajo de un gran pino, justo frente al cuartel donde dormirán los pilotos. ¿Y dónde dormirán? En una suerte de gran salón, todos en el piso. Muchos consiguieron cartones y los apilan debajo de la bolsa de dormir que la organización le dio a cada uno. La hilera para entrar al sector de las duchas es desprolija.

Un hombre le ofrece a los Patronelli su casa para que vayan a pasar la noche. "Mañana los traigo a primera hora", promete. Mientras los hermanos lo analizan con ganas, algunos pilotos se acomodan para dormir como se pueda. Se amontonan unos con otros. Los trajes, las botas y los cascos están en el piso. Los corredores se desploman. Les quedan pocas horas de sueño.

av/jt

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