Restaurador de trazos descuidados

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
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29 de mayo de 2016  • 20:27

Desobediente de la manada, Lanús reivindicó el placer de jugar. Nunca lo gobernó el miedo, ni en los clásicos con Banfield ni en la definición del título, escalas que suelen paralizar a los equipos que no están convencidos. Jamás tembló su partitura. Miguel Almirón, José Luis Gómez, Pepe Sand, Román Martínez, Lautaro Acosta … cada pieza al servicio de la causa. Ningún talento individual hace milagros si no se respalda en el funcionamiento colectivo. Siempre resultará más sencillo estorbar a un futbolista inspirado que domar a un grupo afirmado en una idea. Y Lanús los atropelló a todos. La AFA le mostró al mundo un torneo absurdo, que coronó a un equipo detrás de un suspiro de 17 partidos, pero el Granate no merece ni una esquirla de ese despropósito.

Quizá Lanús sea el eslabón perdido para restaurar algunas virtudes descuidadas. Si el éxito inspira contagio, el mensaje no puede ser mejor: vale tomar riesgos, conviene que el proyecto lleve la firma de la voracidad y que los recorridos cuiden esa estética que de inmediato despierta complicidad con los amantes del buen juego. Lanús recuperó signos que los últimos campeones habían descartado. El Boca de Arruabarrena nunca se definió; el Racing de Cocca se trasvistió detrás del éxito; el River de Ramón Díaz mantuvo un estilo inestable y giros desconcertantes; la cosecha de puntos del San Lorenzo de Pizzi fue la más pobre de los torneos cortos. En este viaje al pasado inmediato, recién en el Newell's de Martino aparece una línea reconocible y atractiva.

Lanús propone una saludable revolución. Pero sin lirismos ni conductas suicidas, porque se trata de un conjunto que se descompone para avasallar ofensivamente y también para asfixiar defensivamente. En la conjunción de método y ambición, el técnico Jorge Almirón consiguió engranar una mecánica poesía. Romántica cadencia con filoso atrevimiento. Lanús llegó puntual para revivir esas fábulas de la infancia, donde los buenos siempre tienen derecho a un final feliz.

cg/jt

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