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Facundo Ferreyra extraña Lomas de Zamora, la cocina de su hogar. Vive con Mariana en un departamento en Kiev, en el norte de Ucrania. Vive una vida tranquila, metódica. Mucho tiempo en casa, películas, pochoclos, fútbol argentino. Mates, milanesas. "Bastante parecidas a las nuestras", advierte el ex goleador de Banfield y Vélez. Chucky no brinda conferencias en ucraniano: hola, gracias, adiós, lo esencial. "El idioma es difícil, parecido al ruso. Hablo mucho con los brasileños, en una suerte de portuñol", reconoce. Hay ocho futbolistas nacidos en la tierra de la caipirinha, compañeros de Ferreyra en Shakhtar Donetsk, el suceso del fútbol europeo. No sólo por su ingreso en las semifinales de la Europa League , sino porque es un equipo despedido de su casa por las esquirlas de una guerra civil. Como Ferreyra, el Shakhtar echa de menos sus olores. Patea una pelota para ganarle a la guerra.
El fútbol es la vida, detrás de la tragedia: unas 6000 personas cayeron en las luchas nacionalistas entre ucranianos y prorrusos, un conflicto armado que duele en el este del país, allí donde Donetsk intenta respirar. Casi dos años atrás, el 2 de mayo de 2014, un triunfo casero por 3 a 1 sobre Illichivets Mariupol fue la última vez que Shakhtar actuó en su casa, el Donbass Arena, una obra maestra de 452 millones de euros, que solía albergar 50.000 personas sentadas pintadas de negro y naranja. El tiempo es otro: el gigante, solventado por el magnate Rinat Ajmetov –presidente del club– y sede de la Eurocopa 2012, hoy no ve un solo balón: es un centro de ayuda humanitaria. Rodeado de tropas, con barrios destruidos, con el aeropuerto en vías de reconstrucción, el espacio es controlado por prorrusos armados de la cabeza hasta los zapatos: el club –sus jugadores, sus hinchas– debió escapar.
No se podían patear pelotas en donde caían granadas. Hasta hubo serios destrozos en el exterior del estadio. Los jugadores y el entrenador, el rumano Mircea Lucescu –que dirige al equipo "de los mineros" desde hace 12 años–, se instalaron en Kiev, a unos 700 kilómetros. Cambiaron de vida de un día para el otro. El estadio alquilado, en cambio, queda en Lviv, cerca de Polonia, 1000 kilómetros lejos de casa. El Arena cuenta con casi 35.000 lugares, un exceso para los humildes hinchas de FC Karpaty. Que no suelen ser amistosos con Shakhtar, el gigante millonario, desterrado y abucheado. Con una excepción: los choques internacionales. El efecto nacionalista todo lo puede: se cantará por Ucrania en el partido de hoy, con Sevilla, bicampeón y candidato.
Durante 2014, Ferreyra buscó la paz con un préstamo a Newcastle, pero no jugó ni un minuto. A los 25 años, con goles, vuelve a empezar. "Estoy contento ahora, al principio fue muy difícil. Kiev es grande, el centro es lindo. Una arquitectura excelente. En las afueras es donde se ven mayores estructuras soviéticas, edificaciones comunistas inmensas. Esas zonas impactan, es como estar durante la Unión Soviética", reflexiona el artillero.
"Es una situación atípica, jugamos en otra cancha, con hinchas que son de otro equipo. No tenemos el apoyo de los fanáticos de Shakhtar, que son muy efusivos. Cuando estalló el conflicto, me fui a Inglaterra. Ahora estoy más tranquilo, está mejor la situación. Nunca tuve miedo, pero viví situaciones extrañas", recuerda, a la distancia.
-¿Como cuáles?
-Un día flameaba en los edificios públicos la bandera de Ucrania y al otro día, la rusa. Cuando iba al entrenamiento, en una entrada, la policía de Donetsk me pedía el documento. Y en otro costado, un grupo de encapuchados también me exigía que le mostrara mi identificación. Eran prorrusos. Fueron días complicados.
-Cambiaron de ciudad. Y de estadio. Casi como empezar de nuevo, con la misma identidad.
-Es como estar en otro país. Todos empezaron una nueva vida. En nuestra cancha, siempre había 50.000 hinchas alentándonos. Suelen meter mucha presión. Ahora, les cuesta viajar: tardan como un día en auto. Cuando jugamos en la liga de Ucrania, los que van a esta cancha suelen apoyar al más débil, es como jugar de visitante siempre. En la Europa League es diferente, hay respaldo, por el valor de lo nacional. Nosotros representamos a Ucrania.
-¿Jugar con esa desventaja los hizo más fuertes?
-Es difícil competir en nuestras condiciones, es una ventaja para los rivales. Pero sacamos fuerzas de todo lo difícil. En Europa nos respetan. Hay una suerte de mística. Algunos jugadores importantes se fueron, como Douglas Costa, pero la seguimos peleando.
-¿Y vos cómo estás?
-Mejor, porque suelo jugar. Si estoy en actividad, todo es mejor.
Iván Ordets, un compañero, grafica el escenario con sabiduría. "Hay una guerra, pero tratamos de darles alegría a los hinchas con nuestras victorias", asume el defensor ucranio. Con la misma ideología, Ferreyra cree que un triunfo resonante podría abrir las alas de la paz. "Ganar el título en la Europa League sería como dar un mensaje. Sería muy especial para la gente: el ucranio quiere hacerse escuchar en el mundo por otros motivos", advierte, a 13.000 kilómetros de casa. Tan lejos de casa.
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