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IWAKI, Japón.- Treinta y cinco millones de japoneses son aficionados al juego del pachinko: una Argentina casi completa, aunque en la Argentina muy pocos sepan qué demonios es eso.
Todos los días, señores serios de traje y corbata salen de su trabajo con el maletín en la mano y se internan dos horas en cualquiera de los 18.000 locales de pachinko instalados a lo ancho pero especialmente a lo largo de este país bastante angosto. Cambian sus buenos 3000 yenes (unos 25 dólares) por bolitas de acero y se sumergen en un mundo de luces chillonas y de música estruendosa y vulgar, sentados al comando de una maquinita de jugar que tiene en el país cuatro millones de hermanas, con sus parecidos y diferencias.
Hasta en esta tranquila ciudad del interior -donde nos instalamos para esperar novedades de los jugadores de nuestra selección- hay varias salas de pachinko. El propietario de una de ellas, Yasunori Suzuki, nos enseñó las reglas, nos convidó con una hora de entrenamiento y de charla amigable y será, por lo tanto, el responsable de cualquier desarreglo en la economía familiar causada por una posible adicción coronada por la mala suerte.
En las grandes urbes, como Tokio, el ambiente es menos amable que el que se vive en lo de Suzuki. Hay decenas de locales gigantescos, con más de 500 máquinas en hilera y hombres que se sientan frente a ellas con la misma actitud con que hasta minutos antes trabajaron en la computadora. Si no fuera por el ruido, incompatible con el entorno laboral y con cualquier otro entorno, se diría que han cambiado una oficina por otra, entregados a actividades que les demandan su entrega por entero.
Pese a la opinión del semiólogo y filósofo Roland Barthes -quien, en la década del 60, atribuyó al pachinko un sentido místico y lo distinguió de las espiritualmente más pobres tragamonedas de Occidente, tras experimentar una crisis de orientalismo-, a los caballeros japoneses se los ve tan alienados como a las damas gordas que tratan de poner cinco peras en línea en los casinos de Las Vegas. Cierto que no gritan histéricamente al ganar, pero esto no significa, como afirma el citado escritor, que no les interese la recompensa.
QUE DEMONIOS ES ESO
Intentaremos contestar la pregunta inicial, que todavía intrigará a los lectores. El pachinko es una especie de flipper en el que hay que guiar las bolitas, que se disparan constantemente, a través de determinadas casillas, para obtener más bolitas de premio. Proviene de los primeros flippers, los legendarios Corinthians, introducidos en Japón en 1920, y fue creado por Takeichi Masamura poco tiempo después. En 1930 se inauguró la primera sala de pachinko, en Nagoya, y veinte años después ya había 43.000.
Al principio, el desafío para la habilidad individual era mayor: había que arrojar cada bolita a mano, y se le daba dirección con el impulso. Hoy saltan automáticamente, pero con una perilla se regula la fuerza del disparo, y así van a caer en una casilla más cercana o más lejana, para éxito o fracaso del jugador. Lo ideal es que vayan bajando a través del centro del tablero.
Las ganancias que deja el pachinko a quienes lo regentean son incalculables. Para dar una idea de la fluidez con que la gente deposita allí sus billetes, basta con recordar que en Toshima, Tokio, el año último, dos sujetos armados asaltaron un local y se llevaron la friolera de 30 millones de yenes.
Como, en teoría, no están permitidos los juegos por dinero, las bolas que sobran al retirarse se canjean por premios, desde cigarrillos y golosinas hasta electrodomésticos. Sin embargo, todo local de pachinko tiene también sus "premios especiales", que suele cambiar por efectivo "el amigo que atiende acá a la vuelta". Por lo común, este amigo opera en una callejuela oscura, y de él no se ve más que la mano que sale por un agujero en la pared. Hay firmes sospechas de que la yakuza, la mafia japonesa, interviene de un modo u otro en el proceso, y también de que se evaden impuestos, pero el pachinko es una costumbre tan bien establecida que nadie cree que su continuidad corra riesgos.
DE ULTIMA GENERACION
Los locales incorporaron también, en los últimos tiempos, máquinas tragamonedas "normales", llamadas aquí "pachi-suro", en las que hay que detener a pulso cada rueda, apretando un botón, puesto que de otro modo seguiría girando indefinidamente. Respecto del pachinko propiamente dicho, la última palabra son las máquinas Kenrimono. En ellas, las chances de ganar son más limitadas (una en 300), pero el detalle excitante reside en que la cosecha puede ser considerablemente mayor, llegado el momento.
Aunque la fiebre se desata con más fuerza después de la caída del sol, hay personas que juegan al pachinko desde temprano, ya que las puertas se abren a las 10. Esas personas son, en su mayoría, hombres, pero poco a poco también las mujeres se van atreviendo. Muchos locales tienen ya secciones femeninas, con premios presuntamente atractivos para el género, como valijas Gucci y perfumes de primerísima marca.
No es otra cosa, en cierto modo, que un nuevo paso en el camino de la liberación, otra prueba de que varones y mujeres deben estar a la misma altura, relativamente alta en este caso, ya que las banquetas del pachinko dejan a algunos con los pies colgando lejos del suelo. Doi Takako, la ex presidenta del Partido Socialista Democrático local, confesó su pasión por este entretenimiento, sin duda más popular que el fútbol: durante el partido Japón-Bélgica, muchísimos establecimientos de pachinko se mantuvieron abiertos y funcionaron a pleno.

