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Esta historia tiene un punto de partida en el barrio del Abasto; en la primaria unidad básica en donde Daniel Scioli trazaba sus primeros palotes en el mundo de la política, allá por el año 2002. El local de Anchorena y Zelaya quedó muy chico, por entonces, para las pretensiones del actual gobernador de Buenos Aires y un día, abruptamente, cambió sus carteles con una inscripción que conmovió a todo el vecindario: "Aquí nace el Abasto Boxing Club".
La decisión del dirigente porteño concentró a una decena de pibes sin rumbo, con mucha calle y poca escuela, que, con la colaboración de Carlos Martinetti, ex boxeador y destacado entrenador, encontraban sentido para estas vidas sin grandes matices. Uno de ellos, morocho y retacón, se llamaba igual que Galíndez: Víctor Emilio, pero con apellido distinto: Ramírez. Este joven empezó a pelear; se convirtió en el "Tyson del Abasto" y en un novato interesante del pugilismo nacional. Al igual que por el crecimiento de Scioli, el local de la calle Anchorena quedó chico para el boxeo y se decidió profesionalizar el proyecto con la creación de un gimnasio competitivo en pleno centro de la capital: Suipacha y Córdoba, y desde allí Ramírez se convirtió en el campeón mundial de los cruceros.
El año 2009 dio vida a los mejores capítulos de esta novela; la conquista, en Alemania, del cetro de los 90,700 kg; su primera retención en el Luna Park y la pérdida de la corona ante el serbio Marco Huck. Después vino lo peor. Polemizar por dólares, discutir por la conveniencia o no de comprar la primera "casita" y tomar una postura de cacique en un grupo que se cansó de su indolencia. Lo que marchaba muy bien terminó muy mal. Cada uno tomó su propio camino. Todos se cansaron de todos. Incluido el gobernador.
El Tyson del Abasto se quedó en Wilde y empezó a perder valores afectivos y dinero. Se quedó sin su primera familia y por momento se ahogó en las miserias de los errores pesados. Se quedó sin nada. Sin amor y sin dólares. Resignó casi todo. Llegó a pesar 125 kg y se convirtió en un pasivo remisero de viajes de 25 pesos. Pensó, más de una vez, si era más redituable guiar un auto o tomar un arma. Eligió lo mejor.
Ahora, la vieja base deportiva ancló en Villa La Ñata, en zona Norte, y desde allí sus viejos consejeros, Martinetti y Scioli, lo pusieron otra vez en órbita. Le tendieron sus brazos y los recogió. Hubo un crecimiento mental tardío, recién a los 29 años, una disciplina diferente y una reaparición exitosa, con 3 victorias en 45 días y un puesto en el ranking mundial. Dicen que pudo salvar la primera casita, que armó una nueva familia y está feliz. El Tyson del Abasto pudo salir del barro. Acción que en este ámbito significa una manera de salvar su propia vida.



