“Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar...”

Hugo Caligaris
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25 de junio de 2002  

TOKIO.– A Roberto Carlos El Auténtico no le gustaría nada el triunfo del karaoke, porque él decía: “Mas yo no quiero cantar solito, yo quiero un coro de pajaritos...”, y la diversión número uno de Japón consiste, precisamente, en cantar solito.

Las encuestas oficiales dicen que unos 32.400.000 japoneses (la tercera parte de la población) se entretienen jugando con la computadora. Muchos millones más, cincuenta, van una vez por mes al karaoke y pasan unos ratos divinos aturdiéndose sólo a sí mismos o, en el peor de los casos, a ellos más un puñado de amigos íntimos.

Lo que conocemos en la Argentina es karaoke en versión paleontológica. Así, en su forma grupal y con el micrófono pasando de mano en mano, nació en los años 70 este invento japonés que en el fondo no difiere gran cosa de nuestras populares guitarreadas, salvo en la ausencia de vino patero y empanadas. La creación se debió al ingenio aguzado por la necesidad del dueño de un bar que se iba a pique. Se le ocurrió hacer cantar a sus clientes para que, al menos, taparan sus sollozos. El nombre del pionero no fue retenido por la historia. Según el folklore popular, ese tabernero desconocido cambió llantos por carcajadas y ahora vive en la habitación más lujosa del palacio Geihinkan, en el barrio de Akasaka, por supuesto que en una habitación insonorizada.

En sus comienzos y hoy, con el desarrollo que comentaremos, la idea sigue siendo la misma: grabaciones instrumentales o corales a las que les falta la voz solista, los famosos discos “minus one” de los estudiantes de música, que pueden darse el lujo de tocar un concierto para piano de Grieg acompañados por la Sinfónica de Noruega, llegado el caso. Gracias al karaoke, cualquier cacatúa puede sentirse Freddy Mercury, aun si no tiene el timbre refinado y la gracia musical de la que están dotadas las cacatúas desde tiempos inmemoriales.

Como dijimos, el karaoke primitivo fue una fiesta, o una tortura, colectiva, según como se mire. Para saltar al centro de la escena, primero había que escuchar a los vecinos, gente por lo general desafinada y sin nociones siquiera elementales sobre melodía, armonía, contrapunto y ritmo. La espera, larga y tortuosa, podía ser matizada con alguna copa, con peligro de que al llegarle a uno el turno su condición no le permitiera más que entonar tangos clásicos del tenor de “La última curda”.

Si en Japón, que lidera tendencias en diversos rubros y que además tiene la paternidad de esta ocurrencia, el karaoke cambió, es seguro que su nueva modalidad llegará temprano o tarde a la Argentina. Ahora bien: ¿cómo es esa modalidad? Muy placentera, sofisticada... y solitaria.

Una noche en el BIG ECHO

En nuestras caminatas por Tokio, muchas veces habíamos pasado frente a lo que por fuera parecen edificios de departamentos de doce pisos, con carteles en caracteres ideográficos, unas señoritas vendiendo entradas en el lobby y un solo letrero para orientar al despistado occidental: Big Echo, el nombre de una de las cadenas más importantes de karaoke.

No es que se busque espantar al viajero ni que su presencia resulte molesta. Simplemente, no se espera que un así llamado “gaijín” entre cantando en japonés a un lugar como éstos. Tal vez ése fue el motivo del desconcierto que promovió el cronista al declarar que quería alquilar una habitación de karaoke por el tiempo que fuera necesario al efecto de poder contar luego cómo funciona eso. Tras varios minutos de insistencia por medio del idioma universal de los gestos (el recuerdo de las poses de Frank Sinatra resultó muy útil al respecto), se abrieron las puertas y el ascensor partió al octavo piso con su pesada carga periodística adentro.

Nos tocó la habitación número 837. Cada piso tiene un promedio de cuarenta, ya que hay algunas más amplias, diseñadas para grupos de amigos o para fiestas familiares. Si consideramos que el precio es de 1500 yenes (12 dólares) por hora o 10.000 yenes por jornada completa y multiplicamos el número de habitaciones por el número de pisos, comenzaremos a tener una idea acerca de la magnitud del negocio.

Nuestra pieza era del tamaño de un camarote de tren. Estaba provista de un menú (lo primero que hacen es preguntar qué desea comer o beber uno, ya que se paga por separado), un cómodo sofá, una mesa, un televisor, un control remoto, un micrófono, parlantes varios en las paredes, un segundo control remoto con indicaciones en japonés para los efectos especiales y una guía que no era de teléfonos, aunque tenía su mismo tamaño, sino de canciones. Apretando en el primer control remoto el número del tema elegido, comenzaban a sonar los violines y se veía por la TV el videoclip correspondiente, con la letra subrayada para entonarla como diera lugar.

La mayor parte de los miles de temas de la colección es en idioma autóctono, pero hay también una sección en inglés. A ella apelamos cuando decidimos pasar de la investigación teórica a la práctica. “In my life”, de los Beatles, nos quedó en una tonalidad demasiado alta. Apretando el diafragma, trepamos con esfuerzo a la región del falsete. Fue, en términos generales, una versión para el rápido olvido. Más tarde nos reivindicamos con “It’s a wonderful world”, la que cantaba Armstrong, vertida con tanto swing que arrancó de nuestras propias manos un aplauso. Cegados por el éxito, desgranamos después la discografía de Bob Dylan y Tom Waits. Es cierto que nos olvidamos del reloj, pero de todas formas no había apuro: estos locales cierran alrededor de las 4 de la madrugada.

Salimos con la sensación de haber completado la nota, pero en cierta manera frustrados porque el público había faltado al concierto. Entrecerrando los ojos, veíamos a la multitud delirante y pensábamos: ahora sí, el mundo es nuestro. Al bajar, la recepcionista nos dijo muy entusiasmada, aunque con tono quizá demasiado rutinario: “Son 7500 yenes”. Pensábamos que nos iba a pedir un autógrafo.

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