

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.

A los 13 años, ayudaba a su padre, Rodolfo, a picar paredes. Después, repartió leche y también estuvo al frente de la verdulería de un primo. "Jugaba al baby en el Doque y sólo tenía un par de zapatillas. Un día, cuando ya estaban muy agujereadas, le pregunté a mi viejo si me podía comprar otras. Y me explicó que no, que no podía. Me fui a la escuela y, cuando volví, estaban cosidas a mano con hilo de tanza. En mi infancia de privaciones aprendí a disfrutar de todo por chiquito que fuera", recuerda este hombre que soñó con ser abogado. Pero el destino quiso que Javier Zanetti fuera futbolista. Creció entre las dificultades económicas de Dock Sud y hoy, con 33 años, vive junto al lago de Como, en la localidad italiana de Moltrasio, a cinco kilómetros de la frontera con Suiza. Se marchó en junio de 1995, pero viaja con frecuencia y vive pendiente de su país, de esa Argentina extraña, sensible, a veces inexplicable, que lo apasiona en la charla telefónica con LA NACION.
-Cuando venís a la Argentina, ¿cuál es la primera sensación que tenés?
-De que todo sigue igual, de que el pueblo argentino ya no cree más en nadie. Cuando voy a la Argentina veo desesperación y desesperanza. La gente vive acelerada, a mil; inquieta porque no le alcanza la plata, o con miedo por la inseguridad. La gente ya no disfruta... Advierto resignación, y eso creo que es lo peor que le puede pasar a un país: que su gente conviva naturalmente con que las cosas ya no tienen solución. Faltan insumos en los hospitales; la educación pública se deteriora; la corrupción no encuentra condena; las calles son propiedad de manifestantes a los que no les importa la libertad de los demás... Bueno... La gente ya lo asimila con tristeza, con impotencia, porque años y años de inoperancia la convencieron de que ya no se puede hacer más nada. Como si estuviese escrito.
-¿Qué no soportás?
-La falsedad. Uno siempre tiene que ser uno mismo; jamás cambiar por las circunstancias que le toquen vivir. Realmente soy un tipo al que le gustan las cosas simples; soy feliz con poco.
-Bueno, pero decirlo desde tu comodidad económica es más fácil...
-Soy un privilegiado porque el dinero que mueve mi profesión me permite vivir otra realidad, lo sé, pero eso no me llevó a desconocer mi pasado. Tal vez alguien no me crea, pero yo sé lo que en la Argentina cuesta ganarse un mango.
-¿Sentís que la Fundación Pupi que dirigís es un buen termómetro de la realidad social?
-La Fundación no deja que me olvide ni un día de mi vida de una porción importante de la realidad de nuestro país. Es una muestra de una verdad que no podemos esconder. Desde que la creamos, la Fundación no ha parado de crecer, y eso no es bueno porque señala que las necesidades van en alza. Comenzamos hace cinco años con 39 chicos y ya tenemos 120, pero además, como ahora también trabajamos con todo el grupo familiar, son 700 las personas que reciben asistencia. No podemos satisfacer a todos los que tienen necesidades, pero al menos con ayudar a alguien nos sentimos contentos.
-¿Cuáles son las principales carencias con las que llegan los chicos?
-De todo tipo: alimenticias, educativas, psicológicas... Padres golpeadores; padres que han desaparecido de sus vidas; padres que se drogan; padres que, en lugar de mandarlos al colegio, los mandan a pedir o, directamente, a robar. Hasta que llegan a la Fundación no conocen otra realidad que no sea ésa, que sólo les habla de marginación. Nunca me voy a olvidar de ese primer día que...
-¿Qué pasó?
-Fue el primer día que funcionó la Fundación, con los primeros chicos... Cuando llegó el momento de bañarlos, ¡no sabés el miedo que le tenían al agua! La ducha era algo desconocido; se abrazaban a las maestras; estaban aterrorizados. Hubo que educarlos en ese aspecto, incorporarles la cultura de la higiene... Te conmovía hasta los lágrimas.
-¿No temés que un día las condiciones del país te obliguen a no poder mantenerla?
-A los argentinos no les puedo pedir nada, pero tengo la suerte de vivir en Italia, donde son muy sensibles a la solidaridad, y mientras pueda tener ese aporte creo que todo irá bien. Nada me va a desanimar; nunca voy a bajar los brazos. Si hubiese esperado las mejores condiciones del país para abrirla, ¿cuándo hubiera sido ese momento?
-¿Te encontraste con trabas?
-Y... a veces cuesta... Para abrir la Fundación, me debatí entre una burocracia terrible... Me acuerdo de que traje una caja con 40 pares de zapatillas, todo legal, todo declarado para la Fundación, y me lo retuvieron en la Aduana no sé cuánto tiempo. ¿Para qué iba a traer las zapatillas? ¿Para venderlas, para hacer un negocio?
-¿Te interesa la política?
-No, para nada.
-Y si un día aparece un político de Lanús, donde funciona la Fundación, y te ofrece un cargo: ser concejal, por ejemplo...
-No; conmigo eso no va. Lo invito a que se vuelva por donde vino. Con la Fundación, podemos apoyar algún proyecto gubernamental, alentar alguna campaña nacional, pero no más que eso. No queremos mezclar las cosas. Conmigo no va que se me acerque un político para la fotito y que después no lo veamos nunca más.
-¿Votás en Italia cuando son las elecciones en la Argentina?
-A veces, sí; otras, no... Es complicado porque hay que ir a la embajada ese domingo, y generalmente yo estoy jugando. Por ejemplo, en las últimas para presidente, me acuerdo de que jugábamos como visitantes.
-¿Creés que falta sensibilidad en la clase dirigente argentina?
-Creo que sí; a veces les falta sensibilidad a los que gobiernan. Hace casi 12 años que vivo en Italia y noto que acá los líderes se conmueven más ante la necesidad. Si le tengo que pedir una taza de azúcar a la vecina de la Fundación, seguro que la señora me da hasta lo que no tiene; ahora, si se lo pido a alguien con algún poder, empiezan las vueltas.
-¿Cómo nos ven en Italia? ¿Qué saben de la Argentina?
-Las malas noticias siempre están motorizadas porque las peores cosas son las que llegan. En 2001, la TV emitía especiales sobre los saqueos en los supermercados, el corralito por los bancos, los casos de desnutrición en Tucumán... Cuando se desborda lo social, el país se vuelve inmanejable. Como el tema de los piqueteros que cortan calles, imágenes que también se han difundido. Más acá se pudo ver al tipo ese que apareció a los tiros en el traslado de los restos de Perón... Con Francesco Toldo, el arquero, siempre nos quedamos de sobremesa conversando y él no puede entender cómo un país tan rico como el nuestro tiene, por ejemplo, problemas de desnutrición infantil... La verdad: es difícil explicar a una Argentina contradictoria.
-¿Qué conductas de Italia aplicarías de inmediato en la Argentina?
-Acá existe una noción muy fuerte sobre la necesidad de educar a la gente. Creo que ahí está la raíz de todo. La gente cumple las normas y está en regla; primero, por convicción, porque siente que es la manera de proceder, pero además, si se equivoca, sabe que aquí la imprudencia o las avivadas se castigan. No hay posibilidad de arreglo si te equivocás; acá no zafás como en la Argentina. En la sociedad argentina pasan cosas imperdonables que sólo sirven para alimentar la impunidad de muchos y la sensación de que nunca nada va a cambiar. El ex capitán nerazzurro Giuseppe Bergomi, con el que Zanetti hace algunos años financió la construcción de viviendas para madres solteras y hogares para abuelos, le incentivó a Pupi su costado solidario. Bergomi es el hombre que más partidos jugó en Inter: 758. Beppe hoy tiene 44 años y fue compañero de Zanetti entre 1995 y 1999, año de su retiro.El espíritu solidario de Bergomi
"En las prácticas de Inter, en Appiano Gentile, muchas veces aparecen argentinos que están dando vueltas por Europa buscando alguna oportunidad que la Argentina no les dio. La mayoría son chicos de 20 o 25 años que se vinieron detrás de una alternativa de crecimiento. Cuando en enero de 2003 decidimos con David (por Nelson Vivas) y con el Guly (por Andrés Guglielminpietro) abrir en Milan el restaurante El Gaucho, resolvimos darles prioridad a los argentinos para ofrecerles empleo. Hoy todo nuestro personal, 10 muchachos, son argentinos", relató Zanetti.
"Acá, en Europa, a veces son un poco desconfiados. Cuando un extranjero busca trabajo, primero lo tienen a prueba, lo estudian. Las empresas tienen tanto poder adquisitivo que pueden contratar al personal más capacitado. El salario no es un impedimento, entonces, para inclinar la balanza. Frente a un cupo laboral prefieren la calidad humana, por los valores con los que se maneja cada persona. Y ahí la educación, un punto débil del argentino, puede hacer la diferencia para conseguir o no trabajo", explicó Zanetti.

