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A cuatro semanas del debut del seleccionado argentino de fútbol en las eliminatorias, camino al Mundial -será el 29 de marzo con Chile, en el Monumental-, advierto un gran desencanto con el equipo nacional; para que se interprete en el terreno futbolero me parece que desde la cancha no se transmite entusiasmo -ni fútbol, naturalmente- y los hinchas, con ese magro mensaje, no se enganchan; como si fuera poco, el DT Marcelo Bielsa aporta su granito de arena: vive, planifica, arma y desarma el equipo, se lo ve poco y nada, le esquiva a los micrófonos y cámaras, y el equipo nacional parece aún más distante; el tema -no podía ser de otra manera y es lógico que sea así- se incorporó en el folklore del periodismo deportivo, con sus históricos amores y desamores por el DT de turno, y ya se dice -palabras más, palabras menos-, que el Mundial del 2002, que tendrá por escenario a Japón y Corea del Sur, parece más lejano que los kilómetros que nos separan del continente Asiático; a esta altura, me parece sensato que habría que parar la pelota; dominarla como se pueda y evitar pegarle de puntín y para arriba; por lo tanto no me queda otra salida: intento un freno a la pelota con la suela -y aunque pasa de largo- me callo; al menos por unos minutos...
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Ya descansé el tiempo reglamentario; estoy más tranquilo sin los botines y no daré rodeos: al seleccionado nacional lo arma el director técnico de turno -hable poco o mucho-; él elige los jugadores, las tácticas y, si quiere, insiste con sus cábalas; se trata de fútbol y la única verdad -como diría Perogrullo- está en la cancha; y ahí la responsabilidad es de los jugadores; de su inventiva, su entusiasmo y, si se quiere, de su clase; no otra cosa; no interesa si Bielsa gasta el pasto del costado del campo de juego con sus idas y venidas, si sus señas son inentendibles desde la tribuna y si vive el partido casi de espaldas, con sus continuos movimientos nerviosos; lo otro, lo que interesa, pasa de la línea de cal para adentro. Y ya me cansé otra vez. Necesito un minuto como en el basquetbol, aunque se trate de fútbol...
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Sin darme cuenta me convertí en el defensor número uno de Bielsa; no era mi intención, pero no me arrepiento, e insisto: el DT tiene entre sus manos una gran responsabilidad; lo hace desde su lugar, su pasión y su estilo; deberíamos respetarle su tarea; lo otro, si juega bien o mal es de libre interpretación, y, como no me gusta esconderme en las palabras retóricas, aclaro que no me gusta nada el seleccionado; como juega, por supuesto; es más: creo que un equipo nacional no puede estar desparramado por el mundo; mi teoría -probablemente equivocada- es que la base tiene que ser del fútbol vernáculo, con cuatro o cinco que anden bien por el mundo; nada más. Pero yo no armó al seleccionado. Por suerte...
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Ahora sí, es el momento de ponerle punto final a mis reflexiones; por lo pronto rescataré algo del seleccionado nacional, que pasó por Wembley, el miércoles último, con un juego desabrido y un 0 a 0 con Inglaterra, que surgió de Gabriel Batistuta; "No pateé una sola vez al arco", fue el sincero lamento del goleador; está de más aclararlo, pero lo remarco: Batistuta nunca pensó que días después, en una noche de viernes y en la otra parte del mundo, alguién se aferraría a sus palabras; a mí me vino muy bien como sostén de mi teoría acerca de que la única verdad está en la cancha...



