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Del judo de River al kibutz israelí. Del kibutz a Karmiel. De Karmiel otra vez al kibutz para convertirse en atleta. De allí al ejército, de nuevo el judo y la vuelta a la Argentina. Si acaso algo no se imaginó Daniela Yael Krukower en medio de semejante hoja de vida, eso fue la remota posibilidad de llegar a representar algún día a la Argentina en unos Juegos Olímpicos.
Podría haber sido saltadora en alto. O triatleta. O judoca bajo bandera de Israel. Pero jamás integrante del equipo olímpico argentino. Hasta que la vida la devolvió a estas tierras sudamericanas.
En el camino, Daniela vivió una historia que vale la pena conocer. Nació en Buenos Aires hace 25 años. A los 6 empezó a practicar judo en River. Y al año tuvo que dejar Núñez para irse a Israel.
Ella lo cuenta mejor:"Mis viejos querían criarnos de una manera especial. Ellos se habían casado en Israel y tenían otras ideologías. Además, mi papá, Isaac, veía mal la economía, decía que acá había racismo... " Transcurría la Guerra de las Malvinas, entonces, cuando la familia Krukower se fue a un kibutz en Israel. "Al principio me costó acostumbrarme. Pensá que yo no sabía ni una palabra de hebreo."
En el kibutz, donde no manejaban plata, trabajaban todos para todos. Una vida que Daniela aceptaba. "Ideológicamente, creo que es buenísimo. Lo que pasa es que ya es casi imposible llevarlo a la práctica, porque la gente siempre quiere más. Y los hijos, que no son los que eligieron esa vida, también quieren más. Quieren viajar por Europa, quieren la videocasetera, el lavaplatos..." Ella ayudaba a los adultos durante los fines de semana. "Recogía tomates", recuerda. Pero se entusiasmaba sólo cuando cuidaba animales. "Yo estaba a cargo de una yegua. Y ésa era mi pasión."
Mientras, no abandonaba el deporte. "Mi papá llevó el judo al kibutz", jura. Todo perfecto. hasta que, tres años después de haber aterrizado en Israel, Isaac y Hannah (la mamá de Daniela) vieron que esa vida ya no era la que idealizaban. Y se fueron a Karmiel, "una ciudad de no más de 35.000 habitantes, en el norte".
Más cambios para ella, que no terminaba por sentirse parte de ningún lado. Encima, ya en la adolescencia, se le ocurrió dejar el judo. "Estaba en la edad en la que querés salir con chicos y esas cosas. Y como yo tomaba al judo como un deporte de combate, lo cambié por el atletismo. Hice salto en alto, vallas; después triatlón, tenis, deportes que son supuestamente más femeninos."
Durante cinco años no volvió a calzarse el judogui. "Bloqueé psicológicamente al judo", memora.
Y entre varios deportes andaba cuando, de pronto, empezó a sufrir por la Guerra del Golfo. "Por las noches sonaba una sirena y teníamos que ponernos inmediatamente unas máscaras de gas. Recuerdo que la primera noche fue terrible. Igual, yo era bastante inconsciente; no sentía miedo por mí, sino por mi perro. Y, además, allá la gente no vive con miedo. Los problemas están en la frontera, no en medio de las ciudades. Y nosotros no éramos un objetivo estratégico. Sabíamos que la guerra estaba ahí nomás, pero no sé, será que la gente se acostumbra."
La guerra terminó, pero Daniela igual se fue. Al ejército. "Primero, volví al kibutz para terminar la secundaria. Yo estaba decidida a ser una atleta profesional. Y la cuestión es que, cuando terminé los estudios y entré en el ejército, que allá era obligatorio, me agarró mi jefe y me dijo que si quería llegar a unos Juegos Olímpicos tenía que dejar inmediatamente el atletismo y retomar el judo."
Y retomó el judo. Tan bien que terminó por sumar cinco títulos nacionales juveniles y otros cinco de mayores. Incluso, estuvo cerca de clasificarse para Atlanta 96. "Pero el tiempo de readaptación no me alcanzó y no llegué bien."
No fue a Atlanta y, para colmo, tras los Juegos del Centenario, la Federación local le cambió el entrenador. "Vino Rut Magen y yo, la verdad, nunca tuve onda con ella. Me empezó a hacer la vida imposible y comenzaron a darme menos posibilidades que a otra chica, Einat Yaron. Yo estaba muy mal, veía que casi no tenía posibilidades de llegar a Sydney y, en eso, un amigo me dijo que les escribiera a los de la Confederación Argentina de Judo. ¿Vos no sos argentina?, me dijo. Y yo me animé. En mi pésimo castellano, le mandé un e-mail a Oscar Cassineri, presidente de la confederación. A los quince días me contestó el e-mail y encima me llamó por teléfono".
El desarraigo ya era una costumbre, así que no le costó demasiado tomar la decisión. "Me armé el bolso y me volví. Mi mamá me apoyó y mi papá, un poco menos. Decía que acá había racismo".
Claro, hacía no tanto que en la Argentina habían volado la AMIA y la embajada de Israel. Algo que en los Krukower golpeó bastante.
"Lo vi por la tele. A mi papá le dolió más que a ninguno", recuerda. Sin embargo, no coincidió con lo del racismo:"Me parece que hay más xenofobia que racismo. No escuché a nadie decir judío de m..., y sí escuché mucho decir negro de m..., o hablar mal de los bolivianos, de los paraguayos".
Vino igual. Recordaba su casa de chica, la vereda de su barrio y "un poco el Obelisco. Pero nada más". Y la Argentina deportiva la tomó sin problemas. Ella competía en la categoría de hasta 63 kilos. Fue a una gira europea y le ganó a la campeona mundial, la japonesa Keiko Maeda. Las autoridades confiaban en ella para deslumbrar en Sydney. Mas Daniela, que siempre había competido por Israel, no hizo a tiempo para conseguir los puntos necesarios bajo bandera argentina.
Se le pidió un wild card (invitación especial), pero el COI dijo que no. Y cuando ya había perdido las esperanzas, Canadá dejó libre su vacante en los 70 kilos. Subió de categoría, entonces, luchó en una clasificación contra Lorena Briceño y Lorena Correa, ganó y finalmente obtuvo su pasaje a los Juegos.
"El COA, la confederación de judo y la Secretaría de Deportes me ayudaron muchísimo. Siempre me hicieron sentir parte del equipo argentino", agradece. Ahora no sabe qué vaticinar para Sydney. Pero no importa. "El objetivo olímpico ya está cumplido". Y si ella lo dice...


