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La infancia era algo más o menos así: un plato de comida de vez en cuando, picardías en la escuela en continuado, un balón debajo de la suela a modo de rutina y una pelota en la cabeza siempre. José, el Turu, saltaba de la cama, se cepillaba los dientes, tomaba la leche, abría la puerta y veía una cancha enorme para sus ojos de niño: el escenario de Estudiantes de Caseros, justo enfrente de casa. Un potrero adelante. Cruzaba la calle y dale con la pelota, todo el día, suerte de mariscal de campo. Zaguero alto y sofisticado, cabeza levantada, jamás de puntín y para arriba. José, el Turu, es Flores, aquel formidable delantero, el otro yo de Ricardo Gareca en cinco exitosos años, a días nomás de su bautismo como entrenador de Vélez. "No estoy asustado, me preparé toda la vida para esto", cuenta, relajado, a los 42 años, en un sillón de la inmensa Villa Olímpica.
Antes, mucho antes de ello, décadas atrás, empezó su historia. La pelota y el Turu. La recorre de principio a hoy, suerte de apasionada biografía. En primera persona. "Tuve una infancia muy linda. De familia trabajadora, humilde. Somos cinco, dos mujeres y dos varones, yo justo estoy en el medio. Fueron lindos años, vivía enfrente de la cancha; ahí había un potrero, las 24 horas eran fútbol y poco estudio (sonríe). Llegaba del colegio y me cruzaba al potrero, con muchos amigos", recuerda, embriagado de nostalgia.
El viejo, José, tenía una fábrica de sillas, suerte de pequeña tapicería, y después fue camionero, como alguno de sus tíos. La vieja, Elva, era ama de casa. Faltaban algunas cosas. El lujo estaba del otro lado de la General Paz. "Pero nunca faltó lo esencial. Yo la pasaba bien", acepta el protagonista en su diario íntimo. En él, se leen otros relatos. "Trabajé en el reparto de Georgalos; llevaba los turrones, los Mantecoles y me sacaba un par para el postre (se ríe) de todos los días. Tenía 14, 15 años. Me hice unas changas en esos años, hasta que salté a la tercera, ahí ya no lo pude hacer más", se divierte con el recuerdo.
La escuela era un pasatiempo en medio del fútbol, la pelota... No acabó la secundaria. La verdad, convivía con el peligro. ¡Qué no hizo! No duraba mucho en los colegios: se paseó por cuatro escuelas. "Era un poco travieso, me tuvieron que cambiar seguido", bromea, mientras le hace una gambeta a la memoria: "Fueron uno, dos, tres, cuatro...Sí, cuatro colegios", confirma, entre risas.
Fútbol hasta en las narices. De chico, de grande. Seguramente, de anciano. "Siempre tuve una pelota. Salía de mi casa y veía la cancha de Estudiantes, el potrero, los arcos, me prendía en todos los picados, todo el día respiraba fútbol. No pensaba en otra cosa que no fuera ser futbolista. Toda la familia es enferma del fútbol. Todos eran buenos, jugaban bien. El hermano de mi mamá estuvo en Ferro, en San Lorenzo...Mis hermanos jugaron en el ascenso, la vida era el potrero", exhibe su radiografía. La familia Flores, de ayer a hoy, monotemática: las charlas de sobremesa eran el sistema, la táctica y el pizarrón. Y el golazo que mostraba la televisión.
-Y ahora, sigue la dinastía: tus hijos también juegan.
-Thiago (18) y Bruno (17) juegan en el club, en la cuarta y quinta. Sí, una locura.
-¿Y cómo aguantan las mujeres de la familia?
-Es complicado. Ya son más de 20 años que estoy con Mara...Para las mujeres es difícil, porque el fútbol está presente siempre. Ellas son el sostén de la familia, cuando hubo viajes, los chicos pequeños siempre estuvieron. Para mí, se lleva bien cuando estás consolidado en la parte emocional.
El Turu no sólo se entretenía. Jugaba en serio. Algo más que por el pancho y la Coca. O algo así: "Todos venían a hablar con mi papá, que estaba laburando con las sillas, y me venían a ver. Yo te hago un ejemplo: quería una Coca, un pancho, lo que fuera y me pedían que hiciera algo con la pelota. Diez jueguitos, pegarle de zurda al travesaño y me daban lo que les pedía...no sé, ¡un choripán! Practicaba mucho y escuchaba a los grandes, que decían: "Qué bien que juega este pibe".
Y el pibe, el Turu Flores, la dejaba así de chiquita. ¿Como el delantero fantástico que fue? No: como un defensor elegante. "Todas las inferiores las hice como marcador central. Estaba en Estudiantes, me vieron de Vélez y me vinieron a buscar. Ni me probé, me metieron en la cancha directamente. Siempre atrás, desde los infantiles hasta la tercera, en la que jugué durante un año y medio de central. Era el capitán, me iba muy bien, pensá que yo tenía edad de séptima. Era mi posición. Hasta que cambiaron todos los técnicos de las inferiores. Héctor Bentrón me dijo que me quería ver más adelante, porque yo salía siempre jugando. Me veía cosas de atacante", apunta.
Hubiese sido un desperdicio: jugó de 5, actuó de diez, hasta que como atacante marcó muchos goles y no lo sacaron más. En 12 fechas había anotado 14 tantos. De ahí, el primer salto grande: a primera.
-Tu caso es extraño. Porque la rompías como zaguero.
-Es increíble, porque hice todo lo contrario de lo que hacen los demás, que con el tiempo se retrasan. Fue arriesgado, porque como central tenía más chances. Estaban el Patón Lucca y Coloccini en esa época y Basile como técnico. ¡Y yo de central! Tomé yo la decisión de cambiar, mi familia me decía que estaba loco. Y me mandé adelante.
-¿La calle fue tu mejor escuela?
-Yo fui un jugador de potrero. Y se dio todo lo que soñé.
-¿Cómo definirías tu carrera?
-No me puedo quejar. Estuve más de 15 años en primer nivel en el fútbol. No tuve tantas oportunidades en la selección, pude haber tenido más chances, pero no me quejo. Estoy feliz con lo que conseguí, fui goleador, salí campeón, jugué en Europa muchos años y salí campeón también. Más no puedo pedir. La selección, sí... no sé cómo me habría ido. Le hice un gol a Brasil, eso no me lo olvido más.
La vida sigue. Goles, amores, títulos y el fin de una era. Cinco años magníficos con Ricardo Gareca, siempre en Vélez, en su casa. "Me quedó mucho de Ricardo, mi experiencia como ayudante de campo fue buenísima. Me enseñó mucho, le copié varias cosas. Después, él me lo decía siempre, cada uno tiene su libreto. Un tipo leal, honesto, frontal con el jugador. Eso es lo mejor, porque es lo que le gusta al futbolista", se sincera Flores, en su retrato ideal.
-¿Qué no le copiarías? No creo que hayas coincidido en todo...
-Y... no sé. Dejarme el pelo largo, ya se lo debería cortar (carcajadas). No, en serio... Gareca es un espejo para mí.
-¿Qué equipo te imaginás? ¿Cuál sería el ideal, el que conociste en aquellos años, en la calle?
-Mi idea es que Vélez se me parezca. Quiero que Vélez tenga mi estilo, el del potrero. Ahora, la idea es continuar con la línea de Ricardo y agregarle cosas de a poco.
-Vélez ganó mucho últimamente. La gente se ha vuelto exitista. ¿Te presiona eso?
-Conozco perfectamente al club, a la gente, las exigencias que tiene Vélez hoy en día, que no son las mismas que antes. Estoy preparado, no estoy asustado, estoy ilusionado. Sé perfectamente en donde estoy parado.
Hasta acá, por ahora, escribe su historia. Tal vez, quede lo mejor, siempre con una pelota dando vueltas por su cabeza. "El fútbol puede ser ingrato, injusto, pero es tan lindo...", se confiesa. Casi un suspiro. Y el balón sigue rodando.
"Sí, es la mejor delantera. Tengo a los mejores delanteros del fútbol argentino." El Turu algo sabe del área adversaria. Y entiende que la fórmula Zárate-Pratto, más allá de las bajas sensibles ("entiendo perfectamente a Insúa y Cerro; lo único que les pedí, hasta último momento, es que tengan la cabeza puesta en Vélez"), será suficiente para el primer desafío. Será el viernes, contra Arsenal, en San Luis, a las 20.10, por la Supercopa argentina.


