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BERLIN.- Había ambiente de fiesta, aunque el mediodía berlinés parecía un presagio meteorológico del clima futbolístico en Yokohama: cielo plomizo y lluvias intermitentes. Los millones de alemanes que vibraron pegados a los televisores por la suerte del equipo de Rudi Völler terminaron con la ilusión hecha pedazos. Una imagen parecida a la que mostró tras el desenlace el arquero Olli Kahn -un ídolo pese al error que costó el primer gol- desconsolado bajo los tres palos.
Había una esperanza medida, reflejada en el título de tapa del matutino Berliner Morgenpost: "El último paso hacia la gloria".
Desde temprano, todo se tiñó de negro, rojo y amarillo. Hasta la puerta de Brandeburgo, cerrada por refacciones, fue cubierta con un dibujo que la reproduce fielmente, pero que en lugar de las tradicionales columnas tiene piernas de futbolistas con medias blancas y botines.
Los tres centros que tiene Berlín se vieron colmados de hinchas que vibraron frente a pantallas gigantes ubicadas en lugares estratégicos. Se vio de todo: caras pintadas, pelos teñidos, bufandas, posters, banderas y gorros, estos últimos vendidos copiosamente a un precio de cinco euros y un euro, respectivamente. También desde temprano se bebió alcohol generosamente. Escenas similares se vieron en Francfort, Munich. Hubo, además, algunos incidentes en Leipzig (12 detenidos y 7 heridos), luego del segundo gol de Ronaldo, con hinchas que agredieron a la policía local como particular desahogo.
El fabuloso complejo destinado a oficinas erigido en Potsdamerplatz fue uno de los puntos de encuentro en Berlín. En ese lugar, también conocido como Sony Center, se congregaron más de 2500 personas, lo que obligó a la policía a cerrar los accesos a las 11 (el partido comenzó a las 13 hora local).
En la plaza central del complejo, rodeada por los edificios diseñados por los arquitectos Renzo Prano y Araka Isozaki, y bajo la espectacular cúpula creada por Helmut Jahn, se ubicó una pantalla gigante que fue el imán de miles de jóvenes fanáticos.
Sobre el mediodía se estacionó en una de las calles adyacentes un camión que repartió en forma gratuita cerveza y panchos a la multitud, mientras los bares ya estaban a esas alturas colmado en su capacidad.
"Seguramente, tanto si ganamos o perdemos las calles van a estar atestadas; hay ganas de festejar y vino mucha gente de los alrededores", confió el taxista Hans Stanke. "A los alemanes nos gusta juntarnos para estos acontecimientos", anadió.
Luego vinieron los goles de Ronaldo, pero eso no fue obstáculo para que cientos de personas se congregaran en los puntos establecidos para festejar en caso de un triunfo: la Zoo Station, el Tier Garten -un parque gigantesco en una ciudad prodiga en árboles y espacios verdes- o en Kurfurstendamm, donde también se vieron, entre la marea negra, roja y amarilla, banderas brasileñas. Paradójicamente, el Tier Garten había sido el sábado el centro de las celebraciones de la inmensa comunidad turca de Berlín (más de dos millones los habitantes), que con sus automóviles embanderados hicieron oír sus bocinas sin cesar para festejar el tercer puesto.
Al final, a miles de kilómetros de aquí hubo batucada. Pero los alemanes, acostumbrados a las finales, ya piensan en la próxima. Será dentro de cuatro años, y en casa.
