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Durante los últimos 30 años, muchos se lo preguntaron una y otra vez: ¿cómo hizo Niki Lauda para escapar del infierno de Nurburgring? La imagen de su Ferrari 312 T2 convertida en una antorcha que sólo dejó como saldo hierros retorcidos y que fue el embrión de la leyenda, justifica el interrogante que llega hasta nuestros días. Treinta años después, los análisis están en el mismo punto. Nadie entiende cómo, nadie intuye de qué manera... pero el piloto austríaco, menos de 40 días después de aquel día, volvía a conducir su máquina de Fórmula 1. ¿Milagro? ¿Casualidad? ¿Pericia para sortear a la dama de negro? Interrogantes no exentos de asombro. Los mismos que por 30 años fueron y volvieron sin terminar de dilucidar que mágico duende ayudó a Niki a soportar el calcinante calvario.
El 1° de agosto de 1976, en el viejo trazado alemán de casi 23 kilómetros y sus legendarias 172 curvas -un dibujo impensado para nuestros días-, la Fórmula 1 diagramaba la clasificación de su décima fecha. Ese sábado, el coche de Lauda tocó el pianito de la curva Bergwerk y se descontroló, pegó contra el guard-rail externo y estalló el tanque. Apareció en escena el fuego, el enemigo más atroz que tenían los competidores de esa década. Brett Lunger venía detrás y chocó a esa masa de hierros candentes y la arrastró cien metros más. El caos absoluto, el dolor...
Lunger bajó y buscó un matafuegos. Atrás llegaron Arturo Merzario y Guy Edwards, desesperados. Merzario, que jamás tuvo una buena relación con Lauda, desafió al fuego y desatendió su propia vida, sumergiéndose entre las llamas para desabrocharle el cinturón. "Podía escucharlo. No sé lo que decía, pero eran gritos desgarradores, como nunca escuché antes", dijo el piloto italiano, principal héroe de aquel día.
El cuarto hombre en llegar fue Harald Ertl, un excéntrico piloto de autos de turismo que despuntaba el vicio con un viejo Hesket. El también ayudó.
Lunger, un ex combatiente de Vietnam, que aquel día piloteaba un Surtees, aprovechó su experiencia en salvamentos en la guerra: desnudó a Lauda y lo puso boca abajo en el césped hasta que llegara la ambulancia.
Después del infierno en el asfalto, llegó la incertidumbre... "Háganse a la idea de que no sobrevivirá", le dijeron los médicos de la clínica Ludwigshafen a los padres y a Marlene, por entonces la esposa de Niki. Era lógico. Envuelto en gasas y vendas, el piloto, consciente, sólo pensaba en no morirse. Según confesó luego, temía dormirse y no despertar jamás.
Los partes médicos, a partir de ese momento, siempre fueron alentadores. El campeón del mundo le ganaba hora tras hora a la muerte. A los cinco días le bajó la hinchazón de los ojos y divisó a su madre. El riesgo de vida se desvanecía. Hubo un injerto de piel y maniobras para escaparles a los periodistas. A dos semanas del accidente, dejó la clínica y en una comida en la que coincidieron, le regaló un reloj a Merzario, con quien jamás se amigó.
En Monza, con marcas en su rostro, el 7 de septiembre, se puso otra vez al mando de la Ferrari para defender el título que, finalmente, James Hunt le ganó por un punto; en la vida, había triunfado de punta a punta. Así nació la leyenda que hoy, a tres décadas de aquella máquina desecha y humeante, todavía desafía a la más pura lógica.

