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Los puntos de encuentro se multiplicaron en el día después de la obtención de Estudiantes de la Copa Libertadores. El trayecto Ezeiza-La Plata no quedó ajeno a la conquista del Pincha. La razón quedó del lado de los que afirman que la pasión por El León supera los límites de la ciudad de las diagonales. A lo largo de la multitudinaria caravana de recibimiento a los nuevos conquistadores de América, banderas de color rojo y blanco se hicieron eco de lo ocurrido en Belo Horizonte y la pirotecnia y el dale campeón fue la música más escuchada.
Desde temprano, el aeropuerto internacional de Ezeiza se tiñó con los colores del Pincha. En el calendario de los hinchas de Estudiantes, las 14 era la hora señalada. Por eso, desde las ocho de la mañana el hall de entrada de la estación aérea se pobló de fanáticos en vigilia por sus ídolos. Blandían bufandas y camisetas, tocaban el bombo, mostraban un león gigante y reverenciaban a Juan Sebastián Verón. Al grito de "¡Dale campeón!" se organizaban en grupos a la espera de que el chárter de Aerolíneas Argentinas que transportaba al plantel tocara tierra.
Las dos horas de demora no aplacó el ánimo de los fanáticos. Todo lo contrario, debe haber sido la espera más gozada en la vida de unos 5000 simpatizantes. Cuando el avión que traía a la delegación tocó tierra argentina había tres kilómetros de autos estacionados en la entrada del aeropuerto. El hall de arribos explotaba y comenzaban a oírse los primeros petardos. Desde el cielo, un helicóptero de la Policía Bonaerense controlaba todo.
A las 16, el ómnibus descapotable de Flecha Bus puso primera rumbo a la ciudad de las diagonales. Ahí estaban las gargantas pincharratas desgañitadas de tanto aliento. Las 4000 que vieron la hazaña en persona, en la inmensidad del Mineirao. Y también las que sufrieron por televisión. Estaba el presidente Rubén Filipas, mimetizado detrás de un turbante, anticipándose al Mundial de Clubes que se disputará en Dubai y para el que Estudiantes se clasificó por ser campeón de América. Estaba toda la familia platense. Estaba Ramón, el hincha que casi se deja las cuerdas vocales en un grito que le salió del alma: "¡Vamos, Estudiantes de mi vida!". Estaban los chicos y también los que peinan canas. Estaba José Luis, ufanado por demás: "Esto no me extraña. Tenemos la mejor hinchada de la ciudad". Estaban los que se acordaban de Lionel Messi y su Barcelona, campeones de todo en Europa y futuros rivales.
Los hinchas levantaban los brazos y agradecían a sus jugadores por un título más. Los futbolistas hacían un esfuerzo por olvidarse del trajín. La noche de la consagración fue la más larga de todas; muchos de ellos, incluso, no pudieron dormir. Pero ahí estaba el emblema, Verón, con la camiseta que rezaba "El Pincha manda" en el frente y el croquis del continente americano en la parte de atrás. Estaba la "Gata" Fernández, improvisado percusionista. Estaba el goleador Mauro Boselli, con la tarjeta de crédito gigante que lo acreditaba como el máximo artillero del torneo. Estaban los que se disfrazaron de león, los que portaban camisetas ya desgastadas y corroídas por el paso del tiempo. Estaban todos.
Hits como "¡Y sí señores, yo soy del Pincha; y sí señores, de corazón!", o "Lobo, no rompas las p…, la Copa es del Pincha, se mira y no se toca" acompañaron el paso del ómnibus sin techo. El frente del vehículo llevaba una bandera del Mineiro, la contra del Cruzeiro, cuyos hinchas se mimetizaron con los de Estudiantes en el Mineirao y les regalaron la insignia.
La llegada de la delegación dio para todo. Los mismos empleados de la Policía de Seguridad Aeronáutica dejaron por un instante sus tareas para pispear el festejo del pueblo Pincha. Cuando el micro con los jugadores abandonó a paso de hombre la estación aérea, cuatro hinchas se atrevieron a lo impensado: izaron la bandera roja y blanca justo debajo de la bandera nacional. Orgullosos de su proeza, pusieron rumbo al festejo loco en La Plata.
La caravana avanzaba a ritmo lento, muy lento. Al ómnibus de los jugadores lo rodeaba un enjambre de autos que pugnaba por acercarse a los ídolos, que seguían de fiesta. Salir de la estación aérea fue un caos que se prolongó por casi dos horas. La peregrinación a La Plata recién aceleró su marcha cuando la noche se ceñía sobre Buenos Aires. Y decenas de miles de personas aguardaban en La Plata para seguir la fiesta.
Vibraba la Plaza Moreno, con la Catedral de fondo. Se abrazaban los hinchas, envueltos en banderas. Lloraban algunos que, aferrados a las ramas de los árboles, esperaban frente al Palacio Municipal por la salida de los campeones en el balcón... Las 50.000 almas pincharratas le ponen vida al cemento, en una tarde-noche única, irrepetible.
Con los campeones y la Copa al fin cerca, a las 23, el sentimiento del pueblo Pincha estuvo representado por la espontánea multitud y en esas gargantas intactas para continuar los festejos que comenzaron una noche antes en Belo Horizonte y continuaron en el frío platense, con el delirio de sumar una nueva estrella a la cosecha internacional. Verón tomó la palabra y disfónico le habló a la gente. "Esta Copa se las dedico a ustedes, que son el motor de este club". Después, el técnico Alejandro Sabella se despachó con la frase "la ciudad está en orden. Y parafraseando a otro político, me llevo en mis oidos la más maravillosa música, que es la palabra del pueblo". Con saltos, cantos, banderas y bombos, la fiesta de Estudiantes comenzó temprano y finalizó en el balcón del Palacio Municipal. Para gritar bien fuerte: ¡Campeón de América!


