Más allá de Zárate: los mayores desamores de la historia del fútbol argentino

Matías Baldo
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18 de mayo de 2019  • 01:40

La de Mauro Zárate y Vélez no es la primera historia de desamor del fútbol argentino. Antes ídolo, hoy enemigo público, el delantero de Boca protagonizó una novela que duró 180 minutos dentro de la cancha. Hostigado en la ida por los hinchas que antes lo amaban, ovacionado en la vuelta por los fanáticos que lo recibieron con los brazos abiertos, celebró con furia el gol de penal y la clasificación Xeneize a las semifinales de la Copa de la Superliga. De un lado y del otro, una única verdad: el romance entre Zárate y el Fortín es cosa del pasado. ¿Habrá amnistía algún día? El perdón es poco probable, pero el desenlace de cada historia es particular.

Tal vez sea el caso más resonante por la perpetuidad del odio de los hinchas de Boca hacia Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri, a tal punto que incluso nuevas generaciones han demostrado su indignación cuando Gareca aparece dentro de los candidatos a dirigir al conjunto azul y oro cada vez que un técnico se marcha de La Bombonera. Porque si la pasión es hereditaria, los enojos también.

Era 1984 y Boca estaba sumido en una profunda crisis económica. Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri eran dos jóvenes prospectos que ilusionaban a los hinchas, las figuras de un plantel que contaba con Hugo Orlando Gatti como estrella. Ruggeri incluso había sido campeón en 1981 junto a Diego Armando Maradona. En una delicada situación financiera, época de sueldos atrasados y camisetas pintadas, ambos habían finalizado su contrato y, apuntalados por Guillermo Coppola, reclamaban su pase libre tras jugar por el 20% del contrato. Tras una huelga de Futbolistas Agremiados, ambos consiguieron irse de Boca rumbo a River.

"Estuvimos dos años sin contrato en Boca. No nos daban la libertad. Tuve muchos inconvenientes cuando pasé a River. Íbamos por la calle y la gente estaba media agresiva. Además de los hinchas de Boca, los demás hinchas también porque lo tenían como una traición. Era el peor momento de Boca, ocho meses sin cobrar. Yo me fui a Colombia y Ruggeri se quedó, pero a Ruggeri le quemaron la casa", recordó tiempo después Gareca.

A Ruggeri, posteriormente campeón de la Copa Libertadores y de la Intercontinental en 1986, le prendieron fuego su casa con sus padres adentro: "Fue a las tres de la mañana, los vecinos se despertaron y fueron a apagar desde afuera porque mis padres no podían salir de la casa", recordó el central campeón del mundo con Argentina que también sufrió una recordada patada de Roberto Pasucci en un clásico.

"Los últimos partidos los teníamos que jugar sí o sí, porque estábamos por el 20%. Para quedar libres teníamos que jugar los partidos y nos llevaba la policía a jugar los partidos. En Boca ya sabían que nos íbamos, nos ponían banderas. 'Gareca tiene cáncer'. Venía Gareca corriendo a preguntarme por qué a mí no me ponían banderas y yo le decía 'porque a vos te quieren más'", contó también Ruggeri.

Gareca y Ruggeri cruzaron de vereda, los primeros en irse de Boca a River. En sentido opuesto viajaron Carlos Tapia y Julio Olarticoechea, figuras de Boca y campeones del Mundo en México 1986.

A Claudio Marangoni le tocó sufrir el escarnio de los hinchas de Independiente. Un cinco elegante que se consolidó como socio ideal de Ricardo Bochini en el equipo campeón de América y del Mundo en 1984. Referente del Rojo y lejos de tener una buena relación con el técnico Jorge Solari, Marangoni presionó para ser vendido a Boca junto a un José Pastoriza que se mudó a La Bombonera para dirigir al Xeneize.

El enojo de los hinchas fue automático. "Peor hubiera sido la indiferencia. Creo que me putearon tanto que se notaba que me querían mucho", reflexionó años después el propio Marangoni, quien dos años después de su debut en Boca anunció su retiro y siguió sufriendo el repudio de los hinchas incluso cuando en 1991 participó del partido homenaje a Bochini.

Avellaneda fue escenario de una de las demostraciones de enojo más violentas en 1988 cuando Miguel Ángel Ludueña, mediocampista cordobés que había jugado a préstamo en Racing, pasó a Independiente. Tras su decisión de vestir la camiseta del Rojo, le balearon el auto.

A mediados de 1998, Diego Latorre pasó de Boca a Racing, dada la buena relación entre los presidentes Mauricio Macri y Daniel Lalín. Gambetita, pese a que tenía una cláusula en el contrato, jugó en el empate 1-1 del Apertura y después le hizo un gol a Boca en un amistoso de verano en Mar del Plata (1999) y lo festejó tapándose la nariz.

Darío Cabrol conmovió a Santa Fe. Surgido de Unión de Santa Fe, pasó por Racing Club y Lanús antes de regresar al Tatengue para ganar la promoción de la B Nacional y fue una pieza fundamental para regresar a Primera División. Después de cuatro temporadas, se marchó al Toulouse francés pero, tras salir desde el banco durante gran parte del campeonato, regresó a Colón.

"No estoy enojado, estoy dolido por esa situación que viví en el 2000, donde no me quisieron y me dolió porque era hincha y por lo que dejé en Unión. Tuve la decisión de pasar a Colón que siempre me la cuestionaron, pero no estoy enojado con el club, sino fastidioso que me pongo a pensar de por qué hice eso y fue porque estaba enojado y decidí jugar en el otro equipo de la ciudad. Ahora estoy arrepentido ya que lo hice más desde el enojo que de las ganas de ir a Colón, luego en Colón jugué como un profesional más", asumió tiempo después. En la memoria quedó la respuesta de un nene que en "Agrandadytos" resumió el sentimiento de los hinchas: "Es un pechofrío. ¿A quién le ganaste, Cabrol?".

"Ver eso fue una locura", confesó hace poco Cabrol en un reencuentro televisivo en TyC Sports en el que aquel nene le pidió perdón 20 años después. "Ya pasó, fue hace mucho tiempo. Te pido disculpas a vos Cabrol y a tu mamá, era chico y no sabía lo que decía. Estaba influenciado por la época, por lo que pasaba en ese momento, al principio repetía cosas que decía mi papá", le explicó Nicolás, ayer nene y hoy adulto.

Gabriel Cedrés es otro de los nombres propios protagonistas de esta historia. Después de ser campeón de América con River en 1996, el uruguayo anunció su partida a Boca. Un mes después de su aterrizaje en La Boca, marcó un gol en el Superclásico del Apertura 1996 y lo celebró con furia de cara a Ramón Díaz. En el torneo siguiente repetiría frente al Millonario en el 3-3 en el Monumental.

Fuente: LA NACION

Cedrés justificó su transferencia por la tentación de integrar un plantel bajo las órdenes de Carlos Bilardo, con Diego Maradona y Claudio Paul Caniggia como compañeros. Sin embargo, los rumores de una pelea con Ramón Díaz fueron un secreto a voces que nadie jamás confirmó. "En Boca te aplauden por barrer, en River por tirar un caño", declaró el uruguayo tiempo después.

Sergio Berti recorrió el camino inverso: irrumpió como una joven esperanza en Boca pero sin lugar y enemistado con varios compañeros se marchó a Núñez para vestir la camiseta de River, en donde encontró su lugar en el mundo: ganó seis títulos locales y una Copa Libertadores. Juan José López también protagonizó una inesperada "traición".

Integrante de aquel equipo memorable de los setenta con Mostaza Merlo y el Beto Alonso, se fue a Talleres en 1982 por un conflicto con la dirigencia del Millonario. Un año después, firmó con Boca y despertó el enojo de los hinchas de riverplatenses, que después lo perdonaron aunque la historia no tuvo final feliz: regresó al club y fue el técnico del equipo que descendió a la B Nacional.

Néstor Clausen debutó en Independiente y defendió su camiseta durante ocho años. Campeón de la Libertadores y la Intercontinental en 1984, se marchó al Sion suizo en 1989. Cinco años después, regresó a la Argentina pero cruzó de vereda para jugar en Racing para el resquemor de los hinchas del Rojo que después lo recibieron con los brazos abiertos como jugador primero y como entrenador después.

Fuente: AFP

Más acá en el tiempo, y aunque no se trató de un traspaso, Ramón Díaz fue protagonista de una noche de desamores cuando en la Copa Libertadores 2008 celebró los goles de Gonzalo Bergessio para la hazaña de San Lorenzo en el Monumental en los octavos de final. Andrés D'Alessandro integraba aquel equipo del milagro que luego cayó por penales en cuartos frente a Liga de Quito. Pese al enojo momentáneo, tanto Ramón como D'Alessandro volvieron a Núñez y fueron campeones con River.

También fue víctima Federico Insúa, campeón con Independiente en 2002. Tras cinco años en Argentinos Juniors, vistió la camiseta del Rojo en 2002 y rápidamente se ganó el cariño de los hinchas. Después de un breve paso por el Málaga español, fue repatriado por el Rojo y aseguró: "No voy a jugar en otro club en Argentina que no sea en Independiente". Un año después firmó con Boca y se convirtió en un insustituible en el once de memoria de Alfio Basile.

Cuando en 2006 se fue al Borussia Mönchengladbach alemán, en un encuentro frente al Stuttgart apareció una bandera en la tribuna: "IN$UA TRAIDOR EL ROJO NO PERDONA". La amnistía tardó casi una década pero cuando el Pocho regresó a Independiente para sacarlo de la B Nacional, todo quedó perdonado.

José Sand, uno de los grandes ídolos de la historia de Lanús, encontró en Banfield un lugar donde proyectar su figura después de que River prácticamente no lo tuviera en cuenta pese a su buen rendimiento en Defensores de Belgrano. El correntino se ganó el cariño de los hinchas del Taladro a fuerza de goles pese a su cruce con Julio César Falcioni, a quien definió como el peor técnico de su vida en una entrevista con LA NACION.

Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo

Tras su etapa en Banfield, y un breve segundo paso por Colón, desembarcó en Lanús y empezó a construir la idolatría que alimentó durante sus tres etapas en el club. Pepe conquistó cuatro títulos con el Granate y alcanzó la final de la Copa Libertadores en 2017 siendo el máximo goleador de aquel torneo.

Una situación similar vivió Santiago Silva, quien fue campeón del Torneo Apertura 2009 con Banfield y después conquistó la Copa Sudamericana en 2013 con Lanús. El delantero uruguayo también estuvo entre ceja y ceja de los hinchas de Vélez, tras su regreso al país desde la Fiorentina para jugar en el Boca de Falcioni, aunque el reproche y el odio no alcanzó la magnitud de Zárate, un nombre más en una lista de grandes desamores del fútbol argentino.

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