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Tim Ream suele ser el último en bajar del ómnibus y, tras dar esos últimos pasos, sabe lo que le espera: el enérgico apretón de manos de un veterano preparador físico de la selección masculina de Estados Unidos, seguido de un fuerte abrazo y unas cuantas palmadas afectuosas en la espalda. Lo llaman “el viejo”. “Abuelo”. “Veterano”.
“A veces le llamamos ‘tío’“, dice Alex Freeman, que con 21 años es el jugador más joven de la plantilla de Estados Unidos. “Sin duda, es objeto de muchas bromas”, dice su compañero Max Arfsten, de 25 años, con una sonrisa. “Pero se lo toma con buen humor”.

Ream se lo toma a broma, porque ¿qué otra cosa puede hacer un hombre de 38 años cuando está rodeado de jugadores tan jóvenes que han visto parte de su carrera por televisión? Además, lleva un título que los supera a todos en este Mundial: el de capitán.
Cuando Estados Unidos inaugure el torneo contra Paraguay en Los Ángeles este viernes, Ream liderará a los estadounidenses en el Mundial más esperado que este país haya conocido jamás. Las expectativas en torno a este equipo no son modestas. Al jugar en casa, se espera que los estadounidenses alcancen la fase eliminatoria, si no es que llegan más lejos. Su capitán es, aunque parezca increíble, el jugador de más edad del equipo, el blanco más fácil de las bromas y la voz en la que más se confía.
Solo 12 de los aproximadamente 1.250 jugadores de este Mundial son mayores que Ream. Es unos tres meses más joven que Lionel Messi y casi cinco años más joven que el portero escocés Craig Gordon, el jugador de más edad del torneo.

Entre los hombres de EE. UU., Ream se encuentra en una situación aún más excepcional. Solo Frank Moniz, con 38 años y 272 días en 1950, era mayor cuando fue convocado para la selección estadounidense de un Mundial. Y cuando la pelota comience a rodar contra Paraguay, Ream se convertirá en el estadounidense de más edad en jugar realmente un partido de la Copa del Mundo.
“Aporta un aura diferente al equipo”, dijo el defensor estadounidense Sergiño Dest, “y crea un ambiente realmente bueno, un ambiente muy acogedor. Lo que Tim aporta al equipo es algo realmente difícil de reemplazar”.
Pocos civiles confundirían a Ream con un anciano. Lleva el pelo rubio recogido en un moño y una barba rojiza, un aspecto menos fosilizado que el de un hombre cuya carrera futbolística simplemente le ha enseñado mucho: campos juveniles en los alrededores de St. Louis; un comienzo prometedor en la MLS; largas estancias en el extranjero con el Bolton y el Fulham; y luego un regreso a la MLS, en 2024, con el Charlotte FC.

La selección de Estados Unidos fue una parte intermitente de ese viaje. Ream, un defensor conocido por su extraordinario coeficiente intelectual futbolístico, debutó en 2010, pero pasó años enteros sin jugar con la selección, incluidos 2012, 2013 y 2018. Finalmente, entró en su primera convocatoria para un Mundial hace cuatro años, siendo titular en los cuatro partidos de Estados Unidos en Qatar.
Las bromas dentro de la concentración de Estados Unidos funcionan porque todos comprenden la verdad que hay detrás. Ream no está aquí como mascota, como un vestigio sentimental o, como él mismo dijo recientemente, [para ser] “el viejo del rincón repartiendo gajos de naranja”. Está aquí como líder, una función que habría parecido improbable hace cuatro años y casi imposible antes de eso.
Se une a una estirpe de capitanes estadounidenses en la Copa del Mundo que incluye a Tony Meola, Claudio Reyna y Clint Dempsey. El lugar de Ream en esa sucesión es diferente. No es el rostro del programa ni su jugador más talentoso o célebre. Es en quien el seleccionador Mauricio Pochettino ha depositado su confianza.

De los 25 partidos que han disputado los estadounidenses bajo la dirección de Pochettino, Ream ha lucido el brazalete de capitán en 18 ocasiones. El entrenador ha dejado claro que, en esta etapa de la carrera de Ream, su valor se mide en la calma y la consistencia. “Estoy muy agradecido de que [Ream] esté con nosotros”, dice Pochettino. Cuando Ream supo que sería el capitán del equipo, se quedó casi sin palabras. “Vaya”, dijo. “No sé muy bien qué decir. Gracias. Sí, esto es más que un sueño hecho realidad”.
La carrera de Ream nunca se ha caracterizado por la espectacularidad. Su juego siempre ha sido más discreto: anticipación, posicionamiento, economía de movimientos. Hay cosas que su cuerpo ya no puede hacer con la misma facilidad que antes, y la recuperación ahora requiere más cuidados que cuando tenía veintitantos años. Pero la edad también ha perfeccionado aquellas facetas de su juego que siempre fueron las más importantes. Si los defensores más jóvenes pueden borrar los errores con sus piernas, Ream ha pasado años intentando evitar cometer esos errores desde el principio.
Aun así, el deporte —incluso en la era de Stephen Curry, LeBron James y Serena Williams— es un juego de jóvenes. A los 35 años, la inclusión de Ream en la selección para el Mundial de 2022 fue una sorpresa y dijo que el torneo fue algo confuso. Y cuando terminó ese Mundial, no esperaba volver.
Esta ya se ha sentido diferente. Hubo expectación y nervios. Cuando por fin llegó el mensaje el mes pasado, Ream salía del entrenamiento con el Charlotte FC y caminaba por el túnel. Su teléfono empezó a sonar sin parar. Dejó todo y llamó a su mujer. “Fue un alivio. Fue emoción”, afirma Ream. “Para ser totalmente sincero, fue casi como una válvula de escape”.
Para Ream, fue el último y probablemente definitivo giro en una de las trayectorias más inverosímiles de los últimos años en el fútbol estadounidense: un jugador que en su día parecía haber quedado fuera de los planes de la selección nacional y al que ahora se le pide que la lidere.
“Nunca hubiera imaginado, ni en mis sueños más descabellados de niño, que estaría aquí sentado y que sería el capitán de la selección nacional para el Mundial”, dijo Ream. El defensor sabe que el liderazgo por sí solo no es la razón por la que está aquí. Su capitanía no garantiza que vaya a ser titular, y no ha planteado este Mundial como un acto final de carácter ceremonial. Sigue hablando como un jugador que lucha por cada minuto de juego, no como un exjugador que se está adaptando poco a poco al papel de mentor.
“Siempre he mantenido que me esforzaré al máximo y exprimiré hasta la última gota de tiempo de juego que pueda de mi cuerpo y mi mente”, dijo Ream. Tenía siete años cuando se disputó el Mundial de 1994 en Estados Unidos, y esos partidos se encuentran entre sus primeros recuerdos futbolísticos. Recuerda a la selección femenina de Estados Unidos en 1999, otro torneo en casa que ayudó a definir lo que podía significar el fútbol en este país.
Ahora forma parte del siguiente. Para Ream resulta hasta poético que algunos de sus primeros recuerdos estén ligados a un Mundial en suelo estadounidense y que, tantos años después, posiblemente cierre su carrera con la selección de Estados Unidos en otro. “Al mismo tiempo, eso no va a cambiar lo que hago, quién soy ni mi manera de ayudar al equipo”, dijo Ream. “Ese es el mayor honor para mí, con este equipo y para el Mundial, y no voy a darlo por hecho”.



