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Su aspecto y su don de gente encarnaban el lado más romántico del golf. Payne Stewart recordaba la tradición de este deporte con su boina, sus calcetines y sus "knickerbockers", esos pantalones con bombachas que caen por debajo de las rodillas. Caballero y amigo de la mayoría en el circuito, habría encajado perfecto en un match play con Bobby Jones de la década del 20. Pero Stewart cautivó con su juego y su sentido de la deportividad a lo largo de los 90, cuando la tecnología de los palos y la irrupción de nuevas figuras, con Tiger Woods a la cabeza, hicieron del PGA Tour un gira todavía mucho más competitiva.
A los 42 años, Stewart podía considerarse un hombre pleno, tal vez el más feliz del mundo. Casado con Tracey Ferguson y padre de dos hijos, Chelsea (13) y Aaron (10), el jugador nacido en Springfield, Missouri, había despejado sus intermitencias luego de adjudicarse tres torneos de Grand Slam, los US Open de 1991 y 1999 y el PGA Championship de 1989. Defendió a su país con pasión en la Copa Ryder en cinco ocasiones sin pedir retribución económica alguna. Era respetado y se encaminaba derecho al Salón de la Fama del Golf. Sin embargo, apenas cuatro meses después de haberse consagrado en el Abierto de los Estados Unidos, su vida se apagó de manera trágica.
Están a punto de cumplirse diez años de aquel episodio aéreo macabro. A las 9.20 del 25 de octubre de 1999 había partido con su avión privado desde Orlando hasta Houston, Texas, donde jugaría el último certamen de la temporada, reservado para los 30 primeros del ranking. El Learjet 35, que llevaba a otras cuatro personas, realizó su última transmisión a las 9.44 cuando atravesaba Gainesville, Florida, a 39.000 pies de altura. La radio se silenció a partir de entonces y el avión desvió misteriosamente su trayectoria. De pronto, los controladores de tráfico aéreo se quedaron sin respuestas de la aeronave. Sin rumbo, el aparato comenzó a transgredir las normas de la aviación civil y se encendió el alerta. No había margen para más: dos F-16 despegaron desde Tulsa, Oklahoma, para inspeccionar al biplano. Y cuando se acercaron a metros comprobaron que los vidrios estaban sellados con hielo. Dedujeron que una fuga en la cabina había hecho perder lentamente la presión del aire, provocando que los dos pilotos, el golfista y sus dos agentes (Robert Fraley y Van Arden) quedaran inconcientes.
La noticia recorrió el mundo en segundos y la desgracia a causa de la despresurización pasó a ser televisada en directo. A lo largo del trayecto fueron anunciándose las identidades de todos los ocupantes. El piloto automático transformó aquel Learjet 35, literalmente, en un féretro con alas. Los caza F-16 lo vigilaron y lo siguieron desde el aire durante seis horas con la intención de derribarlo para evitar males mayores. Bill Clinton, presidente en ejercicio, se mantenía a la expectativa frente a los monitores y de él dependía la orden de aniquilarlo. Finalmente, el biplano se quedó sin combustible y se estrelló en un campo en las afueras de Aberdeen, Dakota del Sur. Stewart y las otras cuatro personas a bordo ya estaban muertos de hipoxia (falta de oxígeno) antes de que el aparato se convirtiera en escombros. Tim Finchem, comisionado del PGA Tour, fue uno de los primeros en ofrecer sus condolencias: "Es una pérdida tremenda para el mundo del deporte. Jamás olvidaremos su aporte para dar una imagen positiva del golf". Se sumó el desconsuelo de Tiger: "Me siento totalmente hundido".
Stewart fue el primer campeón del US Open que no pudo defender su título desde que lo hiciera Ben Hogan, consecuencia de un terrible accidente automovilístico en 1949, del que no salió sin un hueso roto. En 2000, cuando el US Open se trasladó a Peeble Beach con el recuerdo fresco de Payne, hubo una inolvidable ceremonia en la que veintiún profesionales amigos del fallecido ejecutaron golpes en forma simultánea y lanzaron las pelotitas al océano.
La cancha de Pinehurst tiene grabado bajo fuego la conquista del elegante caballero en el major de 1999. El festejo con su puño y su pierna derechos en alto, tras haber embocado un putt de 4,5 metros en el 18 –el más largo para una definición del Abierto de los Estados Unidos- compuso una de las secuencias más bellas en el golf mundial. Venció a Phil Mickelson por un golpe, se conmovió y gritó al cielo para espantar los fantasmas que lo aquejaban. "Mi fe en Dios es mucho más fuerte, estoy en paz conmigo mismo", dijo en aquella oportunidad. Poco antes se había referido a su look de golfista retro, que nunca abandonó pese a algunos comentarios con sorna: "Mi padre siempre decía que la manera más fácil de distinguirte de la multitud es por la forma de vestirte".
Llegará dentro de los próximos días una sucesión de homenajes alrededor de su figura. Pero el ambiente del golf nunca dejó de recordarlo: todos los años, el PGA Tour entrega el Payne Stewart Award, galardón que distingue a los golfistas que muestran respeto y compromiso por el juego y que se involucran en obras de caridad. El último en obtenerlo fue Kenny Perry, que en el último Masters de Augusta felicitó a Angel Cabrera cuando el Pato lo forzó a jugar un segundo hoyo de desempate, que finalmente perdería. Esa misma caballerosidad de Perry caracterizó a Stewart durante toda su carrera.
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