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Se sabe que muchos de los espectadores que habitaron ayer el autódromo porteño no son seguidores del automovilismo nacional. Esta competencia en particular forma parte de esos acontecimientos sociales a los que, entre excelentes platos y buen champagne, asisten empresarios, políticos y otras personalidades. Las charlas, muy coloquiales o decisivas para futuros negocios, se interrumpieron cuando el Fórmula 1 encendía el motor. El estruendo se hacía eco en el extenso complejo del sur de la ciudad y todas las miradas se detenían tras su vertiginoso andar.
Allí estaba el Williams. El FW 29 que condujo José María López, el piloto argentino que hasta el año último supo testear a menudo el F.1 del equipo Renault. Primero salió a las 10.15. Comenzó a girar sobre el circuito número 9 y las tribunas se alborotaron. Ese trazado en el que los TC 2000 tardaban más de 1m21s en completarlo, el poderoso automóvil los recorría en apenas 60 segundos. La velocidad máxima alcanzaba los 300 km/h y las aceleraciones en los retomes producían, además del particular e inconfundible sonido, un temblor que golpeaba en el pecho de todos.
"Esto lo disfruto como nunca antes lo había hecho. Estuve en Europa, me sacrifiqué para llegar a la Fórmula 1, y por ahora no se dio. Arribé hasta ahí, muy cerquita, pero a nosotros, los argentinos, nos falta ese envión para poder alcanzar una butaca. Estamos muy lejos en todo sentido. No pierdo las esperanzas, por supuesto, pero ahora estoy en el TC 2000, en el equipo Honda, y me siento muy cómodo, disfrutando de las cosas que me privaba en Europa. Por ejemplo, acá estoy rodeado de mi gente, con mi familia, con el calor del público. Allá es todo más frío y a la distancia se siente", comentó Pechito López, que posó una y mil veces junto al auto británico.
Ante cada paso del FW29, las manos, en las tribunas, se levantaban, como si el Williams dirigiera desde la pista una ola imaginaria. Es que los celulares, transformados en cámaras, captaban el veloz paso del Fórmula 1. O los más emocionados hasta tenían una llamada para que el interlocutor escuchara, a través del teléfono, el poderoso motor.
Más tarde volvió a la pista, pero con una competencia "armada" para el gran show. En plena recta principal se detuvieron el Williams, el Honda de TC 2000 que conduce Juan Manuel Silva y un Civic de serie convencional. Junto con Pechito, en la televisión aparecieron el propio Silva y el misionero Carlos Okulovich, que reapareció en una pista después de aquel terrible accidente que sufrió en San Juan, el 20 de mayo último, donde padeció la fractura de una pierna y de la primera vértebra lumbar. Tras una divertida presentación para la televisión, los tres salieron a la pista, con la lógica ventaja para Okulovich, en el auto de calle, luego para Silva, con el TC 2000, y López, en el Williams.
La emoción se brindó con la despedida del Fórmula 1. Pechito tomó una bandera argentina y recorrió el autódromo, ante los aplausos del público, que además de sentir el rugido del poderoso vehículo, también distinguió al piloto por su constancia en su campaña en el exterior. Un reconocimiento de los muy fanáticos y para los asombrados espectadores.
Previo al superclásico entre River y Boca, Carlos Bianchi pasó la mañana en el autódromo, donde se deslumbró con el Williams de F. 1 y con el espectáculo del TC 2000. Eludió cualquier comentario sobre fútbol, pero se mostró muy feliz de compartir un domingo diferente junto con su esposa, Margarita, y una nieta.




