Una multitud en celeste y blanco que también quiere hacer historia

Fuente: LA NACION - Crédito: Juan López
Los hinchas coparon Río de Janeiro con la ilusión de ser campeones y se adueñaron de las playas, los sambódromos y los campings; se esperan unos 90 mil argentinos en el Maracaná y, según la Dirección Migratoria de Brasil, en toda la Copa, cruzaron la frontera casi 170 mil
Nicolás Balinotti
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12 de julio de 2014  • 23:33

RIO DE JANEIRO.- Con el sueño y la convicción de volver, el recorrido del hincha comenzó aquí, con los pies hundidos en la arena y la mirada extraviada en el Atlántico. Hace casi un mes, la aventura daba su campanazo de largada sin saber lo que había por adelante. Como en cada viaje, la experiencia era nueva. Un segmento con principio y fin, pero que podía cambiar la vida para siempre. Cada argentino de las decenas de miles que pisaron Brasil habrán sentido un cosquilleo particular: vivir un Mundial cerca de casa e ilusionarse con la consagración en tierra enemiga, justo donde reina la pasión por el fútbol.

La cifra definitiva sobre la cantidad de argentinos que cruzaron la frontera una o más veces todavía está en elaboración. El Ministerio de Seguridad de nuestro país estima que podrían ser "más de medio millón" durante los 30 días que duró el Mundial, según le confió a LA NACION un funcionario de jerarquía. Tal vez la estadística resulte exagerada si desde el 12 de junio hasta el 1 del actual ingresaron 169.384, según lo que informó la Dirección de Migraciones de Brasil.

Aunque es cierto que en las últimas dos semanas, a medida que el seleccionado avanzaba de instancia, el desembarco se hizo constante y abrumador. Desde entonces, el ingreso dejó de ser por goteo para abrir las compuertas de las fronteras, con la emoción colectiva lanzada a las rutas o subida a un avión. El director de Migraciones, Martín Arias Duval, dijo que desde el viernes hasta las 18 de ayer salieron 42.096 personas rumbo a Brasil. Esta cantidad, sumada a los argentinos que ya se encontraban en territorio brasileño, las autoridades locales calculan que hoy en Río podría haber 90.000 argentinos.

Como un ejército de ocupación, la invasión de fanáticos se desplegó por cada ciudad por donde el equipo dejó su huella. No importaba tener entradas a los estadios o no. La cuestión siempre fue estar ahí, como una hinchada cautiva. Los números quizás se volverían irrefutables con apenas asomarse a la calle en alguno de los sitios. Caminar por la costa de Copacabana es hoy caminar por la rambla de Mar del Plata. O, cuando el seleccionado jugó en Belo Horizonte, recorrer el barrio de Savassi era como pasear un sábado por Palermo, por su fisonomía y por la gente. Los ejemplos pueden seguir con Villa Madalena, en San Pablo, o con la explanada central, en Brasilia, la capital que los argentinos conquistaron por un día.

A cada sede el hincha le dio su impronta. El argentino suele sentirse más argentino cuando está lejos de casa. Se aferra más a la bandera, lo seducen las multitudes y compartir un mate o un asado puede servir de excusa perfecta para cristalizar similitudes en torno a una mesa. Las alcaldías de las diferentes ciudades donde actuó el seleccionado dispusieron gratuitamente de espacios comunes para acampar o estacionar las casas rodantes y los vehículos. Se trató de una salvedad que contempló únicamente a la hinchada celeste y blanca, la más numerosa en toda la Copa. En un ranking, después de los locales, vendrían los argentinos y seguirían los colombianos y los chilenos, también beneficiados por la cercanía geográfica.

Con el aval de los gobiernos locales, se activaron inmensos campamentos urbanos a cielo abierto, siempre custodiados por la mirada atenta de la policía militar. Los sambódromos de San Pablo y Río fueron colonizados en la previa a cada partido, y en Brasilia se montó un predio especial con baños químicos y pantallas gigantes para los hinchas. En cada uno de estos sitios, las parrillas humeaban, se jugaba al truco y las rondas de mates eran un hábito matinal. Durante el resto del día, la gente de manera abrumadora elegía beber cerveza o fernet con coca hasta caer redondos. El excesivo consumo de alcohol fue el motivo por el que la rivalidad con el brasileño muchas veces cruzó de lo folclórico a lo violento. No fue casualidad que los desbordes más graves, por lo general, hayan sucedido de madrugada, después de jornadas etílicas eternas.

Desde el debut con Bosnia en el Maracaná hasta la final de hoy con Alemania en el mismo estadio, el público argentino fue variando, pero jamás modificó su esencia.

Básicamente, se divide en tres tipos. Los que vienen en tours bien organizados, vestidos de cabo a rabo con la indumentaria oficial y con todo incluido, desde el hotel hasta el traslado a la puerta del estadio. Los que manejaron horas en autos, ómnibus destartalados o en casas rodantes. Y están los buscavidas, que vienen con mochilas llenas de chucherías para vender y economizar la estadía. Venden cualquier cosa: desde artesanías, camisetas y banderas hasta empanadas, alfajores y dulce de leche. Y ayer, con ingenio, un misionero sumó al stock de venta ambulante el CD con dos versiones del hit mundialista "Brasil decime qué se siente". El disco tiene 14 temas clásicos de la lírica tribunera y se vendía a 5 reales, unos 25 pesos.

Claro, también estuvieron por aquí los barrabravas. Los que pudieron sortear el cerrojo migratorio que les aplicó Brasil, mantuvieron el perfil bajo y evitaron colonizar las tribunas, como en los mundiales de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010. El gobierno local dispuso neutralizar a los barras que tuvieran "algún tipo de antecedente delictivo" y les prohibió el ingreso al país a unos 2100, cuyas identidades fueron aportadas por la Argentina a través de un acuerdo bilateral entras las fuerzas de seguridad. Así y todo, algunos barras se las ingeniaron y también dejaron su huella por Brasil.

Es probable que hoy los hinchas argentinos puedan llenar dos estadios a la vez, como lo hicieron cuando coparon Porto Alegre, la sede más cercana a la frontera. Estarán los privilegiados que asistirán al Maracaná y habrá miles que cruzaron la frontera para verlo por TV o en el Fan Fest, un predio sobre la playa en el que se baila, se bebe y se sigue el partido en pantalla gigante. Pero al fin y al cabo, la pelota los unirá en un mismo punto: será así porque el fútbol, durante los mundiales, se vuelva patria, una nación. Dispuestos a ser parte de la historia, los hinchas volverán a acompañar

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