El Rey LeBron no es una marca Disney

LeBron James, icono de la NBA
LeBron James, icono de la NBA Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Domenech
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29 de julio de 2020  • 00:01

La Sirenita ahora es negra. La bella durmiente, una parábola sobre el abuso sexual, y La bella y la bestia tiene un personaje gay. Sería poco creíble reconvertir al Tío Rico McPato en activista social y a Blancanieves en militante feminista, pero el último Aladdín atenuó islamofobia y hasta Mulan cambió para agradar en China. Es negocio y corrección política para el mundo renovado de Walt Disney, ícono cultural y patriótico, y señalado también como colaborador del FBI y testigo en plena caza de brujas del macartismo. El mundo de fantasía de Disney World, la "burbuja" anticoronavirus elegida por la NBA, presenta mañana a su nueva versión del Rey León. LeBron James en busca de un nuevo título, pero ante todo vocero deportivo de la protesta social de Black Lives Matter. De camisetas que, en medio del Ratón Mickey y Pato Donald, lucirán mensajes que reclamarán "poder para el pueblo".

Otros de los veintinueve mensajes de protesta aprobados por la NBA para que los jugadores pusieran en sus camisetas dirán "Justicia", "Paz", "Igualdad", "Libertad" y "No puedo respirar" (como imploró George Floyd antes de morir asfixiado por una rodilla de un policía). En su primera aparición ante la prensa en Disney, LeBron, "King James", reclamó que de una vez por todas sean arrestados los policías acusados del asesinato de Breonna Taylor, otra víctima negra, acribillada con ocho disparos el 13 de marzo pasado en Louisville, en una fallida redada del FBI. El estado de Florida sufre récords de muertes y contagios. Hasta Donald Trump, en crisis de reelección, debió cancelar la Convención Republicana. Pero, extrañamente, la Covid-19 que mató a más de 151.000 personas en Estados Unidos, y que ya afectó el retorno del béisbol no es el debate central en la vuelta de la NBA. Tampoco hay tanto debate sobre quién será el nuevo campeón. El tema es la justicia social. Y la libertad de expresión.

"¿Por qué no ponen mensajes en las camisetas que critiquen a China, socio clave de la NBA?", provocó el senador republicano Josh Hawley. Adrian Wojnarowski, uno de los periodistas más respetados y serios de la NBA, le respondió a su correo privado con un insulto: "F... you". ESPN lo suspendió por dos semanas. Él cumplió y ya forma parte de la decena de privilegiados periodistas incorporados a la "burbuja". Ben Golliver, de The Washington Post, contó que el protocolo, no negociable, lo obligó a permanecer una semana encerrado en su habitación, sin ver absolutamente a nadie, recibiendo comida en la puerta, sometiéndose a controles e interrogatorios cotidianos y dando ocho pasos de una pared a otra, hasta llegar a los doce mil diarios, para mantenerse en forma y no pasar el tiempo ante la computadora. Ya liberado, debe respetar zonas de acceso. No sólo por el coronavirus, sino sobre todo porque, como dijo Marc Stein (The New York Times), "no quieren que veamos y documentemos" eventuales violaciones a los protocolos que cometan los jugadores. Los que permanezcan hasta el final cumplirán casi cien días de encierro colectivo. No será fácil.

El debate complejo sobre la libertad de expresión fue simbolizado por Stephen Jackson, justamente el vocero de NBA más importante tras el homicidio a George Floyd. Jackson, ya retirado, apoyó primero el tuit de un jugador de fútbol americano (DeSean Jackson) que decía que "el plan de los judíos de dominar a Estados Unidos no funcionaría si los negros se plantaran". Y dijo luego que DeSean (que luego se arrepintió) "está diciendo una verdad". "¿Sabemos quiénes son los Rothschild? Son los dueños de todos los bancos", tuiteó Stephen Jackson. La cadena Fox News, crítica del movimiento social de la NBA, aprovechó la grieta y recordó cierto antisemitismo histórico que domina a un sector de la militancia negra. "Mantengamos el foco", pidió entonces Malcolm Jenkins, líder de la protesta en el fútbol americano, "porque los asesinos de Breonna Taylor siguen libres".

El nombre de Breonna Taylor apareció justamente en las camisetas de todas las jugadoras que reiniciaron el último sábado la liga femenina de la WNBA, en otra "burbuja", también en Florida. Algunas se negaron a escuchar el himno nacional. Otras directamente renunciaron a jugar, no por la pandemia, sino porque creen que la vuelta precipitada del deporte está siendo utilizada para distraer la protesta social. Recibirán apoyo económico de Kyrie Irving, base de Brooklyn Nets, una de las voces más duras en la NBA. Son basquetbolistas mujeres que cuestionan si la protesta no está siendo "domesticada" por la patronal del deporte. Que suben la apuesta y en cada uno de sus partidos hacen sonar los nombres de mujeres negras víctimas de brutalidad policial. Son parte de la campaña Say Their Names ("Digan Sus Nombres").

LeBron decidió que su camiseta siga llevando su propio nombre. Durante la pausa se hizo tiempo para llamar a cada uno de sus compañeros y saber cómo seguía entrenándose de modo individual. A los 35 años quiere salir campeón en Lakers. Ganar su cuarto anillo en la "burbuja" de Disney World. Pero ser siempre su propia voz. Y fortalecer las de muchos más que reclaman en las calles. "Porque la justicia", cree LeBron, "es una demanda, no una solicitud".

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