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Habrá quienes preferirán escudarse en el folklore del fútbol. Pero es xenofobia cuando a los hinchas de Boca les cantan que son negros refugiados de Bolivia y Paraguay. Y era antisemitismo cuando los simpatizantes de Chacarita colgaban banderas con señales nazis durante los partidos con Atlanta. Y, en definitiva, son expresiones racistas cantarles el himno a los hinchas de Gimnasia, de Jujuy, o antes a los salteños o a los correntinos cuando sus equipos estaban en primera división.
Todo tipo de reacciones discriminatorias están en alza en el planeta. La difusión de estos contenidos por Internet es un fenómeno en auge, tanto que distintos estudios determinaron que en marzo de 1999 existían 1400 sitios xenófobos en la Web, cifra que cuatro meses más tarde trepó hasta los 2100. Focos y ejemplos se suceden a diario. Los actos de violencia racista en El Ejido, al sur de Almería, en España, con los inmigrantes magrebíes; el gobierno brasileño reconoció un trato discriminatorio por parte de la policía de Río de Janeiro sobre inmigrantes angoleños, y miles de italianos se manifestaron en Bérgamo para limitar la inmigración, bajo el slogan "Ayudemos a los pueblos, pero en su territorio".
El fútbol europeo abre una puerta a la inmigración ilegal. La que después despierta tan irascibles reacciones. Ocurre en Bélgica, Francia, Suiza y Holanda, por ejemplo, mercados alternativos para la alta competencia de Italia o España. Inescrupulosos empresarios llevan a estos países a jóvenes brasileños y africanos, fundamentalmente, con la promesa de que se convertirán en estrellas. Pero cuando demuestran que no son prodigios, los clubes e intermediarios se olvidan de ellos. Algunos pueden volver a sus casas, pero la mayoría acaba abandonada, sin visado y en condiciones de ilegalidad. Sin permiso de trabajo necesitan subsistir, y en cualquier condición y con mínimas remuneraciones ocupan plazas laborales que los nativos reclaman para sí. Entonces el rechazo, el odio, el segregacionismo... y el racismo.
El tema crece y preocupa. El seleccionado masculino de hockey sobre césped de Sudáfrica no participará en los Juegos Olímpicos de Sydney porque el Comité Olímpico de ese país consideró inadecuada la composición racial del plantel, integrado por 23 jugadores blancos sobre un total de 30 miembros. El defensor sudafricano blanco Mark Fish, ex Bari y actual jugador del equipo local Bolton Wanderers, renunció al seleccionado tras haber sido acusado de racista por la prensa, al supuestamente no haber obedecido las indicaciones del DT Trott Moloto porque era negro.
Después de las banderas que recordaban al nazismo y reivindicaban actitudes de limpieza étnica, el gobierno italiano decidió intervenir para suspender los partidos donde se repitan esas manifestaciones. Los ánimos parecieron calmarse, pero las reacciones volvieron con cánticos racistas contra algunos futbolistas negros del calcio. Los "ultras" de Lazio -los más radicales- abuchearon a los futbolistas de color de Parma Liliam Thuram y Ousmane Dabo, ambos franceses, y al marfileño Saliou Lassissi. También Bruno N«Gotty, de Venezia, e Ibrahim Ba, de Perugia, otros dos franceses, fueron víctimas elegidas. Lo mismo que los brasileños Aldair y Cafú, de Roma. Todos negros.
Los castigos sí existen en Italia y los deben pagar los clubes. Por ejemplo, Lazio tuvo que abonar una multa de 2500 dólares por la conducta de un sector de su hinchada y el presidente Sergio Cragnotti hasta amenazó con jugar a puertas cerradas. Si bien estas provocaciones no son nuevas -ya las sufrieron Paul Ince en su paso por Inter; Marcel Desailly, en Milan; Freddy Rincón, en Real Madrid y hasta las pintadas sudaca en el Bernabeu cuando Jorge Valdano dirigía a la Casa Blanca-, ahora están en aumento. Otro peligro que acecha las canchas.



