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SYDNEY.- Un día de 1994, en Canadá, Cathy Freeman, participando de los Juegos de la Commonwealth, se envolvió con las banderas australianas y aborigen para dar la vuelta de honor tras su victoria en los 400m. El jefe de la delegación aussie, Arhur Tunstall, censuró la actitud de la atleta de 21 años, nacida en Mackay, Queensland, pero quedó descolocado cuando el primer ministro, Paul Keating, aplaudió la iniciativa y el mensaje de la atleta ante las permanentes disputas y ataques hacia esa raza. Mucho revuelo generó esa historia.
Como país organizador, Australia le dio al mundo un mensaje conciliador al elegir a la propia Freeman para encender el pebetero. Fue hace diez días, en un instante pleno de emoción. Mucho se había conjeturado sobre la posibilidad de que Cathy festejara otra vez con ambas banderas en el caso de triunfar en los Juegos. Algunos no querían, basándose en no permitir que los Olímpicos se convirtiesen en un medio para ventilar causas políticas internas. Otra vez se impuso la razón. Y bienvenida la decisión, porque se conjugaron sentimientos y reconocimientos para redondear un espectáculo único. Para siempre, aunque no hubiera récords.
Freeman tiene hoy 27 años. Hace unos días se quedó sin el gran duelo porque su rival más carismática, la francesa Marie-Jo Perec, huyó supuestamente por motivos personales. Ayer se quedó con la inmensidad de un estadio que vibró al compás de ella. Con 120.000 personas que la alumbraron con sus flashes. Que acompañaron con un aliento incesante cada uno de los 400 metros que ganó con 49s11/100. Que la aplaudieron más cuando ella se sentó y estuvo un par de minutos entrando en razones, cerciorándose de que aquello no era un cuento.
Y se quedó descalza. Otro símbolo. No lo hizo como Maurice Greene, para besar sus zapatillas especiales, pero más como una maniobra comercial. Así, fue a tomar nuevamente esas dos banderas para empezar el recorrido que no tuvo censura alguna, sino mil ovaciones. Se envolvió y lo disfrutó, agradeciéndole a la vida ese momento. El momento de los Juegos, acaso. Como cuando descubrió a su madre en la platea y le regaló el ramo de flores de campeona. Y esa sonrisa perlada, en lo alto del podio, cuando el himno australiano surgió de las entrañas de cada asistente. Unidos para siempre.
Hubo una carrera que Freeman le ganó por 47/100 a la jamaiquina Lorraine Graham. Enfundada en el Swift con el verde y amarillo aussie. Y sus vivencias...
"Estaba realmente nerviosa, mucho más que en la ceremonia de apertura. Tenía una voz interior que me decía a cada instante: Tú sabes lo que harás, tú sabés lo que harás. El plan fue perfecto, con los primeros 200 metros relajados y la segunda mitad a toda potencia. Mi sueño olímpico fue real cuando crucé la meta.
"¿Por qué me senté? Estaba aliviada. Me sentí desbordada porque corría con toda la gente empujándome y eso es algo muy fuerte, que me emocionó como pocas cosas. Igual que darle las flores a mi madre, a quien constantemente le agradezco mi condición de aborigen."
¿Y cómo será el mañana? "Igual que ayer. Tengo un mundo simple. Me despierto, tomo mi desayuno, me lavo los dientes. Mi vida es muy normal porque es así como yo me siento plena."
Freeman fue la dueña de la noche en Homebush Bay. En un día de grandes actuaciones para el atletismo. Si hasta eclipsó a una figura como Michael Johnson. Seguramente la historia hubiese sido opuesta si los Juegos se estuvieran desarrollando en Estados Unidos. Pero son aquí. Y en Australia, donde alguna vez se sintió cuestionada y una extraña, Cathy encontró la felicidad: conseguir que 120.000 personas se movieran detrás de un símbolo.
Encendió el pebetero, alcanzó la gloria. Todo en diez días. Más que un "hombre libre", Freeman es una mujer comprometida con la vida y la historia.




