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A 80 días del debut de la Argentina ante Nigeria en el Mundial 2002, la actualidad de Gabriel Batistuta y Hernán Crespo dista del esplendor que supieron conocer en otros momentos en el masacrante calcio italiano. Los dos centroatacantes del seleccionado argentino comparten algunos pesares: un promedio de gol bastante más bajo que en temporadas precedentes, lesiones que les restaron continuidad y la insidiosa crítica de un medio que pone a prueba la resistencia psicológica de sus figuras.
Planteada la lucha en este último aspecto, tanto Bati como Crespo conocen la manera de salir adelante: son inteligentes, perseverantes y ambiciosos. Tanto que los dos se creen con derecho a llevar la camiseta N° 9 titular de la Argentina en Corea y Japón. Una competencia por el puesto que Marcelo Bielsa, desde hace tiempo, optó por evitar dentro del plantel, ya que si es citado uno, el otro queda al margen. Ambos no comparten una convocatoria desde junio de 2000; tiempo que medido en partidos suma 17. Para el amistoso del 27 del actual, ante Camerún, Crespo fue el elegido.
Mientras cada uno espera el Mundial para su realización personal pendiente, el presente en Italia los tiene con más de una preocupación. Vayamos por cada caso.
Salvo un brusco vuelco, el delantero de Reconquista va en camino de completar su temporada más pobre de las once que lleva en la Liga: hizo seis goles en 18 partidos; su piso se ubica en los torneos 91/92 -debut en Fiorentina- y 1996/97 -también en el club toscano-, con 13 tantos. Queda como una cifra inalcanzable los 20 (un penal) tantos con que contribuyó en la temporada anterior para el scudetto de Roma.
Esta sequía también tiene una relación directa con sus presencias espaciadas; estuvo en 18 de los 26 cotejos, con la agravante de que en varios de ellos fue reemplazado y en otros participó tras pasar por una experiencia desusada en él: el banco de los suplentes. Su flamante condición de hombre de relevo, detrás de Montella, levantó polvareda, porque a los repetidos problemas en la rodilla derecha se sumó su fastidio. De todas maneras, Bati negó que el domingo último se haya negado a ir al banco ante Lazio.
"No estaba en condiciones de jugar; llegué a un acuerdo con el técnico (Capello) para entrenarme en la concentración de Trigoria, pues existía el riesgo de que la lesión en la rodilla se agravara", aclaró.
La tendinitis rotuliana derecha ya perturbó seriamente al atacante en la última temporada, pero ahora, a los 33 años, le agregó una declinación deportiva. Y eso es lo que lo pone mal. "No sufro por el hecho de no ser protagonista, sino porque no puedo ayudar como quisiera al equipo", dijo Batistuta, cuya estadística en la Liga de Campeones también decepciona: ningún gol en once partidos.
Este último incidente habría colmado la paciencia de Crespo, que estaría dispuesto a rechazar la prolongación de su millonario contrato -vence en 2005- para buscar nuevos horizontes. El delantero está molesto porque el plantel se debilitó con las ventas de Verón y Nedved, y no se clasificará para las copas europeas. Siempre se planteó desafíos superiores para su carrera; lo hizo cuando le exigió a River que lo vendieran a Parma, entidad de mediano prestigio en la que descolló para que un grande de Roma pagara US$ 54.000.000 por su pase en 2000. Una lesión en la cadera y reiteradas fatigas musculares llevaron a la gente de Lazio a acusarlo de que padecía "mundialitis", es decir, síntoma de prevención ante la inminencia de Corea y Japón. Pero Crespo padece la peor de las desmotivaciones: jugar en un equipo que no pelea por nada grande.
ROMA (DPA).- Además del mal momento futbolístico, Gabriel Batistuta tuvo ayer una reacción violenta que perjudica aún más su imagen. Al término del partido Roma-Galatasaray, jugadores de ambos equipos se trenzaron en una pelea a puñetazos. Por la televisión se vio al argentino aplicar un gancho ascendente. "Lamento el mal ejemplo dado al final. El encuentro fue duro. Me provocaron todo el partido, pero está claro que me equivoqué al defenderme adelante de las cámaras", dijo Batistuta, protagonista en los últimos días de un aviso publicitario por TV, en el que aparece vestido de monja para promocionar una compañía de teléfonos.


