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ATENAS.- De la noche a la mañana (o en casi cinco minutos), Georgina Bardach se convirtió en un rostro famoso. Esta chica era para todos la gran promesa de la natación argentina y rápidamente se convirtió en una realidad en estos Juegos.
Acostumbrada a un perfil rigurosamente bajo, la cordobesa, que mañana cumplirá 21 años, es extremadamente tímida; se siente indefensa ante quienes no conoce. Se traba si se encuentra en una situación que no es la acostumbrada. Sin embargo, está cambiando ese perfil; de a poco fue madurando, soltándose, haciéndose más sociable para todo el mundo.
El otro aspecto que se destaca en la personalidad de la primera medallista argentina en la natación olímpica en los últimos 68 años es la forma en la que se aferra a los suyos. En especial a papá Jorge; Georgie, como lo llaman todos, que estuvo en las tribunas del Centro Acuático de Atenas. Y también a mamá María Adela y a sus hermanos menores, Jennie, Nacho y Vicky, que se quedaron en Córdoba, sufriendo -y disfrutando, al fin de cuentas- a la distancia por ella. Jennie es con quien mejores relaciones tiene y la que cumple el papel de hermana mayor.
Georgina es despistada y algo irresponsable. Es hincha de River y escucha música de Coldplay, Red Hot Chili Peppers y Babasónicos. Dueña de un humor ácido, encuentra en la nadadora mendocina Florencia Szigeti a su mejor compinche. Y dice que cuando deje de nadar se dedicará a la gastronomía.
Más allá de esa manera de manejarse, lejos de los focos de atención, Bardach se acostumbró a cosechar éxitos tras éxitos desde muy joven. En diciembre de 1999, junto con José Meolans, se alejó de su entrenador de entonces, Daniel Garimaldi, y empezó a trabajar con Héctor Sosa. Con el Bochi empezó una relación que daría buenos resultados, porque se aprecian más allá de los entrenamientos. Primero obtuvo la medalla de bronce en el Mundial de Moscú (piscina corta), el mismo en el que Meolans se consagró campeón mundial. Y el año último se convirtió en la primera nadadora argentina, entre hombres y mujeres, en acceder a la final de un Mundial. Antecedentes válidos para animarse a soñar a lo grande.
Sin embargo, nunca se animó a pronosticar una medalla para Atenas. Es demasiado crítica consigo misma y entendía que le faltaban condiciones para estar en un podio. "No puedo hablar de ganar una medalla -dijo a LA NACION en abril último-. No me quiero adelantar, porque siento que no tengo la madurez ni la técnica la mentalidad para eso."
Todo el tiempo hablaba de que en estos Juegos aspiraba a meterse en la final. Y en Pekín 2008, sí, llegaría el momento de subirse al podio. Pero todo se adelantó. De algún modo, intuyó en las últimas semanas que estaba en muy buenas condiciones, que sus marcas podían seguir bajando bastante. Tanto, que la podrían llevar hasta la medalla... Y el sueño que esperaba ser acunado durante cuatro años más se abrió, en poco menos de cinco minutos, ante los ojos de Georgina Bardach, una chica colmada de timidez, siempre aferrada a la familia. La dueña del primer festejo argentino en Atenas.


