La identidad de un barrio

El club, nacido en 1896, marca hasta hoy el pulso de la ciudad
Daniel Meissner
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14 de diciembre de 2009  

Tiene sus particularidades Banfield. Como toda ciudad, guarda características propias que la hacen única. A diferencia de otras, aquilata un corazón al compás del cual se miden sus pulsaciones: el club homónimo enclavado en sus arterias desde el 21 de enero de 1896. Cuando un grupo de inmigrantes británicos le dio forma, lejos estaba de imaginar la trascendencia que cobraría. La institución, creada con fines sociales, incorporó al fútbol en los últimos días del siglo XX y desde entonces, se trastocaron las emociones, se vivieron días más intensos y mutó el modo de sentir de los habitantes. El club y la ciudad fueron uno. Respetando costumbres establecidas que sobreviven hasta nuestros días.

Pese a su ubicación geográfica, Banfield se identifica más con el silencio del campo que con el ruido de las grandes urbes. En sus calles empedradas se respira un aire pueblerino, donde la bicicleta y la pelota resisten el avance tecnológico que las PC les ofrecen a los más chicos para alejarlos de su hábitat de esparcimiento. Dicen que en Banfield, la lluvia moja distinto y enciende la nostalgia. Quizá por eso sus vecinos ilustres jamás se fueron. Julio Cortázar aún sueña con escribir Rayuela en la casa de Rodríguez Peña al 500, Pepe Biondi todavía dibuja morisquetas en una plaza y Julio Sosa dice, a la vuelta de cualquier esquina, que no le vengan a hablar de amor. Sus contemporáneos y los hijos y los nietos de éstos se empeñaron en cumplir aquella raigambre de puertas abiertas. Como a las colectividades anglosajonas que llegaron hace más de un siglo, a los nuevos visitantes se los recibía del mismo modo. Sin preguntarles qué traían, sino qué necesitaban.

Banfield (el club) ayudó al progreso, envalentonado por la pujanza que desde algún lugar le inyectaba Florencio Sola, el factótum de los grandes logros: un estadio avanzado para la época y el primer gran ascenso al círculo privilegiado. Por eso palpita tanto orgullo recíproco entre la entidad y la población, entre el equipo y sus hinchas. Siempre juntos. Llevando al paroxismo las fibras más íntimas a la hora del triunfo y haciendo de cada derrota un drama zonal que llama a un silencio casi de duelo.

Todo siguió igual tras cada ascenso ganado y al cabo de cada descenso. ¿Cuántas veces se discutieron en el café Tiara las cuestiones políticas del polémico campeonato perdido en 1951? ¿Cuántos relatos de fantasmas se elucubraron en torno del misterioso castillo de Larroque y Carlos Croce? En cada charla banfileña, el club y la ciudad son temas obligados, amalgamados en el insidioso humo de un cigarrillo que se consume al costado del pocillo. Resulta tan importante alentar al Taladro como venerar a Sandro, el ídolo intocable del lugar que hoy sufre por su endeble salud. En la plaza Alfredo De Angelis, donde se juraron mil amores y se lloraron mil desengaños, cada éxito cotiza tanto como una derrota de Los Andes o de Lanús, los rivales de antaño, hoy y mañana. Los códigos son los mismos de siempre: a la cerveza de la esquina se la toma con amigos y a los perros callejeros se los cuida entre todos. Sin poder matar la ansiedad contenida, la grey sureña se tuvo que morder los labios en el Clausura 2005 porque la gran campaña no alcanzó para pelearle el título a Vélez. Igual, privó el pecho henchido por jugar la Copa Libertadores, ya que es una inquebrantable norma local rescatar primero lo mejor.

Desde ayer, las cosas saben más dulces y la ciudad tiene lo único que le faltaba. Su gente transitará la avenida Alsina o la siempre comercial calle Maipú con la sonrisa a tiempo completo, en el medio de los mismos bulliciosos niños de guardapolvos blancos que invaden el centro en cada mediodía. Una ley jamás escrita –más no exclusiva– sostiene que para ser de Banfield (el club) hay que ser de Banfield (la ciudad) o, cuanto menos, haber caminado hasta el cansancio sus calles empedradas.

Es que no es sencillo entender la pasión por el Taladro sin la debida vivencia barrial. Cuando falta esa experiencia, dicen, resulta complicado hacerse carne de la alegría y el dolor que destilan las inigualables tardes de gritos y lágrimas en el Florencio Sola…

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