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KAYSERI.- El lugar se llama Kaymakli, a unos 110 kilómetros de esta ciudad, en plena Capadoccia, casi en el corazón de la Turquía asiática, en una zona bastante desértica, donde el verano es sofocante y el invierno muy crudo, con varios centímetros de nieve.
Allí, en esa zona, se encuentran conservadas y abiertas a la vista humana las ciudades subterráneas, de hasta ocho pisos por debajo del nivel del suelo, que construyeron los hititas unos 17 siglos a.C.
Allí vivieron durante ocho siglos y llegaban a permanecer hasta seis meses literalmente enterrados entre las piedras, protegiéndose de las heladas y las invasiones de frigios o egipcios. "Eran como hormigas, seres bajitos, de no más de un metro y medio de estatura, delgados, que se movían fácilmente por estos pasadizos", asombra con su relato Mustafá, el simpático guía, de sonrisa casi indeleble, que nos sumergió cinco pisos por un mundo fascinante, increíble, inolvidable. Por momentos, también pavoroso por la inevitable sensación de claustrofobia que se experimenta al descender por pequeños agujeros fríos e intrigantes. "No se puede bajar más porque los otros pisos tienen filtraciones de agua", aclara el inquieto hombrecito, que no pareció conmoverse por nuestros temores. "Sólo dos turistas murieron aquí por problemas cardíacos en los últimos 30 años", nos tranquilizó. Bueno, no tanto.
Unas 15 chimeneas atraviesan verticalmente la ciudad oculta y tienen unos 120 metros de profundidad. "Servían para extraer agua de las napas, para bajar comida de la superficie y para subir los deshechos y los muertos (todo en ánforas con cal y mediante un sistema de poleas) y también para que descendieran los centinelas cuando necesitaban avisar de algún peligro", dice Mustafá, que cada tanto corre por entre los huecos con la destreza de un protagonista de alguna película de acción norteamericana. Sin duda, un espectáculo para la torpeza nuestra allí abajo, que nos provocó raspones y golpes en la cabeza.
Los hititas tenían allí sus dormitorios, salas de baño y lavado de ropa, iglesias, establos, bares y especies de escuelas. "Cocinaban una vez a la semana y de noche, para que el humo de las chimeneas no se viera a lo lejos", agregó Mustafá. En el año 12 después de Cristo, los cristianos usaron esas ciudades para protegerse de romanos, árabes y mongoles, pero antes ampliaron las salas y pasadizos porque su porte era superior al de los hititas. Menos mal: de lo contrario nuestro metro noventa no nos habría permitido conocer uno de los sitios más deslumbrantes que puedan verse en esta fascinante Turquía.



