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SYDNEY (De nuestros enviados especiales).- Inflamado el pómulo izquierdo, ancha la sonrisa, Félix Savón extiende esa masa de músculos acomodados en sus brazos y escucha una vez más, como tantas otras, el himno nacional de Cuba. Otra medalla dorada para el rey de los 91 kilos -pesados-, tras la victoria ante el ruso Sultanahmed Ibzagimov y no es un premio más.
El gigante de la isla escribió un capítulo brillante para la mitología deportiva: a los 33 años, sumó el tercer oro consecutivo en un Juego Olímpico, logro que lo pone a la par de otro grande del boxeo cubano, Teófilo Stevenson, campeón pesado en Munich 72, Montreal 76 y Moscú 80.
Savón echó por tierra todas las proyecciones pesimistas que se hicieron antes de los Juegos, que intentaron sembrar dudas sobre su condición de imbatible. Incluso acalló las voces que se habían pronunciado en su contra luego de la derrota sufrida en la final de los Panamericanos de Winnipeg, el año último, cuando fue derrotado por el norteamericano Michael Bennett. En Sydney, Savón hasta se dio el lujo de apabullar a Bennett en los cuartos de final y desterrar cualquier incógnita.
"Yo quería la tercera medalla para que las generaciones futuras conozcan quién es Félix Savón. La quería por mi patria, por mi pueblo cubano", señaló con voz distorsionada por la emoción este hombre que vive en el coqueto barrio Fontanar, al norte de La Habana, pero que nació en una humilde casa en la provincia de Guantánamo. Ni Savón ni su entrenador de siempre, Alcides Sagarra, se animaron a referirse al retiro del pugilista:"No es tiempo de hablar sobre eso", comentó el técnico.
Savón combina su pasión por el boxeo amateur con su gusto por los niños. Casado con María, el campeón olímpico de los 91 kilos tiene cinco hijos, cuatro de los cuales tienen como nombre Félix. La curiosidad muestra como única excepción a su hija Draysel (los otros cuatro se llaman María Félix, Félix Mario, Félix Ignacio y... Félix Félix).
Pero no fue el boxeo el único deporte que cautivó la vida del cubano. A los nueve años se inclinó por el atletismo y tiempo más tarde también incursionó en el remo. Pero fue el arte de los puños el que lo atrajo totalmente cuando tenía 13 años. Y mal no le fue: un título mundial juvenil, 6 de mayores y 4 panamericanos, entre los más importantes.
Punto cúlmine el festejo de Savón para un boxeo cubano que no estuvo en su esplendor en estos Juegos a punto de culminar. Competencias que fueron testigos de la evolución de los países que conformaban la ex Unión Soviética, en detrimento de las dos máximas potencias:Cuba y los Estados Unidos.
No obstante la isla caribeña se dio el gusto de festejar ayer otros tres oros olímpicos, además del de Savón. Guillermo Rigondeaux se impuso 18-12 al ruso Ramkoul Malakhbekov, en 54 kilos;Mario Kindelán derrotó al ucranio Andriy Kotelnyk 24-16, en 60 kilos, y Jorge Gutiérrez le ganó al ruso Gaidarbek Gaidarbekov, en 75 kilos.
Cuatro medallas doradas y dos de bronce (Maikro Romero y Diógenes Luna), consecuencias de un rendimiento desparejo del seleccionado cubano, más allá de las protestas de los dirigentes por causa de fallos controvertidos. Es insuficiente, se esperaba más de un país que, por prestigio, tiene las doce plazas olímpicas del boxeo siempre aseguradas.

