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IWAKI.– Pablito Aimar, el habilidoso volante de la selección, confesó que en el debut, al mirar la tribuna llena de japoneses con camisetas argentinas, se sintió como en casa. Es cierto que había muchos, pero con el correr de los días se puede apreciar que hay también gran número de hijos del imperio del Sol en todos los encuentros, así jueguen España, México, Italia o Eslovenia.
Quisiéramos creer que la afinidad con la celeste y blanca es más fuerte, pero nos enferman los celos cuando vemos que los japoneses también bailan al ritmo brasileño, por no citar más que un ejemplo. Se los ve con la bandera de Camerún pintada en las mejillas, con altos gorros de cuatro puntas, como de bufón, y con pelucas encrespadas con los colores de Alemania, de Ecuador y de Nigeria y, lo más irritante a pocas horas del día D, también subidos a las naves inglesas.
Por supuesto, la cosa cambia cuando juega el equipo local. Sólo algún despistado sin remedio -como el joven Zenko, divisado cuando paseaba con mirada perdida por el centro de esta tranquila ciudad- se animó hoy a vestirse de rojo y a ponerse una gorra amarilla, uniforme que identifica a Bélgica. Pero fue una excepción que duró poco: en el momento en que comenzaba el partido, Zenko desapareció del escenario público y todavía se desconoce su paradero.
Esto, se da por descontado, es natural, aunque pueda haber terminado violentamente. Lo raro es lo otro. Pensándolo bien, ¿qué argentino se tomaría la molestia de ir a comprar témpera verde y de colorearse con ella para alentar a Irlanda? ¿Quiénes aprenderían de memoria la alineación del conjunto sudafricano? ¿Qué opinarían nuestros compatriotas, siempre tan suspicaces, al ver pasar una barra de número crecido cantando “Vamos, vamos, Guatemala”?
Hemos tenido la oportunidad de mirar a estos hinchas por interpósita persona, por llamarlos de alguna manera, bien de cerca, y no nos parecieron parte de un decorado ni gente apalabrada por la organización para darle al Mundial un matiz de cordialidad y delicadeza. Se los veía, en cambio, entregados a su papel, convencidos y hasta orgullosos de su flamante identidad, como quien muestra su auto nuevo por el placer de darle envidia a los vecinos.
Taichi Sakaiya, economista e intelectual de gran fama por sus observaciones sobre el carácter del pueblo japonés, adjudica a una cuestión de status esta pasión por hacerse dueños de las mejores cosas que vienen de afuera, desde ropa francesa hasta costosas piezas de porcelana Wedgwood. Dice Sakaiya que en el momento en que el poderío económico japonés llegó a su techo, a fines de la década del 80, la firma de carteras Louis Vuitton exportaba a este país más de un tercio de su vastísima producción.
Pero llega un momento en que los bienes materiales no alcanzan, sobre todo porque los japoneses aprenden a producirlos con superior nivel de calidad en poco tiempo. Entonces comienzan a importar gustos y costumbres, lo que induce a los orientalistas a preguntarse cuánto quedará de la cultura original dentro de poco tiempo.
Parece muy posible que ésta sea una buena explicación para que los fans suspiren por los goles que vienen de otras partes. Sobre todo porque, por lo que se ve en el campo de juego, ese don milenario de asimilarlo, copiarlo y mejorarlo todo aún no ha llegado al fútbol. Quienes tienen los medios para aspirar a lo mejor no quieren conformarse con menos. Ceñirse a las limitaciones del seleccionado local resulta en todo caso, para ellos, una injusta condena.



