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SAPPORO.– Bielsa dijo: “No creo que el rasgo sea defensivo”. Su rostro tenía la determinación de un general antes de la batalla, y la delicada elección de la palabra “rasgo” en absoluto le quitaba fuerza. A su manera, revelaba que la Argentina sólo piensa en ganar. Inglaterra, aunque no lo pensara, también necesita con urgencia una victoria, y estas dos voluntades similares y opuestas permiten pronosticar que el de hoy será un partido abierto. Contradictoriamente, se jugará en un estadio cerrado, al menos desde el punto de vista del techo, y con clima caliente en un lugar que si se caracteriza por algo es porque aquí las noches son frescas.
El Sapporo Dome levanta su lomo como una ballena a muy pocas cuadras del centro, y su ubicación le quita parte de ese encanto marciano que le dan las fotografías aéreas. Allí se encaminó después el técnico argentino, para comprobar junto a sus hombres, entre otros detalles secundarios, si la altura del bello monstruo japonés será suficiente para contener los remates de cañoneros como Gabriel Batistuta. Al respecto, todos se retiraron satisfechos.
Mientras dormían, un clima de expectativa ganaba las calles, no porque los tranquilos habitantes de esta ciudad de aspecto occidental hubieran alterado su ritmo, sino porque allá y acá se veían muchos extranjeros. Caminando por el centro de Sapporo vimos muchos ingleses. No hacía falta preguntarles su procedencia: el acento, la expresión de los ojos y, especialmente, las remeras con inscripciones de aliento a Inglaterra daban indicios de su lugar de nacimiento. Los había de diversos tipos y edades, desde jóvenes estudiantes de filosofía y caballeros atildados hasta robustos muchachones de músculos exageradamente trabajados, cabezas rapadas con odio y expresión que podría compararse con la de quien está peleado con el planeta Tierra.
Estuvieron también, frente al estadio, las chicas. Creemos que su conocimiento del deporte se reduce al impacto que causa en ellas la figura de David Beckham, a juzgar por los grititos con que lo saludaron cuando terminó el así llamado “reconocimiento del terreno de juego”, definición deficitaria en este caso, ya que nadie puede reconocer lo que jamás ha conocido.
A esta superioridad numérica que seguramente ostentarán los ingleses hay que añadir la presunción de que esta vez los japoneses se inclinarán por Inglaterra. Hasta que nuestros anfitriones no nos demuestren que están sin condiciones del lado nuestro deberemos calificarlos de hinchas veleidosos, sin que este juicio nos haga perder un ápice del cariño y de la admiración que desde siempre les tenemos.
En uno de los estadios levantados en esta ciudad con motivo de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1972 y por propuesta de un súbdito británico interesado en lograr que las relaciones entre los dos países recuperen sus mejores niveles, tuvo lugar un encuentro amistoso de fútbol entre hinchas argentinos e hinchas ingleses. Jugaron cinco contra cinco, y aunque el resultado es lo de menos, debemos consignarlo: ganaron los argentinos por penales, después de empatar uno a uno.
Todos desean que el mismo espíritu de confraternidad (y, ¿por qué no? el mismo resultado) impere en el partido de los profesionales. También apuestan por esa posibilidad los miles de uniformados de azul brilloso asignados para el operativo, pero mantienen una actitud atenta para el caso de que la amistad se acabe en el momento menos pensado.
Porque también, aunque son menos, se han dejado ver por aquí los argentinos. Somos testigos de que los hay, al menos, de tres categorías. La primera: residentes en Japón que han hecho el esfuerzo de desplazarse desde, por ejemplo, Tokio, para pagarse la cuota de pasión popular que se debían. La segunda: residentes argentinos en otras partes del mundo, especialmente en los Estados Unidos. Vimos a una familia tipo de esta categoría en el hotel Sheraton, donde descansa el equipo nacional: los padres hablaban entre ellos en castellano, y en inglés con los hijos. El mayor, un rubiecito de ocho años, lucía, empero, una camiseta albiceleste con el infaltable número 10 en la espalda.
Y, por fin, la tercera: jóvenes que nacieron y viven en la Argentina y que guiados por su fervor se empeñaron en hacer un viaje que en verdad no podían permitirse. Los hay porteños, del Gran Buenos Aires, de Rosario, de Santiago del Estero, de Tucumán y Córdoba y también de Caleta Olivia y, aunque no tuvimos el placer de encontrarnos con ellos con anterioridad, los vemos más delgados. Comparten, cuando pueden, una lata de atún con palitos. En días de enorme permisividad, añaden un sachet de mayonesa. Algunos, los que compraron un “paquete” que incluía viaje y entradas, podrán ingresar en el estrambótico Sapporo Dome. Otros, los que juntando moneda sobre moneda sólo llegaron al billete, se quedarán en la puerta, y habrán viajado para no ver lo que podrían haber visto cómodamente por TV. Cuando van de ciudad en ciudad para seguir al seleccionado, suelen pasar la noche a la intemperie.
Dos cronistas de La Nacion conversaron con ellos antes de que emprendieran el largo viaje a Sapporo, preocupados por lo que podría ocurrirles en caso de producirse algún choque con los sobrealimentados ingleses. “Quédense tranquilos, que no va a pasar nada. Ellos son más, y acá hay mucho control. No les pensamos hacer frente”, dijeron, para gran alivio de los periodistas.


