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Hay una manzana de Caballito, la delimitada por José María Moreno, Alberdi, Formosa y Beauchef, que encierra el otro mundo de Hernán Ferraro. El armador suplente del seleccionado de voleibol no sólo tiene allí su casa, en la que vive con su esposa, Paula, y su hijo Pedro, que el lunes próximo -el día siguiente a la final del Mundial- cumplirá un año. En ese lugar está también su otro centro de operaciones: el bar Magno, que posee en sociedad con su cuñado y mejor amigo, Pedro Guerra. A diferencia de tantas estrellas con las que hoy convive en el Mundial, Ferraro, como otros, no está bajo la cobija de un contrato jugoso que le permita asegurar su futuro.
-Vivís de otras actividades. ¿Qué lugar ocupa el voleibol en tu vida?
-Ocupa un lugar primordial, porque lo practico desde muy chiquito. Más allá de mi larga estadía en Azul, de cinco años (en Chacarita y Azul Volley, con los que salió campeón), y de ésta en Rojas Scholem, trabajé como entrenador en varios clubes, y hace un año y medio que pusimos el bar. Hoy por hoy, ésa es mi segunda ocupación. Pero con todo lo que surgió este año, entre la Liga Mundial y el Mundial, lo maneja sólo él, pero nos comunicamos por teléfono para estar al tanto de cómo marcha todo. Lo del bar fue como un juego de purrete, pero llegó siendo grande y entonces lo tomo como una responsabilidad importante", cuenta Ferraro, de 34 años.
-En tiempos normales, ¿cómo te repartís el tiempo?
-Trato de manejar los horarios sin que lo que hago me perjudique en el aspecto físico. El bar es un trabajo que usualmente requiere horas de noche, pero trato de ocupar en él las horas libres del día, porque el descanso es muy importante para un deportista. Entre mi cuñado y yo nos dividimos lo de las compras, por ejemplo, para que yo pueda estar más suelto con el deporte. Pero él sabe que mi vida pasa por el voleibol, así que me banca mucho. Ahora me manejo sin problemas.
-¿Te sentís un caso diferente en medio de un equipo con estrellas que viven del voleibol?
-Los pibes lo toman bien y lo ven muy bien. Ellos también entienden que en algún momento hay que pensar en algo diferente, y poner las inquietudes en otra cosa para tratar invertir lo mucho o poco que uno pudo haber ganado. Y me parece una salida interesante. Ellos lo viven bien. Es más, vienen a tomar café al bar, que es un lugar de convivencia diaria de la gente del voleibol.
-¿La única opción para vivir del voleibol es jugar en el exterior?
-Y, hoy, con la situación del dólar, para poder hacer una diferencia hay que irse a jugar afuera. Aquí es muy difícil. Hay jugdores que con el viático pueden vivir decorosamente, pero no como para pensar en hacerse un futuro.
-¿Para vos el voleibol es una fuente de ingresos o un complemento?
-Para mí, el voleibol ya pasa a ser parte de un hobby. No lo hago por una cuestión económica ni lo veo como lo puede ver un chico que recién empieza. Lo mío pasa por el deseo de seguir jugando y por divertirme.

