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SANTO DOMINGO.– Otra vez el llanto y una gran ilusión truncada. El corazón partido por el infortunio de siempre. “¡Por qué a mí, por qué a mí!”, repetía anteanoche Daniel Farabello entre lágrimas, en un rincón del vestuario. Una escena conmovedora, dolorosa, que neutralizó cualquier intento de festejo de sus compañeros, cuando volvieron de la cancha, felices por haber llegado a la final del Premundial tras vencer a Venezuela (104-93 en semifinales).
Justo le tocó a él, el jugador más regular y de mayor experiencia del seleccionado (31 años y 12 con la camiseta argentina). El base que había agregado la cuota de chispa y genialidad a las ofensivas con sus magistrales asistencias y triples cruciales. El líder táctico, el entrerriano simpático, uno de los más divertidos del plantel, un gran imitador de personajes famosos y una excelente persona. Uno de los más queridos del ambiente ayer sufría y esperaba su evolución en una silla de ruedas. El destino volvió a golpearlo increíblemente con una lesión lumbar que aflojó todo su cuerpo y lo sumió en una inmovilidad parcial cuando iban 4,13 minutos del último cuarto. Se arrodilló en la mitad de la cancha, como abrumado por todo el peso de una maldición. Fue un mal movimiento que lo dejó afuera de la final con Brasil.
Marginaciones que Dani conoce y nunca quiere recordar. En 2002, durante un Súper 4 con la selección en Rosario, casi a las 4 de la mañana, Rubén Magnano tomó la difícil determinación de optar por Lucas Victoriano como tercer base y dejar a Farabello fuera del Mundial de Indianápolis. El silencio y el llanto acompañaron la triste salida del hotel Presidente en aquella fría y triste madrugada. Se ilusionó después con la posibilidad del Preolímpico de Puerto Rico 2003, pero Magnano no lo citó ni a la preselección por la edad y porque “no quiero convocarlo nuevamente y después dejarlo afuera”, había dicho el DT. Sin embargo, ya con la clasificación asegurada para Atenas 2004, Magnano lo llamó para que le diera una mano en el equipo alternativo que jugaría el Sudamericano de Campos, Brasil. Dani, sin resentimientos, aceptó. “Siempre quiero estar en la selección, cuando sea y donde sea”, había dicho hace cinco días, en una charla con LA NACION. Su alto rendimiento y sacrificio, habían conmovido a Magnano, que lo convocó para entrenarse con la generación de oro en Córdoba, para pelear el puesto de Alejandro Montecchia, que pensaba en autoexcluirse por una lesión en la rodilla. Pero otro hachazo del destino sometió a Farabello. Una distensión muscular en el Sudamericano lo dejó afuera de los Juegos también. “No sentí que mi carrera en la selección había terminado, pero sí que esa podía ser mi ultima oportunidad. Igual, siempre iba a estar listo para volver”, dijo. Se le preguntó por su ilusión mundialista y respondió: “Falta mucho, pero sería un orgullo ir a Japón”.
Se sentía muy bien: “Estoy tranquilo, bien de la cabeza y con Sergio (Hernández) nos conocemos desde hace muchos años, cuando yo jugaba en Sport Club, de Cañada de Gómez, y él era el asistente”. Pese a su infinita modestia y sencillez aceptó: “No soy de gritar, de mandar o de tomar el lugar de líder, pero siento que los chicos me respetan mucho”.
También decía: “Es una linda presión tratar de mantener el prestigio del básquetbol argentino. Es un privilegio y un orgullo, y con un equipo que no es “B” como muchos dicen, en la Argentina hay 25 o 30 jugadores con nivel de selección. Demostramos que vinimos a ganar, no a pasear”. Pero otra vez le tocó masticar bronca. De todos modos, no dejará de pensar en Japón. Quizá su desquite.
Diego Grippo, médico de la selección, dijo que lo de Farabello es una lumbalgia aguda. Los estudios no mostraron lesiones. Hoy viajará a Italia (vía Miami) para sumarse a Varese. Gabriel Fernández, su compañero, lo acompañará porque no puede cargar equipajes.


