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Corría el sexto chukker el último domingo en la cancha 2 y parecía que Alegría se escapaba ante Estancia Grande. Desde un ángulo muy cerrado, Francisco de Narváez tiró al arco, la bocha hizo una comba rara y pasó por arriba del mimbre. ¿Gol? Muy difícil de determinar. El banderillero agitó su bandera de inmediato, pero luego de algunos reclamos y la consulta de los referís, no fue convalidado. Minutos más tarde, en ese mismo arco (el que da a la cancha 1), Tincho Merlos ejecutó un penal de 40 yardas que también pasó sobre el mimbre izquierdo. Esta vez, el banderillero marcó afuera. Otra vez hubo protestas y consultas, pero los referís le dieron la derecha al banderillero.
Así de trascendente es la tarea de estos protagonistas anónimos del polo. Cubiertos con casco, mascarilla, lentes y una pechera estilo arquero de hockey, los banderilleros suelen pasar inadvertidos en un partido de polo, pero su actuación puede ser determinante en el resultado de un partido, como sucedió en Estancia Grande vs. Alegría.
"Nosotros jugamos una parte importante del partido. Un error nuestro le puede costar el partido a un equipo. No podés equivocarte", justifica Gabriel Lencina, el más experimentado, con 13 años en Palermo, siempre en los mimbres de Libertador.
Su tarea no es tan sencilla como parece. Porque si bien los mimbres tienen 3 metros de altura, la meta se extiende verticalmente hacia el infinito y muchas veces es difícil determinar si la bocha pasó entre la línea imaginaria que los mimbres proyectan. O peor: a veces estar bien ubicado para marcar un gol implica al mismo tiempo correr para esquivar una tropilla que se viene a toda velocidad.
"La gente piensa que corremos para que no nos golpeen, pero es para tener una mejor ubicación. El secreto es estar bien parado, por eso corremos. Si tenés miedo, no servís para ser banderillero", explica Juan Núñez, a quien desde hace 12 años se lo ve detrás de los mimbres del tablero de la cancha 1.
En el Argentino Abierto hay cuatro banderilleros. Lencina (33 años) y Núñez (36) son los más experimentados y los responsables de los partidos en la cancha 1. Los dos tienen un pasado común. "Empezamos de chicos en Los Indios, en San Miguel, el club del Ruso Heguy. Al principio era por la Coca. Ganaba tres pesos por partido, pero era chico, para mí era un montón y me gustaban los caballos", recuerda Lencina. "Después de eso entré a trabajar en la AAP y un día faltó un banderillero. Como sabían que tenía esa experiencia, me pusieron a mí. Anduve bien y después no largué más", cuenta Núñez.
Julio Gutiérrez (23) y Martín Krieger (20), en cambio, recién están haciendo sus primeras armas y se encargan de la cancha 2. En uno de sus primeros partidos, el segundo tuvo un entredicho con dos jugadores de Ellerstina, en Tortugas. "Cobré un gol que para mí había sido y me putearon. Me calenté y les quería pegar", reconoce. "Después me di cuenta de que estuve mal; fue por falta de experiencia. Y al otro partido vinieron a pedirme a disculpas."
A la hora de elegir un equipo favorito, los banderilleros no dudaron: tres de los cuatro eligieron a La Aguada. "Me gusta el hecho de que sean cuatro hermanos. Se nota que son unidos", dice Gutiérrez. "Además son los más correctos; nunca un reto."
Gajes de un oficio tan riesgoso como preponderante y nunca lo suficientemente reconocido.


