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A los 85 años falleció, en San Isidro, el gran golfista argentino Fidel de Luca, que llenó una época del deporte y tuvo importantes actuaciones en el exterior. Sus restos fueron sepultados ayer en el cementerio de San Fernando.
Con Fidel de Luca se va uno de los grandes del golf profesional argentino. Su carisma, su estampa ganadora y su calidad estuvieron a la altura de otros notables de todos los tiempos, como Roberto De Vicenzo, Antonio Cerdá o Leopoldo Ruiz. Con más de 70 torneos ganados en la Argentina y en el exterior, el "Toro", como se lo conocía en el ambiente por su figura robusta y la espectacular potencia de sus golpes, fue uno de los golfistas más exitosos de nuestro país.
Había nacido en San Isidro el 29 de abril de 1922. Sus primeros pasos en el deporte del que se convirtió en emblema los dio a los seis años. La muerte de su madre, en 1928, lo empujó junto con sus cinco hermanos a trabajar como caddies en San Isidro Golf Club. De allí a demostrar que tenía pasta para el golf hubo un paso, y su hermano mayor, Juan Carlos, fue el primero en marcarle las pautas técnicas de su swing. Cargó palos hasta 1940, pero cuando quiso seguir como profesional, una discusión con un socio lo mantuvo alejado del club durante nueve años. Luego confesaría que perdió sus mejores momentos, cuando mejor le pegaba a la pelota.
Cubrió ese vació trabajando como policía naval en Tigre, más tarde fue pintor en la compañía General Electric, y en 1949 el golf lo recuperó definitivamente: ingresó como profesional en el Náutico de San Isidro. Después de varias actuaciones que denunciaban su potencial, entre ellas un 7° lugar en el Abierto de la República de 1951, llegó por fin la primera victoria: fue en el Gran Premio Alvear de 1952, jugado en el Hindú Club, después de superar a Enrique Bertolino por dos golpes.
En 1954 alcanzó su primer triunfo en el máximo torneo argentino: igualó con Arturo Soto en 281 golpes, y lo derrotó en los 36 hoyos de desempate disputados en la Colorada del Jockey Club.
De Luca fue protagonista de recordados duelos con De Vicenzo y Leopoldo Ruiz. Con este último se repartió la mayoría de los títulos a fines de la década del 50 y principios del 60. Por aquellos tiempos, el Maestro De Vicenzo forjaba su carrera en el exterior, y el dominio de los torneos vernáculos quedaba para la potencia y el juego sutil de De Luca y Ruiz. Entre 1958 y 1961 se alternaron los dos primeros lugares en 24 torneos. El 58 fue un año significativo en la vida de Fidel: ganó su único torneo en Europa, con 275 golpes en el Abierto de Alemania.
Su forma de moverse en la cancha era muy particular, muchas veces criticada, pero sin duda atractiva para el público. Es que analizaba cada tiro hasta el último detalle, buscando la concentración, que era uno de los fuertes de su juego. Además de su potente pegada, poseía un gran juego corto y una extraordinaria precisión para escapar de los búnkers. Esas virtudes lo llevaron a ganar al menos un torneo por año entre 1956 y 1974.
En 1972, temporada en la que logró el Abierto de la República, el Norpatagónico, el Gran Premio Ituzaingó y el Gran Premio General San Martín, fue galardonado con el Olimpia de Plata por el Circulo de Periodistas Deportivos.
En 1979 llegó otro hito de su carrera, que también tuvo mucho que ver con una lucha personal. Fidel reapareció después de recuperarse de la operación de un tumor que lo dejó con dificultades en el habla. Y en Brasil, con 57 años, se llevó el título del Abierto de ese país superando a figuras de la talla de De Vicenzo, Arnold Palmer, Tommy Aaron, Sam Torrance y un joven Bernhard Langer. Esa entereza para sortear la adversidad le valió una distinción: el premio al Espíritu Deportivo, otorgado por otras personalidades del golf.
Su vigencia se prolongó hasta 1982, cuando se llevó por última vez el Campeonato Argentino de Profesionales.
En los últimos tiempos, Fidel seguía mostrando su entusiasmo y su pasión por este deporte, y no dudaba en aportar su figura en cualquier evento al que lo convocaran para pegar alguno de sus golpes. Su presencia se extrañará en los campos argentinos, pero su nombre y su recuerdo seguramente se harán permanentes en la galería de leyendas argentinas.


