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Eran las 20.10. Habían pasado más de dos horas del final de un partido decisivo, jugado con alma y vida. Los jugadores de Deportivo Morón, por un lado; los futbolistas de Social Español, por el otro; los árbitros y los colaboradores, todos ellos, nerviosos, inquietos. Con temor, mucha adrenalina, dejaron el viejo estadio del Oeste con más miedo que ganas. La seguridad, precariamente establecida por la policía bonaerense, permitió la salida muchos minutos después de que decenas y decenas de hinchas de Morón aguardaron expectantes, con la agresión envuelta en puños, palos y cascotes. Los jugadores se marcharon, custodiados, ya convertida la noche de una tarde violenta, agresiva, de otra jornada patética del fútbol doméstico. Esta vez, en un partido de la primera B.
La batalla de Morón tuvo todos los elementos de una película de acción y violencia: agresión a jugadores, lucha con la policía, dos patrulleros incendiados, destrozos y saqueos que dejaron un saldo de varios heridos y apenas 20 detenidos, según el informe de Carlos Arnaldo, de la comisaría primera de Morón.
Todo, dentro del contexto del frustrado título perdido, con más de 20.000 almas ansiosas, ya que el popular equipo del Oeste cayó en su estadio ante Social Español -le alcanzaba un empate para consagrarse- y, a pocos kilómetros de distancia, Estudiantes de Caseros se abrazaba a la fortuna tras derrotar 2-0 a Almirante Brown. Así, alcanzó a Morón y festejó porque igualó la primera colocación, en 42 puntos, pero por tener una mejor diferencia de gol +20 contra +15, se clasificó campeón.
Ni los cinco minutos agregados le alcanzaron a Morón: Español había ganado, con un tanto de Gastón Soriano. Incluso, el local sufrió tres goles anulados; el último, mal invalidado a Emiliano Impallari.
Se advertía, se sentía el clima de guerra. La policía, que contó en el operativo con 280 efectivos, pero que sólo tuvo a 20 en el campo de juego, le abrió el camino de salida a los 50 hinchas de Español ante el complejo escenario por venir.
Alejados hacia el Bajo Flores, comenzó la barbarie. Decenas de fanáticos saltaron al campo de juego con absoluta impunidad, ante la mirada pasiva de los uniformados. Primero, les quitaron las vestimentas a los jugadores de Morón; luego, ensayaron agresiones a los futbolistas de Español; entre ellos, el arquero Gastón Losa, una de las figuras, y el defensor Carlos Salvatierra, que sí alcanzó a sentir el vandalismo de un grupo de simpatizantes. La policía reaccionó con gases, balas de goma y palazos, aunque el poder real, se advertía, lo tenía el grupo de hinchas locales. Que hacía y deshacía. Que, incluso, evitó que un hincha fuera detenido segundos después de que un agente le pusiera las esposas.
Con los jugadores en los vestuarios, las imágenes siguieron en sintonía: una mujer se desmayó y no había atención médica; un grupo de hinchas, a puñetazo limpio, luchó contra efectivos armados con escudos y palazos; golpes, heridas, sangre y la confirmación de que afuera del estadio la locura no tenía reparo. Dos patrulleros fueron incendiados; hubo roturas de locales, autos destrozados y saqueos generalizados. Un grotesco dentro de la barbarie extendida.
Eran, ya, las 20.20. Los jugadores, propios y extraños, ensayaron la salida cautelosa. Los vándalos que amenazaron, al parecer, ya no estaban en los lugares que solían frecuentar. Tarde, muy tarde, pero llegaron sanos y salvos a sus casas...

