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Por Germán Leza
Enviado especial
FORMOSA.- Por su juego atrevido y por su lengua audaz, sin duda, es uno de los personajes más atractivos de la Liga Nacional. Siempre se lo veía sonriente y con una energía desbordante. Pero el año pasado, el Bruno , como le dicen en Córdoba, había perdido esa chispa. La separación de su esposa, madre de su hijo Felipe, Pamela David, fue un golpe muy duro para el base y eso repercutió en su juego y en su humor. "Todo el mundo me decía que la tristeza me iba a durar un año, dos, y después todo iba a pasar. Yo al cuarto mes de la separación estaba muy mal; entonces dije basta y volví a entrenarme", relata Bruno Lábaque con honestidad brutal, en la cafetería del hotel de la ciudad de Formosa, luego de almorzar.
-¿Y ahora cómo estás?
-Hoy he vuelto a vivir; me siento feliz en una cancha de básquetbol. Mucho le debo a Seba [González, entrenador de Atenas], al Lobo [Gustavo Fernández, asistente de González], a los directivos de Atenas y a quienes me entrenaron en Buenos Aires. Hasta se me había cruzado dejar el básquetbol.
-¿Cuándo fue eso?
-En Obras, cuando me luxé la clavícula. Estaba muy mal. Tras la separación, me había quedado solo en Buenos Aires. Más allá de que con Pame, la madre de mi hijo, tengo la mejor relación del mundo, son dos vidas totalmente distintas. Me di cuenta de que estaba dejando lo que yo quería hacer. Decidí volverme a Córdoba. Fui al psicólogo, hablé mucho con mis viejos, mis hermanos. Me empecé a abrir y a entrenarme.
-¿Marcelo Milanesio también te dio una mano?
-Con Marcelo tengo contacto todos los días en Córdoba. Me habló mucho el Pichi Campana, también. Soy un agradecido de ellos. Son amigos de la vida.
-¿Cómo te preparaste para esta temporada?
-Me preparé durísimo. Y la gente que estaba al lado de mí lo sabe.
-Estás pasando por un muy buen momento. Si bien la Liga apenas ha comenzado, algunos dicen que esta puede ser tu mejor temporada...
-No sé si es mi mejor liga, porque recién empieza. Cuando estaba Marcelo Milanesio, me opacaba un poco. Soy consciente de que estoy pasando por un buen momento.
-Julio Lamas pasó por al lado de vos; te elogió y te hizo una broma....
-"Resurgió Bruno", me dijo. Eso me alienta. Me conoce de muy chico, de la selección. Me expresó que estaba contento por como me veía.
-¿Te ilusionás con volver a la selección?
-La ilusión siempre está. Me quedo con la frase de Marcelo [Milanesio], que dijo: " Bruno, estando bien, no es más ni menos que nadie". Confío mucho en mí y tengo ganas de pelear un puesto. Una chance que nunca me dio Oveja [Sergio Hernández], ni saliendo campeón con Atenas. Nunca. Los otros entrenadores que estuvieron siempre me dieron una chance.
-Decís con dolor que Hernández no te haya dado la chance?
-En el proceso de Oveja, tuve una o dos buenas temporadas. Yo venía bien de la mano de Rubén Magnano, porque cuando se lesionó Montecchia [Alejandro] casi voy a los Juegos [Atenas 2004]. Pero está bien: yo no tengo por qué gustarle.
Sin perder su estilo extravertido y verborrágico, Lábaque, de 33 años, parece más reflexivo y se convirtió en uno de los líderes de un equipo repleto de juveniles. Atenas, con pocas figuras y con complicaciones por lesiones (Juan Rivero, Roberto Gabini y Diego Gerbaudo) está dando batalla en la Liga. El entrenador del conjunto cordobés, Sebastián González, fue compañero de Bruno en las inferiores del club, y comparten una amistad desde los cuatro años.
-¿Cómo es que tu DT también es amigo tuyo desde la infancia?
-Con Seba nos miramos y él sabe las cosas que no me gustan. Sabe que yo no le voy a fallar nunca. Ni loco le voy a fallar.
Lábaque volvió a su lugar para recuperar el cariño que lo hacía rendir dentro de la cancha. "Resigné dinero, pero yo quería volver al club", dice Bruno. Atenas es como el patio de su casa: una familia. Es más: su padre, Felipe Lábaque, es el presidente del club, y su hermano mayor [Pablo] es quien negocia los contratos. Todo queda en familia. "Nunca hay problemas", dice el base. Y añade con picardía: "Ahora sí, el año que viene, cuando nos sentemos a negociar, van a tener que portarse bien", y concluye con una sonrisa, como en los viejos y buenos tiempos.


