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Sería interesante poder encontrar quién fue el iluminado que instaló la idea, dentro del fútbol argentino, que en nombre de la pasión por los colores de un club todo vale. Habría que explicarle que esa frase de alto contenido emotivo resultó un verdadero trastorno para todos aquellos que profesaban esa máxima. Porque detrás de ese mensaje se escudan los violentos para pintar una pared amenazando de muerte a un jugador si no logra ganar un partido de fútbol. Porque con ese designio divino como estandarte se arrogan el derecho de increpar y amedrentar a un grupo de futbolistas porque no logran el objetivo que ellos entienden como única alternativa válida.
No será fácil encontrarlo, pero sí, se puede, para terminar con esa ridícula idea, explicarles a los jugadores que deben entender que no es lógico que la barra brava pida explicaciones. En definitiva, con este tipo de actitudes los futbolistas sólo logran que esta gente crea que puede exigir cualquier cosa.
Deberán entender también los futbolistas que son ellos los que alimentan esa idea de que por la pasión todo se justifica. Porque, por ejemplo, después de un triunfo épico van hasta el corazón de la tribuna y les arrojan sus camisetas como premio de vaya a saber qué cosa. ¿Alguien pudo medir alguna vez si el barrabrava alienta o quiere más al club que el hincha que se ubica en otro sector de la tribuna?
Alguien debería decirles también a los jugadores y entrenadores -ayer fueron los de Racing y los de Newell´s, hace unos días, los Independiente-, que no tienen que cumplir con la mala costumbre. Que son víctimas de algo que ellos mismos potencian cuando aceptan recibir en una práctica a los barras, escuchar sus reclamos y hasta, en algunas oportunidades, colaborar para una rifa o pagar el ómnibus para que los alienten de visitante.
Demagogia barata y muy peligrosa. Basta.

