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No llamó la atención que después de su primer gol en primera se haya perdido en una carrera alocada; tampoco sorprendió que sus ojos húmedos por la emoción apuntaran al oscuro cielo de la noche de Núñez mientras se abrazaba con sus compañeros. El primer partido como titular en River de Ariel Franco no pudo haber sido mejor: convirtió el primer tanto de la goleada ante Racing por 4 a 0, por la Mercosur, y desde el lateral derecho fue una de las figuras del partido.
Es cierto que hay muchos chicos que en su presentación en la máxima categoría de nuestro fútbol cumplen una buena labor; tan cierto como que detrás de la figura de este pibe que nació en Morón el 2 de junio de 1979 se esconde una historia plagada de necesidades y esfuerzos.
Desde chico Ariel conoció la palabra carencia. Es el tercero de los diez hijos que tuvieron Horacio y Alicia, pilares de una familia muy humilde del Oeste del Gran Buenos Aires. Entonces debió arreglárselas con lo que tenía y no con lo que quería.
"A nosotros nunca nos sobró nada; es más, alguna que otra cosa siempre nos faltó. Pero mis padres siempre hicieron lo que pudieron para darnos lo mejor. Por eso, cuando hice el gol, me emocioné muchísimo pensando en mi mamá y en mi papá", cuenta orgulloso. Hasta su llegada a River fue conflictiva. "Llegué hace 3 años y medio. Me acuerdo que no quería ir a la prueba porque no me tenía confianza; yo jugaba en un club de barrio de Moreno y me habían llamado de Independiente y de Ferro, pero dije que no. Mi papá me convenció y al final quedé", recuerda Ariel.
Sin embargo, sólo ahí comenzó su historia de perseverancia. El mismo lo cuenta: "Hablé en River porque no podía ir más a entrenarme; no tenía plata y entonces me dieron una beca; y trabajé de cadete en el club hasta hace un año". Incluso, hasta no hace mucho se colaba en el colectivo para llegar a las prácticas.
Y la lucha, que como dice el tango es cruel y es mucha, está en pleno desarrollo. Porque su padre está desocupado y sólo hace algunas changas como albañil; su madre deja el alma en la crianza del resto de sus hijos y la familia vive de prestado en una quinta de Moreno, a la que llegaron a cambio de que la cuiden hasta el verano. Sólo los 600 pesos que recibe Ariel en el club sostienen la casa. Obviamente, nunca alcanzan. "Siempre me quedo sin plata antes de fin de mes y le tengo que pedir prestado a algún compañero del equipo", señala, mientras sueña con la firma de su primer contrato, con el que "le voy a comprar una casa a mis viejos", aclara.
La fe inquebrantable en Dios es otra de sus características. "Mi familia iba siempre a la iglesia de Los Atletas de Cristo, y cuando entré en River conocí a Gancedo, que forma parte de la misma y me llevó a las reuniones. Antes iba más, pero ahora voy una vez por semana. Sé muy bien que sin el amor de Dios nada hubiera sido posible. Soy muy creyente y la religión es muy importante para mí", asegura.
Mientras pasa el tiempo con su amigo y vecino Damián Alvarez -también juega en River y ya debutó en primera-, Ariel, un veinteañero ambidiestro, fanático de River, recuerda su paso por las selecciones juveniles, que tuvo su punto más alto en la consagración en el Sudamericano de Mar del Plata de este año. Y para él hubo un nombre que lo marcó a fuego: José Pekerman.
"José significó mucho para mí -comenta Ariel-; yo no me tenía confianza y él me la dio. No sólo es buen técnico, también es una gran persona", asegura.
Así es Ariel Franco, ese rubio que de repente se coló en el lateral derecho de River y empezó a escribir su historia futbolística. La otra, la de su vida, ya tiene varias páginas escritas.



