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La madrugada de ayer marcó el adiós de uno de los personajes inolvidables del fútbol: Juan Carlos Toto Lorenzo. El director técnico, de 79 años, murió en su domicilio de Barrio Norte; padecía de diabetes y de fibrosis pulmonar. Sus restos son velados en O’Higgins 2842 y serán sepultados hoy, a las 10, en el cementerio Jardín de Paz.
Lorenzo condujo uno de los ciclos más exitosos de Boca Juniors, con un bicampeonato local (1976), dos copas Libertadores de América (1977 y 1978) y una Europeo-Sudamericana, en 1978. Además, fue técnico del seleccionado nacional en las copas del mundo de 1962 y 1966; de San Lorenzo, en varias oportunidades –entre ellas, la del bicampeonato de 1972– y de River, Lazio (Italia), Racing, Vélez, Atlanta y Atlante (México), entre otros.
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El Toto fue uno de esos hombres hechos a la medida del fútbol, manejador de códigos y secretos como pocos; un hombre que exprimía al máximo las virtudes y defectos dentro de una cancha de fútbol. Tanto de sus dirigidos como de sus adversarios. Lorenzo enarboló la bandera de aquellos que consiguieron sus éxitos a través de la mística, forjados en la fortaleza moral, más allá de las controversias que generaba una personalidad irónica, generadora de discusiones por las sospechas de picardías –regar las canchas o tirar sal en los vestuarios de sus adversarios– y un fuerte apego por las cábalas, que el imaginario popular agrandó con el tiempo.
Juan Carlos Lorenzo, hijo de españoles, había nacido en Buenos Aires el 27 de octubre de 1922. Los memoriosos del fútbol recuerdan su debut allá por 1940, como insider –entreala o número 8– de Chacarita Juniors. Pasó a Boca en 1945, equipo en el que compartió la delantera con Mario Boyé, Pío Corcuera, Jaime Sarlanga y Severino Varela, el uruguayo de la boina blanca. A los 26 años emigró a Europa, una etapa que lo marcaría a fuego, pues se convirtió en un estudioso de todas las mañas del fútbol del Viejo Continente. El Toto siempre se encargó de decir que no era un virtuoso con la pelota. “Nunca me pude destacar; entonces me avivé de cómo era el negocio: estudiar, hablar con la gente que sabe, meterme, hacer cursos...”
No se equivocó. Eligió ser DT y, espontáneamente, surgió la picardía acumulada. Hizo el curso de entrenador en Europa y tomó como mentores a los argentinos Helenio Herrera, el Mago, y Yiyo Carniglia. Mientras en la Argentina estaba a punto de estallar la crisis por el desastre del Mundial de Suecia ’58, las ideas de Lorenzo, impregnadas por su predilección por el catenaccio, calzaron justas en la mentalidad de dirigentes que se debatían entre el fútbol espectáculo y las corrientes de la especulación.
Tras un efectivo trabajo en España, el Toto tuvo su bautismo en un banco de suplentes argentino en San Lorenzo. El Ciclón venía de un mal arranque en 1961 y, tras su asunción, finalizó en el segundo puesto; posición que fue suficiente para catapultar a Lorenzo al seleccionado que tenía que ir al Mundial de Chile, en 1962. Nuestro país venció a Bulgaria por 1 a 0, empató sin goles con Hungría, cayó ante Inglaterra por 3 a 1 y por diferencia de goles, quedó eliminado en la rueda inicial tras igualar el segundo lugar con los ingleses.
Otra vez a emigrar. Dejó América del Sur y desembarcó en Italia, en Lazio, club en el que dejaría su huella. Pero el seleccionado nacional le iba a ofrecer una segunda oportunidad. Meses antes de la cita en Inglaterra, en 1966, reemplazó a Osvaldo Zubeldía. Lorenzo tomó el equipo en Europa. Era un plantel de jerarquía: Roma, Perfumo, Albrecht, Marzolini, Rattín, Ermindo Onega, Pinino Más... Pese a que superó la primera rueda, fue mezquino y cauteloso a la hora de jugar por los cuartos de final ante Inglaterra. Sí, el de la famosa expulsión de Rattín, la única oportunidad de gol de Más y el 0-1 que obligó al regreso a Buenos Aires.
La historia de Lorenzo entregaría más capítulos. Pasó por River Plate, pero su estilo de juego fue resistido por sus simpatizantes. Volvió a Lazio. El primer éxito en la Argentina estaba por venir.
Fue a principios de 1972, cuando recibió la convocatoria de San Lorenzo. De la mano del Toto, el grupo que integraban Irusta, Glaría, Rezza, Heredia, Rosl, García Ameijenda, Chazarreta y el Ratón Ayala, entre otros, se convertiría en el primer bicampeón del torneo Metropolitano y Nacional.
Las idas y venidas fueron una constante. Lo llamaron de Atlético de Madrid y partió junto con Ayala (el de la publicidad de los botines, “en Europa no se consigue”). Los colchoneros se clasificaron finalistas de la Copa de Campeones en 1974.
Nuevamente, la vuelta a la Argentina. Y vivió su etapa más sublime en nuestro país. Tomó las riendas del ascendido Unión, de Santa Fe. Compró 13 jugadores, entre los que se destacaban Hugo Gatti, Rubén Suñé y Ernesto Mastrángelo. Las bases de uno de los ciclos más exitosos del fútbol argentino se estaba gestando. Unión finalizaría en el cuarto lugar del Metropolitano de 1975, ése que marcó el fin de los 18 años sin títulos para River, que encima, hizo doblete en el Nacional.
Alberto J. Armando, presidente de Boca en ese entonces, no resistió el festejo de su eterno adversario. Había que opacar la fiesta. Para ello lo llamó a Lorenzo. “Lo primero que me pidieron fue campeonatos, porque River venía de dos títulos consecutivos. Ahora que uno lo ve a la distancia parece sencillito, pero hubo que meterle duro”.
El Toto, con Jorge Castelli como preparador físico, arribó a La Candela en enero de 1976, junto con Gatti, Suñé, Mastrángelo, Carlos Veglio y Pancho Sá. Combinó experiencia con juventud y concretó una etapa inolvidable en Boca. Logró el ansiado bicampeonato –en la final del Nacional superó a River por 1 a 0–, con un equipo que los xeneizes más fanáticos recitan de memoria: Gatti; Pernía, Sá, Mouzo y Tarantini; Benítez, Suñé y Zanabria; Mastrángelo Veglio y Felman. La serie se prolongó con las conquistas de las copas Libertadores (1977 y 1978) que tuvo como corolario la conquista de la Copa Europeo-Sudamericana ante Borussia Moenchengladbach, en 1978. Tras empatar 2 a 2 en la Bombonera, Boca se quedó con el trofeo tras una gran victoria por 3 a 0 en Alemania. El temple de ese conjunto se apoyaba en la verborragia, el ingenio y la picardía de su conductor, que tendría como opositor al intuitivo Angel Labruna, entrenador de River, y a César Luis Menotti, técnico del seleccionado nacional.
Justamente con el Flaco Menotti se entablaría uno de los primeros duelos de DT en la Argentina. La serie previa al Mundial de 1978, realizada en 1977 en la Bombonera, mostraría con elocuencia esa rivalidad de estilos, que se acentuaría en durante la Copa del Mundo de 1978. El plantel que se consagró campeón mundial no contó con ningún jugador de Boca. Por eso la Copa Europeo-Sudamericana se convirtió en una obsesión para Lorenzo; era su desquite, la revancha de un estilo. Y el Toto lo consiguió.
Su final con Boca no fue el mejor. La seguidilla internacional se cortó en 1979 con la final de la Libertadores perdida en la Bombonera ante Olimpia, de Paraguay. A fines de esa temporada, declaró que había que ponerle “el hombro a Boca”, pero un par de días después abandonó el club de la Ribera para irse a Racing, equipo al que dirigió en 35 encuentros. Convocado de urgencia en San Lorenzo, no pudo evitar el descenso en 1981.
Condujo al Ciclón en Primera B -no fue buena esa etapa y José Yudica lo reemplazó; luego manejó, sucesivamente, a Vélez, Atlanta –logró el ascenso a primera en 1983–, Lazio y San Lorenzo.
Ante la floja performance de Roberto Marcos Saporiti, Antonio Alegre y Carlos Heller concretaron la vuelta a Boca, en 1987. Ni bien llegó disparó aquella frase inolvidable: “A Boca lo levanto con un inflador psicológico”. Los resultados no lo acompañaron y le puso fín a su etapa como técnico.
Lorenzo se convirtió en un hombre de consulta. Siempre mostró su estilo; hablando con ironía, algo de suficiencia y con palabras hechas a la medida del fútbol. Como lo era el Toto, un personaje que pasó a ser leyenda.


