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Con mucho menos los norteamericanos podrían producir una película capaz de conmover la sensibilidad de cualquiera. Ya lo hicieron con Hoosiers, aquel film donde Gene Hackman encarnaba a un enérgico técnico de un pequeño colegio de una desconocida localidad cercana a Indianápolis que, después de mil peripecias, obtenía el título nacional.
Esta otra historia no necesita ficción porque tiene un argumento muy sustancioso. Y casualmente ocurrió también en Indianápolis, en el gigantesco RCA Dome, donde la selección argentina empezó a escribir la sensacional historia de su Generación dorada durante el Mundial de 2002.
Fue anteanoche, ante 35.000 personas, cuando la Universidad de Florida ganó, por primera vez en su historia y contra todos los pronósticos, el campeonato del basquetbol universitario (NCAA), un acontecimiento que año a año concentra toda la atención deportiva del país y que hasta obliga a la NBA a descansar por un día para no perder audiencia. Aunque las apuestas seguían desconociendo a Florida y daban un 71% de posibilidades de triunfo a UCLA, los ignotos basquetbolistas del sur norteamericano apabullaron a los angelinos por 73 a 57, en un partido lleno de tensión y expectativa, seguido por grandes personalidades de la NBA. La hazaña la consiguieron luego de eliminar a rivales de mayor prestigio, como South Alabama (76-50), Wisconsin (82-60), Georgetown (57-53), Vilanova (75-62) y George Mason (73-58).
Sin embargo, una historia particular eclipsó la del equipo. Es la del joven longilíneo de peinado rasta Joakim Noah, de 20 años y 2,11 metros de estatura, que se convirtió en el héroe de la noche y fue declarado el mejor de la final luego de conseguir 16 puntos, 9 rebotes, 3 asistencias y 6 tapas en 33 minutos. Un chico con sangre de estrella y linaje ganador. Hijo del recordado y carismático tenista francés de origen camerunés Yannick Noah, campeón de Roland Garros (1983), entre otros títulos, y hoy figura del reggae. Su mamá, también famosa, es Cecilia Rodhe, Miss Suecia y finalista del concurso de Miss Mundo de 1978. El ex tenista, que vivió cada uno de los partidos desde la platea, señaló: "Estoy feliz por él y por el grupo, que es excelente. Sé que la NBA lo reclama, pero no me meto en sus cosas. Eso lo decide él".
Joakim, que puede jugar dos años más en la NCAA, nació en Nueva York, donde su familia tenía un restaurante, y aunque empezó arrastrando la raqueta, un día un amigo de su papá, nada menos que Pat Ewing, el legendario pivote de los Knicks, le regaló una pelota de basquetbol. A los 4 años, tras la separación del matrimonio, se fue a vivir a París, donde continuó encestando con eficacia hasta los 13 años, cuando regresó a la Gran Manzana. Allí se curtió en los playground de menor calaña y se hizo fuerte entre matones. También aprendió a llevar con orgullo su mezcla racial. Se siente bien en Francia como en Camerún, donde suele visitar a su hincha N° 1, el abuelo Zacharide, futbolista internacional de su país y practicante de vudú, que, dice, ayudan mucho a su nieto para tener éxito. Joakim se niega a rezar con el equipo antes de los partidos, no cree en religiones, pero en su cuello lleva un crucifijo y un símbolo musulmán.
Esa amplitud mental, esa polivalencia, se traduce en una enorme versatilidad dentro de la cancha. Puede jugar en distintas posiciones, trasladar el balón, tirar, tapar y rebotear todo con facilidad Y a la hora de festejar, lo hace con brincos y gritos estentóreos como los de su padre. Como anteanoche, cuando escribió el guión de otra fascinante película.



