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Se abre la puerta y asoma detrás de un bostezo. Julio César Vásquez obsequia una sonrisa de ojos casi cerrados. Dice que no duerme de noche, que lee, que mira la televisión, que escucha música... pero no puede doblegar al insomnio hasta que la claridad golpea. “Me acostumbré tanto a las pastillas para dormir que ahora, si no tomo una, se me hace difícil. Me duermo a eso de las 6 o 7 de la mañana.”
Hotel humilde, con aires de pensión, donde Almagro se codea con Boedo. Al fondo de un largo pasillo de piezas enfrentadas se descorre una cortina. Cuatro paredes claras, una cama revuelta, la ropa desperdigada por ese ambiente cuadrado que no supera los tres metros por lado. De una bolsita extrae una mandarina. Come con fruición. Un vecino se asoma por la ventana de enfrente: “¿Cómo andás Zurdo? Me parece que estás para pelear conmigo”, lo bromea.
Vásquez fue campeón del mundo. Dos veces, en la década del 90. Combatió una veintena de veces en Europa y los Estados Unidos, con varios de los mejores. París, Las Vegas, Montecarlo... Conoció los lujos y el dinero a montones. Hasta que un día se quedó con las manos vacías. “Yo gané más de dos millones de dólares”, dice y se frena. Observa el asombro de su interlocutor, sonríe y sigue: “Y... se fueron. Yo la gasté toda: malas inversiones, préstamos que nunca me devolvieron... pero ya está. Tenía la plata en una caja de seguridad y sacaba, sacaba y sacaba. Cuando me encontré con un poquito dije: ¡Uy! ¿Qué pasó?”.
Vásquez tiene los ojos chiquitos, como negras aceitunas, perdidos en una cara grande y angulosa. Sobre una quijada que parece granítica, dos arrugas dibujan surcos en las mejillas. Cada tanto fija la mirada en el televisor, que se apoya sobre una cajonera pequeña que a primera vista denota no estar preparada para ello. “La tele la traje yo, pero agarra sólo dos canales, porque acá no tienen cable”, explica. En el suelo hay un par de guantes nuevos, una soga para saltar; sobre una mesita, una foto de Julito, su hijo de 11 años. La otra imagen que decora su pequeño universo es un recorte de una belleza con poca ropa.
El Zurdo está en Buenos Aires y busca peleas. Necesita dinero. Y a los 36 años debe aferrarse a un pasado exitoso para conseguir una fecha que lo devuelva al ring. El sábado próximo, en la Federación Argentina de Box, Vásquez recibirá un alivio para su bolsillo cuando se enfrente con Jorge Sclarandi.
“Volví como diez mil veces. Tengo más vueltas que una calesita. Pero ésta es la última, porque cumplí 36. Pienso darle hasta que mi cuerpo diga que está bien. No sé... dos años, tres, cuatro y después me retiro. Yo sé que es la última vuelta que da la calesita.”
Cinco peleas en los últimos cinco años marcaron el camino más reciente de la... calesita. De planes que su propia desidia derrumbó como a un edificio de barro. “Si hubiera sido más tacaño, estaría bien.” La reflexión flota en el aire como un gas venenoso.
¿Más tacaño o menos descontrolado?
–Puede ser. ¿Sabés lo que pasa? Por ahí se acercaban pibes al auto a pedirme plata y yo les daba. Pero no 30 centavos como hacen todos. Yo les daba 20 pesos a uno, 30 al otro... Era un tipo que tenía mucha plata. Lo que nunca pensé es que se iba a acabar.
–¿Qué sensación te produce?
–Ahora por ahí me puteo solo. Me digo: ¡Qué gil de m...! ¡Cómo no la cuidé! No por mí. Mi hijo tenía lo que quería y de un día para el otro todo cambió. ¿Sabés lo que es eso para un chico? ¿Sabés por qué no duermo ahora? Porque estoy ansioso por pelear y ganar.
Se pregunta y contesta. Lo hace a cada instante y de tanto en tanto esnifa fuerte, como un tic molesto. Busca la respuesta, pero duda y se repliega en un argentinísimo qué va a hacer. Es la hora de la siesta y domina el trinar de los pájaros. Cuenta que tenía dos autos y una moto. “Un auto y la moto los vendí y el otro lo choqué. Lo hice m...Y me quedé a pata.” Su patrimonio estaba formado por un galpón en el que guardaba vehículos y por más de media docena de departamentos en Santa Fe. Algunos los perdió. Los alquileres de los que le quedan son para su ex mujer y su hijo.
La televisión muestra una imagen de Diego Maradona. Vásquez se distrae un instante y regresa a su realidad. “Yo viví a mil del 93 al 98. Pero ahora hay muchos lugares a los que no voy más. Santa Fe es mi lugar; me la paso en el Quincho de Chiquito (un restaurante muy popular). Ahí están los amigos de verdad, jugamos al truco, comemos un pescado... Ahí iba Monzón también”, destaca.
Ganó el Olimpia de Plata tres años seguidos (1992, 1993 y 1994) y también el de Oro en el 94. Pero sólo conserva dos de las estatuillas; las restantes las recibieron otras personas y nunca le llegaron. “Mi idea es juntar unos mangos y quedarme en Santa Fe. Mirá: si tuviera 100.000 dólares ahora me durarían más que los dos palos que perdí.”
Y suelta una anécdota que describe causas, razones: “Después de mi última pelea, en diciembre de 2001, volví de Inglaterra a la mañana y a la tarde ya me estaban golpeando la puerta para manguearme. Y dije: Loco, estuve un año sin pelear y no apareciste. ¿Ahora que peleé venís? ”
Junta algo de la ropa desparramada por todas partes y la mete en una bolsa. Que vivió a mil, dice. Que se dio el gusto de tomar champagne en las playas francesas de madrugada, después de una defensa del título, recuerda. Pero sólo conserva añoranzas. “Vuelvo por la plata”, retumba su sinceridad. Las manos están vacías. El destino lo regresó al punto de partida.



