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LA PLATA.- Diego Simeone vislumbró el mal trago desde el instante en que dejó Estudiantes y se fue a River, allá por diciembre último. Tal vez en los momentos en que todavía lo fastidiaba un dilema anotó esa acechanza en la columna de desventajas. Un día revisó el fixture del Clausura y supo que la quinta fecha lo obligaría a ponerles cuerpo y cara a los reproches de los hinchas platenses, porque se sabe que en el fútbol el rencor es una fuerza poderosa, y la memoria, para casos así, es implacable.
Lo que seguramente no entró en las conjeturas del técnico de River fue el contenido de la reprimenda. Supuso que el contacto mano a mano con la gente de Estudiantes no le presentaría una hostilidad tan dura, pero tenía asumido que la manifestación masiva sería unánimemente agresiva, o casi. Y así fue, pero con un eje más personal, seguramente elegido con la intención de que el castigo fuera más descarnado y en parte, también, porque el ambiente de cancha echa mano con gusto de la broma corrosiva. Mayoritariamente, los hinchas le enrostraron una circunstancia familiar más que reprenderlo por aquel alejamiento, que tomaron sin rodeos como una traición. Es cierto que abundaron las alusiones a su opción por River con simbología variada: gente en la tribuna con billetes, un gran signo pesos en tergopol amarillo flúo, una enorme bandera atravesada con la palabra "traidor", bien grande. Pero la mofa general prefirió mayoritariamente otro epíteto, el de corn... , apoyado con cotillón abundante y variado.
Simeone se pertrechó en una expresión imperturbable. Entró en la cancha erguido, serio, callado. Apenas pisó el césped se topó con el primer paso de comedia que le tenían preparado: un tal Juan Carlos, hincha de Estudiantes conocido como Shemp -por el personaje de Los Tres Chiflados -, cuya indeseable fama sostiene, según dicen, que le infunde mala suerte a quien se le acerque, lo abrazó y le dio charla. El Cholo no sólo la ignoró, sino que buscó ahuyentar el potencial riesgo con otros recursos: una mano fue directa a su entrepierna. Una trampa de la mente lo indujo a un fallido: Simeone encaró hacia el banco local; cuando lo advirtió cambió el rumbo de golpe.
Aislados, débiles, a los escasísimos focos de aplausos los desbordaba la rechifla masiva. También en las expresiones gráficas el apoyo a Simeone perdió por amplio margen: "Gracias eternas, Cholo" y "Gracias por el campeonato" fueron de los poquísimos carteles que se registraron en su favor, arrasados por la ola de repudio: "Cholo, la traición se paga" ; "Cholo, mentiroso" , eran algunas de las formas del rezongo. Con una excitación digna de mejor causa, algunos plateístas locales corrieron a la baranda para insultarlo.
El plan de hostigamiento tenía otro flanco. La gente se esforzó por exacerbar sus pruebas de afecto hacia Verón; el contraste flagrante quería remarcar su enojo con el técnico infiel . En la presencia de la Brujita, por otra parte, estaba otro de los asuntos pendientes para Simeone, por lo menos desde la observación mediática. No hubo contacto del DT con sus ex dirigidos sino hasta el final del primer tiempo. En su camino hacia el vestuario se saludó con Maggiolo y con Andújar; al regreso, siempre al pasar, lo hizo con Piatti, Benítez, Lugüercio, Angeleri y justamente Verón, que retrocedió algunos pasos para provocar el encuentro. Allí sí se permitió una sonrisa. Nelson Vivas, su ayudante, ocultó su boca de las cámaras de TV cuando saludó a la Brujita. Después, Verón le restó trascendencia al reencuentro: "Fue algo normal... Ni una declaración de amor ni nada de eso. Normal". Una camiseta pincharrata le llegó como regalo al DT de parte de los jugadores, según contó él mismo.
Sólo Simeone sabe si el precio que pagó ayer en La Plata le servirá a modo de purga íntima para alejar ciertos fantasmas y encarar lo que sigue en su trabajo, por cierto muy complejo, con la mochila más liviana.



