El banquete europeo

Fernando Pacini
Fernando Pacini LA NACION
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13 de agosto de 2015  • 23:21

Comenzó la temporada oficial en Europa, con algunas ligas ya en marcha y las copas a un solo partido. La voracidad competitiva entre los clubes con mayores recursos elevó el juego a niveles altísimos. Probablemente nunca antes en la historia se haya jugado un fútbol de tanta calidad como el actual. Sin embargo, al dorso de esa realidad quedan las consecuencias menos visibles.

Esa "carrera armamentista" de las potencias del fútbol mundial no ha hecho más que estirar la brecha entre ellos y los de segundo orden. Y luego queda el resto: la base de la pirámide, los "clubes peones" que viven de las sobras, los extras que los grandes necesitan para armar su torneo y su fiesta; sin equivalencias, sin posibilidades de competir, sólo con la ilusión y la historia.

Las ligas se las reparten los de siempre, y cada tanto alguna oveja negra les arrebata un título. Son casos excepcionales, que incluso sirven como coartada para justificar la asimetría. Es muy difícil que Paris Saint Germain, Barcelona o Real Madrid, Chelsea o algunos de los de Manchester, o el Bayern Munich no sean campeones. Cada tanto, hay un Atlético de Madrid o un Borussia Dortmund, rupturas temporarias de una lógica de mercado que apenas tolera excepciones.

La competencia es una farsa. No existe. Una cosa es el fútbol fascinante de esos equipos de elite y otra, diferente, es comprar el paquete completo. Compiten dos, tres, cuatro... y el resto, son casi "un mal necesario" para el mercado. La oligarquía futbolística que domina el fútbol global legisló alguna vez la ley Bosman para asegurar que el dinero pudiera "corregir" los excesivos riesgos que corrían cuando había límites para sus billeteras.

Desde entonces, de Bosman para acá, se acabó, el negocio mató al sueño. La habilidad extraordinaria que han tenido fue hacernos creer que el sueño sigue vivo. La maquinaria de propaganda, los juegos para consolas, las estrellas que imitamos, el packaging en el que envuelven la mercancía, se viste de sueños y proezas. Esa fusión entre jugadores y equipos magníficos, sumados con la penetración mediática, se volvió irresistible para millones de espectadores en el mundo. Ése es el modo de sostener las diferencias, fabricando consumidores por millones a quienes venderle un producto excelente, a costa de la segregación de decenas de clubes que nunca más podrán aspirar a competir ni a soñar en grande.

El interés está en el Barça, en el Madrid, en el United, en el Bayern... Nadie en China, Japón, en Medio Oriente o donde sea va a prestar atención a qué pasa con el West Ham, Sporting de Gijón o el Mainz 05. Tampoco nadie va a cuestionar que la ley Bosman haya desguazado a los torneos de los países emergentes económicamente, pero hacedores de la historia más sublime de este juego. La Argentina, Brasil, Uruguay, proveen futbolistas como commodities a toda Europa. ¿Que así es el mercado y que no tiene caso ir contra él? De acuerdo, tal vez sea una lucha demasiado presuntuosa, pero al menos podemos describirlo.

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