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Atardecer en La Dolfina. Faltan dos días para la final del Argentino Abierto y Adolfo Cambiaso, el dueño de casa, está relajado. Muy relajado. “Vení, vení”, invita. Ingresa a sus caballerizas, donde descansan sus mejores yeguas. El polista entra a una pequeña habitación e inmediatamente saltan a la vista varios de sus innumerables trofeos y recortes periodísticos colgados en la pared. Pero él se para en la otra punta y señala: “Mirá”. En el suelo hay tres aviones de aeromodelismo. “A éste me lo trajeron de regalo hace poco de Brasil. Estoy empezando a usarlo”, cuenta, mientras acaricia las alas del más grande. Tiene dibujada la sonrisa...
Se genera un silencio. Adolfito lo quiebra: “¿Querés que lo haga volar?”. Es casi de noche, pero no importa. A los cinco minutos el avión traza piruetas en el cielo de Cañuelas y, en tierra, él le da órdenes con el control remoto con la misma destreza con la que le ordena jugadas virtuosas a su taco. La sonrisa le crece aún más.
“Por eso gana. Además de ser un fenómeno, él disfruta siempre de lo que hace. Y cuando juega al polo es igual.” El que habla es Alberto Nigoul, definido por Cambiaso como su “mano derecha”. Si alguien pregunta por Alberto en La Dolfina nadie le responderá. Para todos es “Patán”. Unos días después, ya con el título de Palermo bajo el brazo, Patán responde a una llamada telefónica de LA NACION. “Ahora no puedo hablar; estoy terminando un partido de tenis”, dice. “¿Contra quién jugás?”, se le pregunta. Y contesta: “Contra él... Es bueno”.
De chico tuvo que elegir: tenis, windsurf o polo. Tenía potencial con la raqueta. Era y sigue siendo talentoso con la vela y la tabla. Pero eligió el otro camino, ese que hoy lo coloca en un lugar único en la historia de este deporte. Se puede debatir si es el mejor o no, pero que su fama trascendió el deporte no admite discusión. Hoy, para todos aquéllos que no son habitués, el polo es sinónimo de Cambiaso.
Hombre de no muchas palabras; sí de rasgos campestres. Toma mate; ama los caballos; no le gusta la ciudad; por nada cambiaría su lugar en el mundo, que se llama La Dolfina y está en Vicente Casares, partido de Cañuelas; un espacio cercano a la ruta 205, ubicado detrás del country La Martona, que recibió ese nombre derivado del otro apodo de Adolfito, “Dolfi”. Así se llama desde hace una década, cuando no era lo que es hoy. Cuando no tenía cuatro canchas ni la casa donde Cambiaso vive con su mujer, María Vázquez, y sus hijos Mía (de cuatro años) y Adolfo (de uno), pero donde nunca faltó lo que sigue existiendo, y de lo que él goza como ninguna otra cosa en el planeta.
Por ahí, donde hasta hace unos años hacía 500 jueguitos seguidos con un taco, anda Jordan, su corpulento perro que hace honor a uno de sus ídolos deportivos; por allá, su viejo e impecable Mustang azul, que devela su pasión por los autos clásicos; más a un costado, los boxes de varios de los muchísimos caballos, cracks y no tanto, que cuida ahí. Nunca falta un asado para comer con los petiseros, compañeros de la cotidianidad. Y consume fútbol –simpatiza con River y con Nueva Chicago, al que controvertidamente vinculó con La Dolfina entre el 2002 y el 2004–, aunque le gustaría ser más dotado para un deporte que no se puede sumar a sus facilidades naturales.
No todo es La Dolfina para Cambiaso. Su fanatismo por la cría de caballos –un rasgo en común con casi todos los polistas de alto handicap– lo llevó a comprar un campo en Washington, sur de Córdoba, para formar a los equinos que lo ayudan a ser el mejor polista del orbe.
Tan cómodo se siente en el país –su afición por la Argentina está a la vista en su casco– que plantea para el año próximo, a lo sumo el siguiente, no participar más en la temporada de Estados Unidos (enero-abril). Cansado de los viajes, de ciertas presiones, de trasladar a su familia y de estar lejos de su pago, Cambiaso ideó junto a Gonzalo Pieres un circuito de certámenes estivales en clubes de Buenos Aires sin perder el beneficio de la paga de los patrones (dueños de equipo) extranjeros.
Que La Dolfina sea su búnker no implica que no lo abra a la gente. Allí organiza competencias para patrones y en las últimas semanas jugaron y taquearon Gabriel Batistuta, Marcelo Tinelli, Gustavo Barros Schelotto y hasta un muy importante miembro del Gobierno Nacional...
Javier Arfuch, fotógrafo de La Dolfina desde hace cuatro años, cuenta cómo empezó a trabajar con él: “Lo conocí en un festejo por el Día de la Primavera en el boliche Sabbat, adonde él iba de chico. No me animaba a encararlo, pero de repente nos pusimos a hablar. El me dijo que jugaba a los dos días y me ofreció sacarle fotos, y yo estaba encantado. Pero me preguntó: «¿Sos de Cañuelas? No importa cómo seas como fotógrafo; la única condición es que seas de Cañuelas...»”.
Adolfo Cambiaso, el que conduce aviones a control remoto; el que juega bien al tenis; el que vive feliz en Cañuelas con familia y petiseros; el que no quiere viajar más; el que colecciona autos clásicos; el que... el que saltó las fronteras del polo.



