El negro en el fútbol brasileño

Ezequiel Fernández Moores
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25 de junio de 2014  

RÍO DE JANEIRO.- No vi su foto en el maravilloso Museo de Fútbol del Pacaembú. Pero Miguel do Carmo es señalado por muchos como el primer futbolista negro del país. Debutó en 1900 en Ponte Preta, con apenas 15 años. Había nacido en 1885, tres años antes de que Brasil se convirtiera en el último país americano que abolía la esclavitud. Brasil había sido el mayor importador de esclavos. Seis veces más que Estados Unidos. Cerca de tres millones y medio, muchos de ellos procedentes de lo que hoy es Nigeria, nuevo rival de la Argentina. En Porto Alegre, sede del partido de hoy a las 13, la esclavitud había sido abolida cuatro años antes. Los esclavos eran casi un tercio de la población. Ya en 1883 Aquiles José Gomes Porto-Alegre afirmó que su diario, Jornal do Commercio, no publicaría más "denuncias de fugas" o de "comercio" de esclavos. Algunas décadas después, cracks como Carlos Alberto, mulato hijo de un fotógrafo y jugador en 1926 del entonces aristocrático Fluminense, aclaraba su piel con arroz antes de salir al campo. Y el goleador Arthur Friedenreich, hijo de un inmigrante alemán y una negra brasileña, figura del Sudamericano de 1919, se ponía brillantina y una toalla mojada a modo de turbante para alisar el cabello mota.

Ponte Preta busca documentos oficiales para que la FIFA lo reconozca como primer club que practicó democracia racial en Brasil. Fundado en 1900 por blancos, negros y mulatos, Ponte Preta (Puente Negro, porque había uno cerca de la cancha) afirma que Do Carmo, un ferroviario que vivía en la Rua Abolicao, debutó ese mismo año, cinco antes que Bangú alistara a Francisco Carregal. Y que luego se sumaron más negros al equipo, también mucho antes de que Vasco da Gama desafiara a todos y alistara jugadores negros en 1923. Su hinchada de base obrera asume hoy con orgullo el apodo de "macaca", porque los rivales se burlaban décadas atrás diciendo que los hinchas eran "macacos" y el equipo una "macacada".

Campinas, la región de San Pablo donde fue fundado el club, explotó esclavos en plantaciones de café y azúcar, con 18 horas diarias de trabajo, mujeres abusadas y rezo nocturno supervisado por la Iglesia. Viejos tiempos de lo que algunos llamaban "Campinas uber alles", por las pretensiones de riqueza blanca y europea de las élites. Pasaron casi dos siglos. Pero jugadores de Ponte Preta denunciaron insultos racistas cuando el año pasado perdieron la final de la Copa Sudamericana ante Lanús. Su capitán Roberto imitó a un mono al celebrar un gol años atrás contra Vélez, para responder a los gritos de mono de fanáticos argentinos. Algunos de esos insultos se escuchan aún hoy por parte de algunos hinchas argentinos en estos días mundialistas en Brasil.

El caso de Bangú es mucho más conocido que el de Ponte Preta porque el club carioca se retiró del campeonato en 1907 cuando le negaron la inscripción de jugadores negros. Las élites que organizaron el fútbol en Brasil los rechazaban. Algunos, para evitar eventuales acusaciones de racismo, preferían decir que no podían jugar futbolistas obreros, asalariados. No querían que el deporte fundado por ricos y blancos pasara a ser jugado por pobres y negros. Hasta el presidente Epitacio Pessoa, después de que jugadores brasileños fueron llamados "macaquitos" en Argentina, exigió que el plantel del Sudamericano 1921 fuera formado por jugadores "rigurosamente blancos". Los jugadores del América se negaron a compartir vestuario en 1923 con Manteiga, un jugador negro fichado por el club. Por eso, fue revolucionario el campeonato carioca ganado ese mismo año por Vasco da Gama con tres negros, un mulato y siete blancos de clase trabajadora. Echado inicialmente de la Liga, Vasco sufrió luego diversas trabas. "Prohibido que jueguen obreros o analfabetos", decían los demás clubes. A sus jugadores analfabetos de nombre difícil, Vasco les simplificaba la tarea haciéndolos firmar como "Silva". Diez años después, el fútbol brasileño asumió su profesionalismo.

Las selecciones brasileñas ya habían descubierto la necesidad de abrir sus puertas a jugadores negros. En la selección del primer Mundial de 1930 estaba Fausto, "la Maravilla Negra", y en la del Mundial 34 apareció el goleador Leónidas Da Silva, quien repitió en Francia 1938, junto con el zaguero Domingos Da Guía, "el Divino". En el fabuloso Museo del Fútbol que recorrí ayer en San Pablo, debajo del estadio Pacaembú, Leónidas, "el Diamante Negro", aparece en fotografías junto con el presidente Getulio Vargas, que unos años antes había prohibido al partido del Frente Negro Brasileño. Si ya Friedenreich había tenido expuestos en la vidriera de una joyería los botines con los que anotó el gol de la final del Sudamericano de 1921 contra Argentina, Leónidas fue luego el primer "garoto-propaganda" del fútbol brasileño. Elegido mejor jugador y artillero con siete goles del Mundial 38 (llegó a anotar descalzo el gol del triunfo 6-5 en el debut ante Polonia), Leónidas fue usado por Lacta para su exitosísimo chocolate "Diamante Negro". Habían pasado los peores años. En 1932, los jugadores del América se negaban a jugar con él. Y la prensa le inventó el robo de una joya a una dama para que fuera excluido de la selección carioca. Años muy bien retratados por el periodista Mario Filho en "El Negro en el Fútbol Brasileño", un clásico que obviamente forma parte de la hermosa biblioteca futbolera del Museo del Pacaembú.

Todos estos nombres fueron claves para que, a partir de 1958, el Brasil blanco, negro, mulato y mestizo iniciara en Suecia la conquista de la primera de sus cinco Copas Mundiales. Ya el elegante Didí, único negro en el debut, había "dejado de ser negro", como ironizó Nelson Rodrigues. Garrincha había perdido el puesto de titular porque en un amistoso contra Fiorentina, después de eludir a todos y quedar con el arco libre, esperó a un defensor para hacerlo pasar otra vez de largo, en medio de risas del estadio, porque el pobre zaguero terminó golpeándose la cara contra un poste. El capitán Bellini, Nilton Santos y Didí presionaron al DT Vicente Feola para que Garrincha volviera al equipo, donde ya era titular un Pelé de apenas 17 años. Imágenes y relatos de la hazaña son parte de la riqueza del Museo de Pacaembú. O Rei (primer ministro negro de Brasil en 1995, "Gasolina" era el apodo racista de sus primeros años) da la bienvenida al subir al primer piso. "Dios creó a Garrincha -dice en una pared- y no pudo marcarlo". El visitante elige escena y relato radial favorito. Desfila en medio de ángeles (Didí, Zizinho, Zagallo), comparte tribuna en el Maracaná, juega metegol 4-3-3, 4-4-2 o 5-3-2 y escucha el silencio del Mundial 1950, porque Brasil no sufrió terremotos ni tsunamis, pero sí un "Maracanazo", como dice en el ingreso.

"Muéstrale al blanco que el pie del negro es blanco", se decía en los años difíciles. Ya no es necesario. Gilberto Freyre, uno de los sociólogos más importantes de América, lo describió sin necesidad de hablar de Pelé o, por citar un crack de hoy, de Thiago Silva. Freyre habló de un estilo de fútbol que convirtió "un juego británicamente apolíneo" en "danza dionisíaca". "Nuestra manera de jugar fútbol -escribió una vez- contrasta con la de los europeos por una serie de cualidades de sorpresa, de maña, astucia, ligereza, brillo y espontaneidad individual... Nuestros pases... nuestros desmarques, nuestros floreos con la pelota, o alguna cosa de danza y capoeira... todo eso parece exprimir de modo interesantísimo para los psicólogos y sociólogos el mulatismo flamboyant y, al mismo tiempo, malandro que está hoy en todo lo que es afirmación verdadera de Brasil".

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