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Hay varios preconceptos de los que los árbitros no pueden salir. El fútbol los ha puesto en una situación incómoda. En realidad, es la misma ubicación que tienen en esta sociedad los que intentan imponer justicia, un concepto tan menospreciado en tiempos de eternas sospechas y trampas.
En este sentido, es bueno resaltar que el desenlace del torneo Final propone varios escenarios en los que se podría dudar de la honestidad de los árbitros. Y, sin embargo, tal como sucedió en la gran parte del certamen, el referato argentino ha salido bien parado en un fútbol donde sobra todo menos el sentido común.
A veces lo que le falta es ayudar a los árbitros desde afuera. Disminuir la histeria de jugadores, dirigentes y técnicos (como ayer los de Lanús). Avanzar en la tecnología. Y flexibilizar un reglamento rígido en pavadas. Ponemos un ejemplo insólito. El sábado, en un partido del ascenso español entre Girona y el Real Madrid Castilla, el jugador Llorente cayó al piso y empezó a convulsionar. El médico Julio de la Morena Garzón entró en el campo sin permiso para atenderlo de inmediato pese a no tener la autorización del referí, y tras discutir con el cuarto árbitro. El facultativo logró salvarle la vida al futbolista, y luego fue expulsado por el juez Muñoz Mayordomo, que en su informe escribió: "Por dirigirse al cuarto árbitro a los gritos y decirle ?para el puto partido'. Seguidamente entró al terreno de juego sin mi autorización, estando el balón en juego".
Está claro: el fútbol es el que les hace la vida imposible a los árbitros. Y no al revés...



