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El Museo del Automóvil agrupa sus tesoros en el imponente complejo de la calle Irigoyen 2265, del barrio de Versalles. En el arcón de ese museo, con calles empedradas "como antes" , todavía se desordenan en precioso orden cosas que empujadas por un motor, calzaron zapatos de caucho para hacer camino cuando todavía era nuevo el verso de Machado.
Custodiando la calle que se puede pisar sin temor de ningún espantoso quejido de frenos , a uno y otro lado del visitante, se encuentran auténticos prodigios que hombres visionarios soñaron alguna vez. Y es alegre la alquimia que los une, sin separarlos.
Un Rolls Royce reconstruido que ya quisieran tener en el suntuoso Donington; uno de los Torino de Nurburgring; un Hudson de los años 20, de los que se atrevían a competir con "el rápido de Rosario" para estrujarle los sueños a la imponente locomotora. Y una motocicleta con sidecar -como en las viejas películas de James Bond- y coches que Buenos Aires veía azorada, con estrépito incluido. Y volantes, radiadores, cornetas, llantas, réplicas y miniaturas... Una Babel que ordena el amor que puede llegar a sentir el hombre por el auto. Un romance perpetuo, sin falsedades. En ese museo ahora tiene su rincón Oscar Alfredo Gálvez.
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El aguilucho" tuvo su noche el 18 de mayo, cuando se descubría la réplica de su "empanada", el coche aligerado para correr en autódromo, que solía estar entre el pelotón de punta, en las pistas de entonces. Aquella máquina le permitía demostrar a la gente de la tribuna que Oscar era un manejador fino, eficiente. Con una estrategia intuitiva que en favor del conocimiento que tenía de la mecánica le permitía exprimir mejor su auto. ¿No había sido Oscar el primer dominador de los pilotos extranjeros?
Oscar no era solamente el excepcional mecánico que todavía se recuerda; además del tesón, de la entrega, de su infinita paciencia para ordenar la puesta a punto de su coche, manejaba como el mejor. En esa réplica, obra de precisión y decoroso respeto, se emplearon, contando las famosas lagunas que tiene siempre cualquier tarea importante que se hace en la Argentina, alrededor de tres años. Y mejor no intentar evaluar el costo de la hora-hombre por semejante trabajo artesanal...
Con el asesoramiento de Pepe Martins y la conducción de Quique Zapala y un grupo de su gente laboriosa, fue posible recuperar el pasado. Zapala fue el chapista original de la máquina. Previsor y respetuoso, guardaba en sus viejas libretas hasta los dibujos que Oscar había hecho en sus páginas, después de borronear primero el piso del taller. Con la tiza del lirismo químicamente más duro que se podía concebir.
Así, "la empanada" volvía a cobrar vida. Y todas las piezas quietas del Museo del Automóvil lo celebraban. Además de la "empanada", usted descubrirá la sonrisa de Oscar hecha busto. Una placa del ACA precisando el momento con la excepcional contribución de Ford Argentina SA para que el sueño dejara de serlo. El marco quedaría armado con más de 150 trofeos ganados por Oscar.
Hubo mucha gente para recibir al auto recobrado. Ausencias justificadas y de las otras. Cada uno sabe lo que le puede decir su conciencia si recuerda su actitud. A los que faltaron sin razón, desde algún lugar, seguramente que Oscar los ha perdonado.


