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DACHAU.- Todo es alegre, digno de admiración, verde y amable en Dachau. La ciudad vieja, patrimonio de la humanidad, es más antigua que Munich y se encuentran menciones de ella en documentos históricos desde el año 805, la época de Carlomagno. El paisaje, mejorado por la mano del hombre, es el indicado para un picnic. La iglesia renacentista de San Jacobo, de 1390, hace caer de rodillas al que la mira, en un ataque repentino de fe. Hay una galería de arte con buena pintura de los siglos XIX y XX, con la que se recrea el espíritu, y alemanas preciosas, y teatros donde se escucha rock y jazz.
Y, sin embargo, porque tiene también el campo de concentración nazi de memoria más larga y horrible, Dachau es una encrucijada para el pueblo alemán y para el resto del mundo es el paradigma de lo imperdonable.
Debe ser muy difícil cargar durante tanto tiempo con el espanto ajeno. Aunque Dachau no fue un campo de exterminio (las cámaras de gas, aunque instaladas, no llegaron a usarse y según los registros oficiales murieron "sólo" 31.000 personas, una mínima parte de los millones que se cargó el nazismo), cuando los soldados norteamericanos llegaron, a fines de abril de 1945, se encontraron con un vagón lleno de cadáveres y lo filmaron. "Estas imágenes determinarían más tarde la imagen de Dachau en la opinión pública internacional", dice el texto de la audioguía en español, no sin un toque de abrumado resentimiento.
Aunque pasen los años, los argentinos seremos asociados en el mundo con la palabra "desaparecidos" y los alemanes, les guste o no, y sobre todo en un momento en el que los neonazis avanzan electoralmente, con la palabra "nazis", porque hay extremos que no pueden tener perdón ni olvido.
Por cierto, las cosas han cambiado para mejor. La gran polémica de la semana en el sur de Alemania, en la misma región en que Dachau supo brillar como un faro sombrío, ha sido la muerte del oso Bruno. Después de 170 años sin que se viera un oso en los bosques alemanes del Sur, apareció este Bruno, vaya a saber de dónde. Dicen que pudo haber venido de Hungría. Lo cierto es que descuartizó unas cuantas ovejas y que el ministro de Medio Ambiente, Werner Schnappauf, justificó que tres cazadores lo hubieran matado a tiros por el peligro que representaba para la población. ¡Para qué! El funcionario y todos sus colaboradores tuvieron que soportar la reacción furiosa de los que luchan por los derechos de los animales. Aquí hay millones de ellos, y es altamente improbable que, dada la gran cantidad de gente que "trabajaba" en los campos de exterminio durante la época de Hitler, los abuelos de muchos de ellos no hayan hecho la vista gorda ante otras muertes más escandalosas.
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¿Qué ha quedado en el predio de dos kilómetros cuadrados donde funcionó el campo de concentración? Apenas un par de barracas rehechas de las docenas que tuvieron que construir los propios detenidos en su camino a la tortura y la muerte. Se ven las cuchetas, las letrinas, los piletones (en los que algunos visitantes, curiosamente, echan monedas, como si fueran fuentes del deseo), un museo, monumentos religiosos de distintos credos y, estremecedores, los crematorios.
El campo, creado por Heinrich Himmler el 20 de marzo de 1933, fue el de más larga duración: doce años. Estuvo destinado en principio a disidentes políticos. Después llegaron los judíos, los gitanos y los rusos, en grandes cantidades. Se los mataba con el trabajo a destajo (incluso eran "prestados" a empresas privadas, que los devolvían a Dachau cuando no les servían más porque estaban muy débiles), con la poca comida, con la exposición al frío y con las balas caprichosas de los agentes de la SS.
Cuando comenzó el exterminio sistemático en cientos de otros campos (Auschwitz, Buchenwald, Krakau, Lublin/Majdanok, Bergen-Belsen), Dachau sirvió como centro de pruebas. También sirvió como laboratorio para los experimentos médicos de los doctores Klaus Schilling y Sigmund Rascher. Se les inoculaba el virus del paludismo o el bacilo de la tuberculosis, se los ponía en simuladores de vuelo para verificar los efectos de la descompresión. En informes secretos, Rascher escribía a Himmler frases como ésta: "Para explicar los graves fenómenos psíquicos y físicos que se deben a la formación de embolias gaseosas, se sumergió a varios sujetos en el agua hasta provocarles la muerte, tras haber sido sometidos a un descenso súbito en paracaídas. En un momento se registró cierta recuperación, pero nunca llegaron a recobrar el conocimiento".

