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El 11 de septiembre de 2001, mientras el planeta se horrorizaba y la historia iniciaba el salto en el que sigue suspendida, el fútbol hizo como si nada pasara. La UEFA, que tuvo más de cinco horas para reflexionar, llegó a la conclusión de que la primera jornada de la Liga de Campeones 2001/2002 estaba por encima de todo, incluso del atentado terrorista más espectacular de la historia. Así, Roma-Real Madrid, Mallorca-Arsenal o Liverpool-Boavista compitieron en las pantallas con las imágenes de personas arrojándose de las Torres Gemelas, gente que en vez de morir quemada elegía volar hacia otro tipo de final.
Aquella insensibilidad de la UEFA presidida por entonces por el sueco Lennart Johansson manchó al fútbol. Y aunque la experiencia no le sirvió para convencerse de que el deporte no es ni un fenómeno ni un negocio que pueda ignorar a la sociedad -el FIFAgate lo demuestra-, al menos contribuyó a moderarlo en el aspecto de la imagen. En ese sentido, bastante tienen para aprender los organizadores del partido del viernes entre la Argentina y Brasil. ¿Fuegos artificiales antes de un minuto de silencio?
A la hora en que Ezequiel Lavezzi, Ángel Di María, Javier Pastore y David Luiz se preparaban en el vestuario, miles de personas se refugiaban en el césped del Stade de France, uno de los siete objetivos del más sangriento atentado terrorista en la historia del país. Brasil eligió ocultarle a David Luiz lo que estaba pasando en París, la ciudad en la que vive desde hace un año y medio. Al público en el Monumental no hacía falta en cambio preservarlo de la noticia -todos sabían lo que estaba pasando en Francia-, sí en cambio de las explosiones y el estruendo, que no eran precisamente lo que pedía la noche.
Flashback: se acercaba el verano europeo de 1998 y Francia era una fiesta, porque su selección de fútbol había ganado por primera vez el Mundial. Una selección tan multicultural como probablemente multiculturales son las víctimas de los atentados de anteayer.
Aquello fue un 12 de julio de 1998, y dos días después, el 14, la Fiesta Nacional francesa se celebró como todos los años, en los cuarteles de bomberos. Héroes populares de los franceses, los bomberos abren las puertas de sus cuarteles y se juntan con los ciudadanos a celebrar. Aquel 1998 incluía el título mundial, y el grito de todos era "On a gagné!" (¡ganamos!). Cuando las gargantas se calmaban se escuchaba el "Born to be alive" de Patrick Hernandez.
Tres años después, todo cambió. Los vuelos de cabotaje en Estados Unidos dejaron de ofrecer las facilidades y laxitud propias de un taxi, mientras los eventos deportivos se transformaban profundamente: seguridad, seguridad, seguridad. Cada tanto burlada, como bien se apreció en la maratón de Boston en 2013, pero eficiente en general.
¿Y ahora? Francia es un país clave en el gran escenario del deporte, y el año próximo, a dos íconos como Roland Garros y el Tour de France, le sumará el ser anfitriona de la Eurocopa de fútbol. Un desafío casi a nivel de Mundial, porque por primera vez habrá 24 selecciones luchando por el trofeo. Repartida por diez sedes en todo el hexágono, la final se jugará el 10 de julio en el mismo Stade de France de la final de 1998, el mismo de la conmoción del viernes.
La Eurocopa no puede hacer como el rally Dakar, que dejó en su momento África y recaló en Sudamérica ante la imposibilidad de garantizar la seguridad de los participantes y los espectadores. Tampoco puede hacerlo el Tour. Alcanza con releer al semiólogo y escritor Roland Barthes en "Del deporte y los hombres" para entender lo que esa cita significa para los franceses: "El Tour está incorporada a la Francia profunda: en él, cada francés revive sus casas y sus monumentos, su presente provinciano y su pasado antiguo". Y, tras enfatizar cierto carácter bélico del Tour, Barthes añadía una frase que hoy perturba: "El escenario del combate es toda Francia".
@sebastianfest

